La catástrofe republicana

Ahora resulta que muchos republicanos influyentes le están pidiendo a Donald Trump que renuncie a la candidatura para la presidencia de su país. Demasiado tarde, ¿no creen? Desde luego, su flamante candidato ya les dijo que ni de chiste se va, como era evidente, y la pregunta obligada a todos estos que lo quieren echar es ¿por qué le abrieron la puerta? Arrepentirse es de sabios, pero todo tiene un tiempo y un lugar. Cuando la limosna llega tarde, ni los santos la agradecen. Ante lo previsible y al ver a un hombre descontrolado que puede llegar a dirigir el destino de su país, sienten miedo y se comen una cucharada del remedio que el señor le ha estado administrando a los electores.

Imagino que muchos de estos que piden la renuncia fueron tan incrédulos como yo y pensaron que el sujeto se tropezaría con la lengua y no avanzaría ni dos cuadras. Otros habrán pensado que era muy chistoso tener a un deslenguado para representarlos. La gran mayoría le creyeron sus babosadas y se asustaron. Una pequeña minoría vio en Donald Trump un títere facil de manipular y decidieron hacerlo crecer para hacerlo servir a sus intereses. Apostaron adecuadamente y están concretando su ocurrencia.

Sin embargo, al ver desde fuera en fenómeno norteamericano de las próximas elecciones, no hay mucho de que sorprenderse. Que a un mexicano le caiga mal Trump es lo evidente —la sorpresa es que haya simpatizantes latinos en sus filas, sin duda hay idiotas en todos lados—, pero en el mundo los estadounidenses no caen bien. En Europa se les valora por sus  defectos: son ignorantes, no saben comer, no entienden de gastronomía, no son puntuales, son arrogantes, se creen conquistadores, son metiches, son puritanos, no tienen raíces y la lista crece y crece. En Francia hay un movimiento, la antifrance, que denuncia como las compañías norteameircanas se han apoderado de lugares emblemáticos de las ciudades galas. En París, McDonald’s sustituyó sucursales de Hypopotamus a, una cadena francesa,en los Campos Elíseos,les molesta ver hamburgueserías americanas en Versalles, los italianos no descansaron hasta sacar a McDonald’s de la plaza del Pantheon y los spring breakers son vistos como una plaga que dejan más destrozos que ganancias.

A lo largo del tiempo, la globalización impulsó a las empresas estadounidenses a salir de sus territorios, ganando espacios y, es justo decirlo, generando riqueza. Pero, no siempre fueron bienvenidos ni resultaban simpáticos. El prejuicio con el que se calificó a los ciudadanos de Estado Unidos, muy originado por los soldados en la Segunda Guerra Mundial, se fue diluyendo y conocimos a ciertas personas amables, que sí hablaban algo más que inglés y que no se pasaban preguntando si el agua era potable o no. Pero, Trump le recordó al mundo aquella figura del gringo antipático, que no entiende códigos, que vive en shorts y camiseta de tirantes, que carga Pepto Bismol a todos lados y que arruga la nariz y no se entera que es tan ligero como un plomo. 

El mundo mira con recelo a Trump y parece que en casa el tipo ya no es tan simpático. Lo malo es que le dieron la silla principal y un micrófono para vociferar. Luce con arrogancia su ignorancia en cada tema y no le importa. Y, con esa actitud de fanfarrón, ya dijo que no va a renunciar. ¿Por qué le abrieron la puerta? La catástrofe del partido republicano está cantada, lo mismo si pierde que si gana. Peor, si gana.

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