Cuando las palabras tan rasposas son ternura (La esposa del tigre, Tea Obreht)

 

The tiger´s wife

Tea Obreht

Random House, New York

Hay libros que esperan pacientemente su turno para ser leídos, que se quedan años, ahí quietecitos para que algún día les toque su turno. Hay libros que llegan a nuestras manos por casualidad, por una recomendación hecha por una máquina que adivina los gustos del lector, que se compran en un impulso y luego se esperan y esperan para cumplir su cometido. Eso sucedió con The tiger´s wife de Tea Obreht, lo anexé a mi lista de compra en un instante, sin reflexionar ni por qué lo había incluido. Llegó en medio de una pila de libros que tenía que leer para las clases del doctorado y por eso, éste quedó relegado por las obligaciones primero y después por el olvido. Y, de la misma manera, ahora que estoy de vacaciones, me topé con él y decidí que ya era su tiempo.

¡Qué maravilla! Había estado pasando por una etapa de lecturas que no terminaban de atraparme, que me interesaban y luego me aburrían. Se les notaban las costuras autorales y con excepción hecha de Elena Garro, tenían buenos arranques y luego las palabras empezaban a fallar. No fue el caso de The tiger´s wife, una novela entrañable en la que la dicotomía es el eje central de la forma de narrar. Tea Obreht es una maestra para decir las cosas más terribles en la forma más dulce posible, la novela tiene un hilo conductor que corre de principio a fin en forma impecable y que sirve de cohesión para un sinfín de historias secundarias, tiene la habilidad de contarnos anécdotas en tres renglones y de hacer aparecer las anécdotas de los personajes en forma tan natural como fluída.

Es la historia de un médico, de su vida, sus creencias, sus mitos, sus fantasías, sus realidades a través de la mirada cariñosa de una nieta amorosa. La emoción regente en toda la novela es la ternura. Podemos sentir que la autora nos va acariciando, nos consuela con esas palabras tan bien elegidas, pero el lector debe estar atento, no se trata de una historia melosa, es una narración cruda de guerra, superstición, intolerancia y crueldad.

La novela arranca de forma tal en que Obreht nos advierte cómo será la narración. Es una visita al zoológico, nieta y abuelo van a ver al tigre. La descripción de la taquilla, el olor a palomitas de maíz, los colores, los animales fluyen a través de una narradora casi infantil. Un barrendero se quiere lucir con una muchacha guapa y acaricia el lomo del animal pero: Los tigres son animales despiertos, vivos por un brillo de rencor. [1](p. 4). El brazo del barrendero termina entre las fauces del animal. Y, así, cuando estamos embelesados en ese mundo de inocencia que nos ofrece la narradora, sabemos que estamos a punto de entrar a las fauces del felino.

La anécdota se centra en Leandro, el abuelo de Natalia la narradora, de quien conocemos el nombre hasta la página 64 y que no se volverá a repetir en toda la novela: Me pregunta quién soy y le contesto que soy el Dr. Leandro.[2]

Obreht aprovecha cualquier pretexto para iniciar una historia, lo hace en forma tan natural, tan bien narrada que sorprende y entusiasma: Sería tan sencillo simplificar la situación. Incluso sería justificable decir: Luka era un malvado y por eso merecía todo lo que se le vendría encima, pero como estoy tratando de entender ahora, aquello que mi abuelo no sabía entonces, es importante decir: Luka era un malvado y he aquí el porqué. (p. 191)[3]En esta forma, nos introduce a la historia que da nombre a la novela: la anécdota de la esposa del tigre.

Pero no tan rápido, primero habremos de enterarnos de lo que sucedió a Luka, un adolescente consumido por la pequeñez de su vida y luego, el hombre del mandil que golpeaba a una niña sordo-muda. (195)[4] Entonces, se nos hace entender las razones para que un malvado lo sea, Conoció a una mujer que destruiría su vida… Amana, quien ya era una especie de leyenda en el pueblo. (199)[5]Con pluma experta, sin prisas, nos va descorriendo una y mil historias para poder entender lo que sucedió con la esposa del tigre. Ninguna de las historias sobra. Ninguna se le sale de control. A pesar de que tiende varias líneas narrativas, es capaz de cerrar cada una y llevarlas a buen puerto. No queda a deberle nada a sus personajes y mucho menos al lector.

Los personajes van en parejas que representan extremos: El Oso y Magdalena, Natalia y Zola, madre y abuela, el inmortal y el monje, pero se reserva un trío intrigante: el tigre, la esposa del tigre y el abuelo. Cada personaje está estructurado a partir de contrastes: unos son rudos pero cuidadosos; otros son fríos pero amorosos; difíciles pero amables, fieros pero llenos de gracia, peligrosos pero entrañables.  La maravilla de la narración es que la verosimilitud no falla jamás. Lo cuenta tan bien que le creemos:

Mi madre dice que el miedo y el dolor son inmediatos (p. 169)[6]

                Darisa, el valiente, sentía que su corazón se iba a parar en cualquier momento, sentía que se estaba viendo en todos lados, mientras avanzaba y no sabía qué era real y qué no lo era. (p.247)[7]

Las descripciones del abuelo son entrañables:

La señorita en la taquilla le entregaba los boletos y le decía doctor aunque no llevara la bata blanca. (p. 3)[8]

