Readaptación social

Con gran tristeza me entero que el secuestro de María Villar, la ciudadana española que fue asesinada después de pagar el rescate, se organizó desde un reclusorio. Toda la planeación estratégica se hizo desde un centro de readaptación social y previsto en una celda, integrado y puesto en marcha a distancia por un criminal que ya está purgando pena por otra transgresión a la sociedad. Más tristeza me da enterarme que los reculsorios siguen siendo un nido de ratas y que eso ni me cause asombro. Es por todos conocido que los adelantos tecnológicos han servido a la delincuencia para seguir avanzando en el camino del mal. Lo increíble es ver cómo los malhechores aprovechan cualquier medio y las autoridades, no.

El dicho: el que la hace, la paga está entrando en crisis. Pareciera que los buenos nos tenemos que replegar, mientras los malvados van conquistsndo espacios. Ya sabemos que es peligroso salir a un cajero a sacar dinero y es de vida o muerte tomer un taxi en la calle, no sólo en la Ciudad de México sino en la mayor parte del mundo. Lo que debiera ser un acto cotidiano, se convierte en una actividad de alto riesgo y gran peligrosidad. La ciudadanía tiembla y la autoridad que debiera estar vigilante y lista para poner orden está en todo menos en lo que debe. Aunque nos quieran decir otra cosa, aquí en la Ciudad de México, la cosa está que arde.

¿Cómo es posible que un delincuente esté lidereando a su banda desde la cárcel? No me logro imaginar qué está haciendo el director del reclusorio mientras los criminales siguen sus actividades con tanta facilidad. Lo imagino viéndose en el espejo, contemplando su belleza o picándose la nariz o rascándose la panza o texteando o dormido sobre el escritorio o todo lo anterior. Seguro no se está ocupando de los programas con los que los internos deben de avanzar en la readaptación a la sociedad.

Imagino a los reos muertos de risa, delinquiendo cómodamente, mandando asesinar, matar, robar, secuestrar, en forma alegre como quien se sienta en una oficina y trabaja felizmente. No hay un propósito de enmienda, no hay una reflexión sobre el mal hecho, no existe una forma de hacerse cargo del dolor que están causando. Ellos siguen ocupados en sus labores   delictivas, arropados en la seguridad de una celda sin tener razón alguna para readaptarse, ¿cómo para qué? 

No entiendo cómo es que un prisionero peligroso que está encerrado por haber hecho males a la gente buena, tiene privilegios. ¿Por qué tienen teléfonos móviles a su disposición? No entiendo por qué no han inhibido la señal de telefonía celular en la cárcel y por qué siguen teniendo acceso a internet. No sé qué lleva a las autoridades a dejar de lado los planes para que la gente que hizo mal, vuelva al buen camino.

La readaptación social está olvidada. Los delincuentes no tienen razones para pensar en una transformación, les va mejor si dañan que si se portan bien. Basta mirar a la calle, el espacio público está siendo poblado por negocios con rejas, personas que caminan temerosas, niños que ya no salen a jugar a la calle, mujeres con miedo, hombres con miradas recelosas. Los incautos, los que no se cuidan, los negligentes, los ingenuos, los que no conocen los códigos de seguridad son víctimas propicias. Además, pareciera que las autoridades les ponen en bandeja de plata las facilidades para seguir en sus actividades. Les dan acceso a infraestructuras que no debieran existir en un penal. 

María Villar cayó en la desgracia por casualidad, pudo haber sido ella como cualquiera de nosotros. Ella, por haber tenido ciudadana española, ha hecho tanto ruido y su caso traspasó fronteras. ¿Y todos los demás? Cada asalto, robo, atraco, secuestro que ha quedado en el archivo, cada delincuente que sale libre sin pagar por sus delitos, cada pillo que sigue encerrado pero haciendo de las suyas, es una mancha a la justicia que todos merecemos. Espero que el responsable de ver por nuestra seguridad depierte de una vez, se deje de ver al espejo, pare de picarse la nariz, de rascarse la panza y de una vez por todas se ponga a hacer lo que le toca. Tal vez si lo hiciera,  muchos delincuentes estarían en el camino de la readaptación y en en las garras del crimen. 

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