¿Merece sobrevivir ese país?

Ariel Dorfman abre su columna de lunes con esta pregunta que nos deja helados, ¿merece sobrevivir ese país? No es suya, la pregunta la planteó William Faulkner al conocer del asesinato por mutilación de Emmeret Till, un joven negro de catorce años en castigo por silbarle a una mujer blanca a las orillas del Mississipi. Entonces, como ahora, el lenguaje del odio y la segregación de lo diferente se planteaban como alternativas plausibles y la paranoía se sembraba sin tomar en cuenata las consecuencias catastróficas de hacerlo. 

Se viven momentos incomprensibles, tal vez porque sus actores no entienden las consecuencias de sus actos. La cortedad de miras sorprende. Mientras se elevan los brazos para asusar a cientos de ganzos que graznan al son de un asustador el recelo cobra vidas en las calles. Ya no escandaliza enterarnos de que en Estados Unidos mataron a otro joven por condición de raza, que otro niño se tiró a los rieles del tren porque no aguantaba el acoso, que otra mujer denuncia prácticas de abuso y todo parece tan inversosímil en un país tan multicutural como el de las barras y las estrellas.

En los tiempos de Faulkner a la vera del Mississipi, las diferencias raciales eran entre blancos y negros. El mestizaje era condenado y lo peor que te podía suceder era ser mujer y negra pues serías doblemente discriminada. Querríamos  pensar que el guión del sueño americano no incluye ya este tipo de escenas. Tristemente, no sólo no se han borrado del guión, ahora se han incrementado por factores multirraciales, el territorio está lleno de nuevos inmigrantes: tantos chinos, coreanos, japoneses, italianos, latinos que enfrentan tanto juicio corrosivo cuando han llegado a trabajar por la buena y handejado  trabajo e impuestos a favor de la comunidad.

¿Qué consuelo encontrará una nación que le da la espalda a sus orígenes? Sin darse cuenta, el escupitajo que lanzaron al cielo ya viene de regreso y aunque se hagan a un lado, tal vez no les atine en la cara, pero ya les ensució el rostro. Los rifles se levantan para apuntar a semejantes a los que se les tiene miedo por ser diferentes. En tiempos de Faulkner, muhcos bajaban la mirada para no tener problemas. Hoy, la emancipación eleva la voz, no es tan fácil quedarse callados. 

Sorpende, sin duda, que haya tantos subidos en el carro del odio, aplaudiendo con la inteligencia de una foca, insistiendo en que se apachurre el acelerador para ganar mayor velocidad, cuando el rumbo los lleva al desdiladero. Las voces que advierten el desastre no se oyen entre tanto escándalo. Por eso, la pregunta que Ariel Dorfman prestada  de William Faulkner es pertinente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

a href=’http://cloud.feedly.com/#subscriptionfeedhttpwww.ceciliaduran.wordpress.com’ target=’blanco blank’>

Archivos

A %d blogueros les gusta esto: