Todos los santos

La tradición católica tiene reservado en el santoral una fecha en la que se festeja a cada persona que ha sido canonizada y con ello ha ganado el reconocimiento para ser llevada al altar. Cada santo tiene su día particular en el que se recuerda esa vida y obra ejemplar. Algunos son más populares que otros: San Judas Tadeo, San Francisco, San Antonio son muy famosos mientras que hay otros muy olvidados como Agapito, Dimas, Romárico; hay consentidas como Santa Clara, ejemplares como la Madre Teresa de Calcuta, entrañables como Santa Águeda, felices como Santa Cecilia, sabias como Santa Teresa, desconocidas como Santa Thais. De todo cabe en el calendario de los santos. Sin embargo, hay un día al año que el santoral reserva para todas aquellas personas que han llegado al cielo —un santo es aquel que traspasa el umbral del Paraíso y esta en presencia de Dios— pero no han llegado a los altares. 

Es un día especial en el que se festeja a la muchedumbre de los santos. Todos los que de forma anónima están en la Gloria tienen su reconocimiento el 1 de Noviembre. Es una fecha especial en la que se nos recuerda a quienes estamos en esta vida que cualquiera puede acceder a las promesas de salvación. Es la forma en la que podemos imaginar lo divertido que debe de ser una fiesta en el cielo. Todos de manteles largos, todos invitados, todos convocados, todos muertos de risa, en fin todos felices.

Esa imagen es mucho mas evangelizadora que la de los santos representando sus torturas, sus martirios o sus penas. No hay duda de las palabras de San Agustín de Hipona estan llenas de verdad: Un santo triste es un triste santo. Mejor contentos y festejando. La proximidad del Día de Todos los Santos al Día de Muertos hace que la fecha adquiera un tono lúgubre y en ciertas naciones, hasta doloroso. En México, por el sincretismo entre las tradiciones prehispánicas y las costumbres que heredamos de los conquistadores, la fiesta tiene una dicotomía curiosa: es un poco lúgubre pero festiva. Siempre nos gana la fiesta.

Aprovechamos el altar de Muertos para festejar a los santos que tenemos en cada familia. En mi caso, en la intimidad del corazón recuerdo a la abuela materna de mi mamá, su cara y su cabeza velada siempre, el jugo de jitomate más delicioso; a mi abuelo paterno, tan serio, formal y con la sabiduría de las personas del campo, en mi mami Lolita — mi abuela materna—, una mujer que me enseñó la dignidad de la mucha y la bendición del trabajo arduo y vuelvo a sentir su amor que siempre tuvo la fuerza para llegar a mí desde donde fuera. Pienso en mi abuelo materno y mi abuela paterna que murieron tan jóvenes y dejaron a sus hijos tan pequeños. A mis tías Chelo, Trini y Lupita las evoco siempre felices, siempre serviciales. También, a mi tía Beatriz que acaba de entrar al cielo este año. A todos los siento cerca y contentos.

La conmemoración de Todos los Santos me hace convocar a lo mejor de mi familia, la parte más luminosa de mis mujeres y la más valiosa de mis hombres. Me siento rodeada de esa muchedumbre de gente que pasó por la tierra haciendo el bien, haciendo las cosas bien. Evidentemente, no hay nada lugubre ni angustioso. Hay alegría y agradecimiento. No hay soledad, todos, en torno a mí, van acompañando mis pasos y desde lo alto van intercediendo por mí. 

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