En 1989

1989 fue un año de grandes consolidaciones que cambiaron las formas en el escenario mundial. La caída del Muro de Berlín fue el signo que coronaba la intención de desdibujar los límites, de propiciar mayor libertad de movimiento a personas y mercancías. Los grandes teóricos del comercio internacional, como Mika Ronkainen, nos enseñaron que el desarrollo más dinámico se logra a partir de un mejor intercambio internacional. Volvíamos la mirada a la teoría de David Ricardo sobre la ventaja comparativa, es decir, dejar que el que hiciera economicamente mejor las cosas —a mejor precio en el emjor tiempo de entrega— y confiamos en que una mayor industrialización traería mayor progreso y mejor distribución del ingreso. 

El mundo cambiaba, dejaba atrás las políticas proteccionistas y apostaba por la globalización. En términos ideológicos, la aspiración de vivir en un planeta más unido, generaba esperanza. Las frases de todos los sabios se reunían en torno a que la Tierra se hacía cada vez más pequeña y todos estaríamos más próximos. Eran los años de Ronald Reagan, Margaret Thatcher, Juan Pablo II, Lech Walesa, Michael Gorvachov y el mundo como lo conocíamos, cambió. Es justo decir que muchas cosas cambiaron para bien y otras no. No hubo un cuidado para evitar los excesos del mercado. Picketty tiene razón, la concentración de la riqueza es absurda, pocos tienen mucho y muchos casi no tienen nada. La brecha entre esos mundos es ominosa. 

Como en aquellos años, hoy el mundo está cambiando. El miedo a lo diferente, el desprecio a la proximidad, las fallas en la compasión al semejante, el disimulo y sobretodo la falta de empleo están haciendo que el Hombre reconsidere los cambios que se concretaron desde 1989. No queremos que nos quiten nuestros empleos, parece haber sido la razón más imperante para que Brexit y Trump hayan triunfado más allá de la lógica. Sin embargo, resulta evidente. Si en bienestar global no llega a mi mesa, si la riqueza se concentra y no llega a mi bolsillo, si la propsperidad se nota en las variables macroeconómicas pero a mí no me toca nada, claro que quiero cambiar las cosas. Entonces, si alguien me promete un cambio que se notará en mi hacienda personal, tentará mi curiosidad y tal vez conquiste mi preferencia. Claro que las promesas que se hacen son arrojadas y cumplir no será tan fácil. Del dicho al hecho, hay un trecho tan grande como la brecha que divide a los que viven la opulencia y los que padecen pobreza alimentaria.

Los cambios que se proponen son un golpe de timón, están planteados como una destrucción de lo que se construyó. Las destrucciones causan miedo. Las posiciones globalifóbicas, los nacionalismos y la radicalización de izquierdas y de derechas no han abonado a un cambio para mejorar. Encerrarse en casa para evitar los vientos, nos quita también los rayos de sol. Parar la rueda económica del intercambio internacional no parece ser una buena idea. Como tampoco lo fue dejar que diera vueltas y vueltas sin vigilancia alguna, sin protección a los desvalidos. Hoy esos desvalidos están enojados y quieren el cambio, su voz les abrió camino a los que buscan destejer las estructuras. La modificación de los escenarios ya está en marcha. Brexit, Trump y además se muere Fidel. 

Hoy, las palabras de un líder astuto, resuenan en el planeta. Frente a la ONU, Fidel Castro pronunció un discurso que no aplicó y que contenía advertencias pertinentes. El intercambio desigual afecta a los pueblos. ¡Y debe cesar! El proteccionismo arruina a nuestros pueblos. ¡Y debe cesar! El desequilibrio en la explotación de recursos es abusivo. ¡Debe ser abolido! Los recursos financieros que reciben los países en vías de desarrollo son insuficientes. ¡Y, deben ser aumentados! Los gastos en armamentos son irracionales. ¡Deben cesar y sus fondos deben ser empleados en financiar el desarrollo.

No parecen malas ideas las que expresó el líder cubano. En ese discurso, el hombre describió los problemas que el mundo aún no ha resuelto. Pareciera que, independientemente de la figura en la que se convirtió y de lo poco congruente que resulta su envestidura, sus palabras sí son importantes y debieramos poner atención. Los pendientes que le señaló a la Humanidad fueron oportunos y siguen vigentes. En 1989, año de cambios, no lo escuchamos, tal vez porque representaba aquello con lo que se quería acabar. Hoy, que se presenta una nueva oportunidad, tal vez lo deberíamos hacer. Si vamos a destejer las estructuras, hay que cuidar bien lo que se quiere hacer. Hay que destruir lo que no sirve y dejar lo que sí.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. alvarezgalloso
    Nov 30, 2016 @ 08:17:30

    Lo que pasa es que Castro era mas proteccionista

    Responder

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