Travesuras con mi prima Betty

Hace cuarenta años, mi tía Berta, la hermana más chica de mi papá se casó. El revuelo en casa de la novia estaba a todo volúmen. Mis tías se arreglaban y arreglaban la casa porque la ceremonia civil iba a ser ahí. Los corredores brillaban a limpio y las mesas con manteles tan largos se pusieron en los pasillos y parte del patio central. Llenaron la pila de cantera de agua y flores blancas. Snoopy y Platero, los peritos de mi tía Marta quedaron encerrados en el pasadizo que lleva a la fábrica de hielo. El ambiente olía a los azahares de novia, a las delicias de la cocina y a los perfumes que le rociaban a los vestidos de gala. Todos andábamos emocionadícimos.

A Betty, mi prima y cómplice de travesuras, y a mí nos arreglaron rápido y nos mandaron a sentar a la sala para que no estuvieramos dando lata. En eso llegaron un grupo de personas con maletas metálicas, luces, pantallas y artilugios. También los mandaron a la sala. Eran los fotógrafos. Los vimos sacar sus artefactos y montar el set para hacer su trabajo.  A Betty y a mí se nos encendió el foco. Nos propusimos salir en todas las fotos que fueran a tomar ese día. Las primeras fueron las obligadas en las que mi tía posó con sus sobrinas más chicas. Mis hermanos no figuraban, eran muy pequeños. Pero las siguientes fueron estratégicamente planeadas. Así, como que no quería la cosa, nos parabamos detrás de mi tía o del novio, nos sentabamos disimuladamente cerca, nos asomábamos, nos poniamos en cuclillas, nos atravesabamos, hacíamos lo que fuera preciso para salir en todas las fotos y lo logramos

Nuestra travesura fue todo un éxito. No hay una foto de la boda de mi tía Berta y mi tío Ernesto en la que Betty y yo no salgamos, aunque sea en una esquina. En cada foto está la cara de Betty y la mía. Ni la mamá de la novia ni las hermanas ni los  hermanos ni el papá ni las amigas ni los cuñados ni los suegros salieron tantas veces como nosotras. Entonces teníamos alrededor de nueve años. Fue una de las bodas más divertidas a las que he ido en toda mi vida. Cada que nos colabamos a una foto, nos moríamos de risa.  Claro, la pasamos risa y risa. 

Hoy, recorro los caminos de Michoacán con rumbo a La Piedad. Vamos a celebrar los cuarenta años de ese matrimonio. Mucho ha cambiado. No tengo nueve, mis padres no van a estar en La Piedad. Hay muchos ausentes y nuevas presencias. Estaremos los que debemos estar. Andrea vino conmigo. Ahora, Betty no estará en ese festejo. La echo de menos desde ahora y eso que todavía no estamos en la fiesta. ¿Como le hare para salir en todas las fotos? Creo que no podré, no creo que mi hija quiera colarse conmigo para salir en cada foto. Sin duda, me hace falta mi cómplice de travesuras.

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