Debates que no son nuestros y nos afectan

Ayer por la noche, al terminar de ver el debate entre Hillary Clinton y Donald Trump sentí un gran vacío. Las pifias del candidato republicano ya ni sorprenden ni causan escándalo, lo que sorprendió fue la tibieza con la que la candidata demócrata la trató. Tuvo la oportunidad de noquearlo y la despedició. Todo eso es verdad y lo sentí tan ajeno. Mis conclusiones sirven de poco, lo mismo que las de cualquier extranjero que los mire pelear, hablando de temas vulgares en forma tan descarada. No sirve de nada, esos debates no son nuestros; pero nos afectan.

En una costumbre muy estadounidense, la ropa sucia se expone al público. Los temas de sábanas se exhiben y revelan a un misógino que habla imbecilidad y media con otro estúpido del mismo calibre y el asunto se eleva al nivel de debate presidencial. La infidelidad marital y la perseverancia de una esposa que permanece al lado de su marido por razones tan íntimas que nada más a ellas conciernen están en boca de los candidatos a dirigir el destino de una de las naciones más poderosas del mundo. ¿Por qué es interesante eso?

Nos quieren chantajear con la imagen de un niño lleno de polvo, sobreviviente de un bombardeo en Aleppo, como si los participantes no tuvieran nada que ver. Hablan de discriminación por cuestiones de credo, pero lo que está en la mente es la platica de casillero y la ropa interior de un expresidente. Ella nadó de muertito y él se perdió en la ambigüedad que le fascina. A decir verdad, todos sabemos que los políticos estiran la realidad para llevar agua a su molino. También sabemos que en un debate no se solucionan los problemas, nada más nos enteramos de los estilos de cada quien.

A lo lejos, vemos dos personajes: uno se diluye como pastilla efervescente —o eso esperamos— y la otra se va consolidando —o eso queremos—. Nada podemos hacer más que contemplar a dos que como pájaros de pelea, se despluman y se exhiben dejando ver las costuras de su intimidad. Más cerca que nosotros, pero también a la distancia, Bill Clinton y la señora Trump observan a sus cónyuges. ¿Qué pensarán? Los hijos de Trump y Chelsea Clinton también están ahí escuchando las faltas más personales de sus padres. ¿Qué sentirán?

Y, en la tribuna, nosotros viendo debates ajenos que tarde o temprano nos van a afectar.

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