La santa sepultura 

La muerte es un misterio en el más amplio sentido de la palabra. Es un hecho arcano cuya explicación encuentra diversos matices según a quien se le pregunte. Para unos es el fin de la vida, para otros es un paso hacia una existencia más evolucionada, hay quienes creen que es la oportunidad de regresar en lo que se llega a la siguiente etapa y para los cristianos es el tránsito en el que llegaremos a ver el rostro de Dios. 

Los católicos creemos que la muerte merece ciertos ritos. Antes de morir, se aplican los santos óleos y cuando el alma se separa del cuerpo, se reza para pedir el eterno descanso de quien falleció. Es una especie de acompañamiento y de despedida. Se despiden los restos mortales y se acompaña el tránsito del alma para que llegue a buen puerto. Los cuerpos deben de tener un destino digno.

Independientemente del credo o forma de pensar, me parece que los restos mortales merecen respeto. Fumarse al padre, como presume Keith Richards haberlo hecho con el suyo, hacerlo un dije o un anillo, tenerlo como objeto decorativo de la casa, pasearlo en un carrito de bebé y tantas extravagancias, me parecen tan tenebrosas, como irrespetuosas. Es verdad, los ritos y las costumbres están dejando de tener vigencia, ya pocos se visten totalmente de negro al ir a un velorio, el luto es cosa de antes y dar un pésame tiene otros códigos. Muchos reciben las condolencias en el muro de Facebook. Eso de ir a dar un abrazo a los deudos, pocos lo hacen.

Hasta hace poco, los muertos eran sepultados. La incineración no era tan admitida, pero dado que cada vez hay más muertos y La Tierra tiene un espacio limitado, terminar hecho cenizas es una opción aceptada. Hay quienes tienen un nicho en alguna iglesia y los que prefieren ser arrojados al mar o quedar en las raices de un árbol. El Papa Francisco opina que los restos humanos han de quedar en un lugar santo. Claro, las críticas no se han dejado esperar.

Cuando oí la resolución de la Santa Sede, también levanté las cejas y torcí la boca. Pero, recordé la historia de Julia Pastrana, una mujer de cualidades excepcionales, inteligencia única y fealdad descomunal. Tuvo éxito gracias a esa cara con barba y mandíbula prolongada, viajó, hizo dinero, se casó, se embarazó y al dar a luz quedó muy débil. Murieron ella y su hijo. Lo único que le pidió a su marido, el Dr. Lent, fue que le dieran una santa sepultura. Ni eso le concedió. Momificó a ella y al bebé y los exhibió por toda Europa. Perdió el cadaver, lo encontó maltrecho, lo vendió y la pobre Julia Pastrana anduvo de circo en circo hasta que llegó a la Universidad de Oslo y la retuvieron para estudiarla y ver si era el eslabón perdido. Después de muchos años —Julia murió en 1860—, el 14 de Febrero de 2013 fue sepultada en Sinaloa, como fue su deseo. Quedó encerrada por años en una bodega, en nombre de la investigación.

Si pienso en Julia Pastrana, no tengo más que darle la razón al Vaticano. La ciencia no tiene que servir de vínculo deshumanizador. Pensar en la frivolidad que lleva a un fanático a hacer de su ser admirado un anillo, como sucedió con Luis Barragán, me da dolor de estómago. Vuelvo a entender las razones de la Santa Sede. También pienso en los muertos del terremoto de 1985 en la Ciudad de México, o del 9/11 en Nueva York, o los de Hiroshima y Nagasaki, o los de Aleppo que no han alcanzado sepultura. ¿Qué piensan de ellos en Roma? O los que murieron ahogados, o los que han sido enterrados en fosas clandestinas, o los que han quedado expuestos al aire. ¿Ellos qué?

Insisto,la muerte es un asunto misterioso. No sé si sea preciso terminar en un cementerio o en un nicho de iglesia, no sé si los ríos y mares sean o no lugares santos. Ignoro las características que le concedan santidad a un seplucro, pero me temo que tener urnas en el clóset, cenizas en forma de piedra, o como relleno de un cigarro, no cumple con el estándar. En todo caso, prefiero lo dicho por el Vaticano, no sea que alguno de  mis queridos lectores se le antoje echarse un cigarrillo a mi salud o tenga ganas de convertirme en un bonito anillo. 

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