Desayuna con el periódico, seguido de café turco, percolado por mi abuela; correspondencia personal, en orden alfabético…(p. 41)[9]

                Las cosas de mi abuelo estaban dobladas. Pensé en cómo se verían sin él: su reloj, su cartera, su sombrero, todo reducido por su ausencia a objetos que se podrían encontrar en un mercado de pulgas, en el ático de alguien. (p. 234)[10]

En las primeras líneas, con las que arranca la novela, la autora nos resume la anécdota:

En mi más tierna memoria, mi abuelo es calvo como una piedra y me lleva a ver los tigres. Se pone el sombrero, su enorme impermeable y yo uso zapatos de charol y vestido de terciopelo. (p. 3)[11]

Conocí a una niña que amaba los tigres tanto que casi se convierte en uno. (p. 4)[12]

Las palabras que más se repiten en La esposa del tigre son: guerra, abuelo, ausencia, historias, pero la que más se repite es la palabra muerte:

La gente se enoja mucho cuando sabe que va a morir. (p. 71)[13]

Cuando los hombres mueren, mueren con miedo; cuando los niños mueren, mueren con esperanza. (p. 154) [14]

Una noción muy simple: ausencia, soledad y al final, Muerte en miles de formas… La muerte tiene tamaño, color y forma; textura y gracia. (p. 248)[15]

Y, al final, todo lo que quieres es que alguien te extrañe cuando llegue el tiempo de devolverte a la tierra. (p. 285)[16]

Créame, doctor, si su vida termina de repente, estará feliz de que así haya sido. (p. 301)[17]

Darisa, el oso, estaba ahí y parecía que nunca había vivido jamás. (p.305)[18]

Tea Obreht tiene la habilidad de contar historias en un solo párrafo:

Esas historias sobre campos y bosques que se cuentan nada más para confundir a los viajeros estúpidos. Mi abuela me contó de un hombre en Sarobor que fue detrás de su cordero a las montañas y se encontró cenando en una casa llena de muertos, a los que encontró siguiendo a una niña de gorro rojo, que resultó no ser una niña sino algo maligno e imposible de olvidar. (p. 328)[19] Y se da ese lujo en el último capítulo de la novela.

La novela concluye magistralmente con este párrafo:

Me enseñaron hace mucho que hay historias que uno debe guardarse para sí. (p. 335)[20] Pero la novela tiene un epílogo en el que la narradora diserta sobre tiempo y nos deja ver lo que sucede con ciertos personajes secundarios pero claves de La esposa del tigre.

Cuando uno termina de leer un libro en lágrimas, hay una referencia inequívoca de la maestría de la pluma. La esposa del tigre es ese tipo de novelas que uno quiere devorar y al mismo tiempo no quieres que termine jamás. La autora lo hizo tan bien que ya extraño a ese abuelo, a Natalia, a la chica sordo muda, al niño que la ayuda, al boticario y eso habla de lo entrañables que resultan los personajes. Si ellos ya forman parte de mi capital simbólico, lo que queda es recomendar esta lectura de una autora maravillosa.


 

[1] The tigers are awake and livid, bright with rancor

[2] He asks me who I am, and I tell him I am doctor Leandro.

[3] It would be easy to simplify the situation. It might even be justifiable to say: “Luka was a batterer, and so he deserved what was coming to him” —but because I am trying to understand now what my grandfather did not know then, it is a lot more important to be able to say:  Luka was a batterer and here is why.

[4] The adolescent consumed by the smallness of his life, and then, later on, the man in the apron who beat a deaf-mute bride.

[5] He met the woman who would destroy his life… Amana, who was already somewhat of a legend in the town.

[6] My mother says that fear and pain are immediate.

[7] Darisa, the brave, felt that his heart might stop at any momento, he felt he was seeing himself everywhere as he advanced, he did not know which one of him was real and which wasn´t.

[8] The lady at the ticket counter in the entrance shed calls him Doctor, eventhough he is not wearing white coat.

[9] Breakfast over a newspaper, followed by Turkish coffee brewed by my grandma; personal correspondance, always in alphabetical order.

[10] My grandfather´s belongings folded up. I wondered what they would look like without him: his watch, his wallet, his hat, reduced by his absence to objects you could find in a flea market, in sombody´s attic.

[11] In my earliest memory, my grandfather is bald as a Stone and he takes me to see tigers. He puts his big buttoned raincoat, I wear my lacquered shoes and velvet dress.

[12] I once knew a girl who loved tigers so much sehe almost became one herself.

[13] People become very upset when they find out they are going to die.

[14] When men die, they die in fear, but when children die, they die in hope

[15] A much simpler notion: absence, solitude, and then, at the end of all… Death in thousands of forms… Death had size and color and shape, texture and grace.

[16] In the end, all you want is someone to long for you when it comes time to put you in the ground.

[17] Believe me, doctor, if your life ends in suddenness you would be glad it did.

[18] Darisa, the ver, which lay at their feet as if Darisa had never been alive at all.

[19] Those stories about mountain sprits, and the ones that live in the fields and the woodlands and existed for the sole pleasure of misleadint idiot travellers. My grandma once told me about a man fro Sarobor who had gone up the hills after his sheep and found himself eating with a house full of the dead, to which he found his way by following a little girl with a red bonnet who turned out not to be a girl, but something malicious and impossible to forget.

[20] I had been taught long ago that there are some stories you keep to yourself.

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