La muerte, ¿dónde está la muerte?

                                                                                                                       La muerte, ¿dónde esta la muerte?, ¿dónde, oh, sepulcro, tu victoria?

                                                                                                                       1a de Corintios 15: 55-57

El más democratizador de todos los conceptos, la única certeza que tenemos, la gravedad del corazón que deja de latir y el aire que deja de llenar los pulmones sigue siendo un misterio para la Humanidad. La muerte continúa dividiendo al género humano, no sólo por lo que se cree de ella, sino por lo que se siente. El espectro es amplio, abarca desde la paz al miedo, desde la evasión hasta la forma en que la miramos. No en balde, las grandes culturas la han hecho tema central y trama única de sus ritos y costumbres. Los egipcios vivían para morir y los mexicas entendían el destino de sus almas más que por sus hechos en vida, por la manera en la que la muerte los enocntraba. No era igual morir de gripa que en una batalla, no iba al mismo lugar el que moría de viejo que la que moría dando a luz. Sin embargo, todos los destinos eran Paraísos. Por eso, la muerte no era temida.

En cambio, la tradición de muerte en España, mucho más apegada a las costumbre espectral, va aparejada con el miedo. La Santa Compaña, las lavandeiras, las bruxas, los encadenados, y todas las leyendas de muerte son de sustos, se refieren a esas almas penantes que no han entrado a la gloria y se dedican a molestar a los vivios, sacándoles tremendos sustos, comiéndose sus espíritus, sacándoles el alma y llevándolos a una situación de miseria que los llevará a estar sin estar, a vivir en forma casi transparente sin ser notados siempre, sólo a veces. Claro, cuando su presencia se siente, hay una ráfaga fría o una piel que se enchina o gran sobresalto. 

En la unión de nuestras herencias, la original de nuestra tierra y la de nuestros conquistadores, se forjó la riqueza de una tradición del Día de Muertos. Hay quienes piensan que los mexicanos nos morimos de miedo de la muerte y por eso nos burlamos, como un mecanismo de defensa. ¡Patrañas! Nos gana la risa porque desde antiguo hemos creído que después de estar aquí, nos vamos a ir a un vergel lleno de colibríes, fuentes, flores y agua, al cielo de Tlaloc, dios del agua; al de Huitzilopochtli, dios del Sol, lugar al que accedían los guerreros, los valientes, los grandes, o al Mictlán donde iban los demás que era la entraña de la tierra en donde estaría el nectar que alimenta la fecundidad del Hombre. No estaba nada mal morir, no había castigo ni llanto ni desesperación. 

Lo cierto es que la tradición cristiana se aproxima mucho a la creencia precolombina de los mexicas. El Apocalipsis (Ap 22:1-2) habla del nuevo cielo, en el que el Paraíso Terrenal será restaurado, en el que habrá manantiales y la vida fluirá libremente, en el Edén se recuperará el Árbol de la Sabiduría y sus frutos serán accesibles. La elocuencia de Juan nos permite ver un lugar feliz, glorioso en el que accederemos a la presencia de Dios. ¿No es prácticamente lo mismo? 

Claro que para entender estas concepciones, es necesario creer. El salto de la fe es grande pero no es difícil. Es permitir la entrada de esa generosidad que promete y es tener la disposición de dar crédito a lo que no podemos ver. Digo que no es complicado porque aunque no queramos, todos somos hombres de fe. Incluso los ateos guardan la esperanza de que sus hijos crecerán, de que sus planes se realizarán y las cosas suceden y, la mayor parte de las veces, la realidad supera la imaginación. A mí me basta verificar como me imaginé mi propia vida cuando era una adolescente y todas las bendiciones que he recibido a lo largo de la vida no se equiparan a lo que  pensé, siempre han sido mejores de lo que planeé.

Por eso, a la pregunta de San Pablo, ¿dónde está la muerte? miro al cielo y sonrió. ¿Dónde está, oh sepulcro, tu victoria? Está en anaranjado de  Cempasúchil, en las motas moradas de la flor de obispo, en la calabaza con miel de piloncillo, en el azúcar de la calaverita, en el papel picado, en los catrines de la lotería, en la brillantina de los disfraces de muertos, en las risas de Guadalupe Posada, en el tamal, el tequila, el plato de mole y la parafina que se pone sobre una lápida o sobre un altar para convocar a mi muerto y que venga a verme.

No es la victoria de la muerte lúgubre, es el regocijo que da saber que el Paraíso, como lo dijo el Papa Francisco es un estado mental, o como lo dijo Juan, es el lugar en el que ya no habrá separación porque la muerte será conquistada. (Ap 20:6) Así que está bien que nos gane la risa, es perfecto comernos craneos de amaranto y esqueletos de chocolate, no estamos sino anticipando eso que ha de venir, eso que es mejor pues es bello.


                                  

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