Los ojos que están puestos en Fidel

Hoy, un segmento del mundo dirige su mirada al féretro. Fidel está muerto y aunque a los noventa años el acontecimiento era esperado, el planeta sintió una especie de sobresalto. Los que miran ese ataúd tienen reacciones encontradas: entre la tristeza y el júbilo, yace el cadaver de la revolución cubana. Si dentro de la caja mortuoria está el hombre barbón de nariz prolongada, cara alargada, manos aún más larga y uñas crecidas, en la tapa, sentados, conversan los fantasmas. Uno viste uniforme militar, verde olivo, gorra de camuflage y puro en la boca; el otro usa ropa deportiva negra con rayas blancas y el logotipo de la marca ADIDAS en el pecho. En medio, todos los Fideles miran con terror el cuerpo que ya no tiene vida.

En torno al féretro, los lamentos y las lágrimas se combinan con la fiesta y el regocijo. La mirada atenta nota algo. Llantos y cantos provienen de ojos viejos. Son los que recuerdan las mieles y hieles de la Revolución Cubana, así con el rigor que dan las letras mayúsculas. Los ojos que miran a Fidel con esa pasión que hace brotar el lamento o las carcajadas tienen más de sesenta años. Son los que tuvieron participación viva en ese movimiento. Sea porque fueron participantes activos, o por haber vivido en aquellos años, los que reaccionan ante la muerte de Fidel Castro ya son viejos. Vargas Llosa, Krauze, Ortega, Ramírez, Villoro no tienen veinta años. Los demás, lo leímos en los libros de Historia y conocimos a un vejete astuto que hizo rabiar a más de algún mandatario, que protagonizó escándalos diplomáticos y ruido mediático. Pero, la furia del caudillo, esa la conocieron los que crecieron antes de la Revolución Cubana.

Los presos políticos, la persecución a intelectuales, el Caso Padilla, los fusilamientos, el estar con o en contra del régimen, la vida sin Internet, el embargo económico, la visita del Papa Francisco, la proximidad de Obama, la amistad con México, la hermandad con Venezuela, la complicidad con la Unión Sovietica, la amistad con Garcia Márquez, el exilio de Guillermo Cabrera Infante, la reclusión de Lezama Lima, la diáspora cubana, entró por los ojos a través de letras a unos cuantos y muchos otros, los jóvenes de hoy, ven en Fidel una figura ajena a su tiempo, a sus ideales y a su cotidianidad. No capta su atención un hombre que pasaba horas y horas perorando, cuando ellos están tan acostumbrados a sintetizar todo en 120 caracteres, cuando no hay un filtro de Snapchat para identificarlo, cuando no hay un muro en Facebook para postear condolencias y cuando su cuenta en Instagram es tan privada porque no existe.

Los ojos que están puestos en Fidel son los del siglo XX, los que reconocen en el pasado a un Patriarca que no fue visitado por la muerte y pueden entrever el brillo que se cubrió con el polvo de los años. Los que reconocen el grito ¡Hasta la victoria! ya dejaron de ser esos jóvenes rebeldes que elevaban la voz contra el establishment, los que se rechinan los dientes ante esa arenga ya peinan canas. Tal vez para sus hijos y para sus nietos, esas palabras ya no significan nada. Los ojos que están puestos en Fidel ya tienen la mirada cansada, pero sus gritos se oyen tan fuerte que el mundo se sobresalta. El el feretro está un cuerpo sin vida.

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  1. Trackback: Los ojos que están puestos en Fidel — Las ventanas de Cecilia Durán Mena | gramirezblog

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