Faltas de respeto

Parece que está de moda confundir la crítica con la falta de respeto. En muchos sentidos, la forma es el fondo y todo se puede decir, pero hay maneras. Las bravatas, el manoteo, los gritos, las palabras altisonantes divirten al público pero no dejan de ser un circo que se diluye pues es tan frágil como una burbuja de jabón. La vulgaridad de quien toma un micrófono para eructar, la falta de educación del que arrebata la palabra y no deja hablar, las valentonadas de quien escribe y publica una crítica sin sustento se repite una y otra vez con la facilidad que da el encono, pero hay que tener cuidado. No todo lo que brilla es oro.

Hablar mal del Presidente es el eterno lugar común. Hacer chistes de la autoridad es una costumbre vieja. Desde los tiempos de Tiberio, el pueblo se burlaba del emperador como una especie de catarsis frente al despota. Era una especie de revancha. No obstante, después de la risa ya no hay nada. Atreverse a gritar consignas no tiene mérito. Criticar requiere de argumentos sólidos y de sustento. Lo demás son espejos que nos quieren vender. Tristemente, el encono va ganando terreno y personas con prestigio emiten opiniones sin el más mínimo análisis. Ofenden por ofender y faltan al respeto con la responsabilidad de un niño que llega a una dulcería con la cartera abierta.

Me refiero a la facilidad con la que se falta al rigor crítico. Para decir que algo está mal, hay que decir qué fue incorrecto y las razones que sustentan esa opinión. Si esa condición no se da, estamos frente a un berrinchudo que hizo uso de un medio para escupir letras y manchar innecesariamente un espacio. Es un mal endémico que se da por doquier. Criticar a Putin, a Obama, a Rajoy, a Peña, y no se diga a Trump es muy fácil. Decir que son despotas, blandengues, irresponsables, tontos o abusivos es repetir lo evidente. Faltan razones.

Si digo que Putin es despota y doy cuenta de la falta de libertad de expresión, si digo que Obama fue un indigno Premio Nobel de la Paz y me refiero a las guerras que se han continuado e iniciado durante su gestión, si hago notar los meses que España lleva sin gobierno formal, si hablo de la forma en la que Peña maneja la política exterior y si analizo las veces en las que Trump dice una cosa y luego se desdice, entonces ya pasamos un flitro que se llama reflexión. Hay datos que apoyan los dichos. Hay base de argumentación.

Ultimamente, he leído artículos en prensa escrita en los que sus autores elevaron la pluma para insultar, (Denise Dresser, Reforma, 05/09), o subieron a la red una entrevista en la que le manotearon al Presidente Peña, no lo dejaron hablar, le arrebataron la palabra y se rieron de él en su cara (Carlos Marín/Milenio) y me parece lamentable. No se trata de defender a Enrique Peña Nieto, que él haga su trabajo. Se trata de evitar que la crítica se convierta en una bravata sin formato y sin sustento. Decirle estúpido al Primer Mandatario en un periódico parece audaz, pero para que lo sea hay que explicar. Entrevistar a gritos a la autoridad y no dejarlo hablar, aparentemente es muy valiente, pero para que lo sea hay que escuchar las respuestas.

El artículo que nada más insulta, es un desatino. La entrevista que plantea preguntas necesarias y no da espacio a las respuestas, es un desperdicio. Carlos Marín preguntó eso que muchos mexicanos quisieramos saber, pero su patanería no le permitio cerrar la boca para ver qué es lo que Peña tenía que contestar. Me quedé con las ganas de conocer las razones que le hicieron pensar al mandatario mexicano que invitar a Trump, pasando por alto a su Canciller y a la Embajadora, era buena idea. Si se le hubiera dado la oportunidad de contestar, tendríamos una verdadera pieza periodística. Así sólo quedó una falta de respeto.

Es peligroso aplaudir el abuso de la falta de respeto. El ánimo majadero se permea en el ambiente y trae consecuencias. Es alarmante que gente respetada, que académicos serios estén cruzando el umbral de la incorrección. No están midiendo las posibles resultantes. Si los pequeños entran en la emoción de la bravuconería, los estamos enseñando a ser intolerantes. Las consecuencias para las generaciones jóvenes y más vulnerables son terribles. Y, para no caer en lo criticado, va un dato duro: el nivel de abuso y complacencia a la intolerancia cobró otra víctima en Monterrey. Un chico de doce años optó por la muerte, decidió abandonar la vida porque no aguantó el abuso colectivo. Nuestros chicos aprenden rápido. Es mejor enseñarlos a debatir con argumentos que a gritar para hacerse escuchar. Es mejor educar para el respeto y no para que sea tan fácil faltar a la más mínima y elemental educación. Empezamos muertos de risa aplaudiendo al que se atreve a cruzar la línea y terminamos llorando a nuestros muertos.

Faltas de respeto

Parece que está de moda confundir la crítica con la falta de respeto. En muchos sentidos, la forma es el fondo y todo se puede decir, pero hay maneras. Las bravatas, el manoteo, los gritos, las palabras altisonantes divirten al público pero no dejan de ser un circo que se diluye pues es tan frágil como una burbuja de jabón. La vulgaridad de quien toma un micrófono para eructar, la falta de educación del que arrebata la palabra y no deja hablar, las valentonadas de quien escribe y publica una crítica sin sustento se repite una y otra vez con la facilidad que da el encono, pero hay que tener cuidado. No todo lo que brilla es oro.

Hablar mal del Presidente es el eterno lugar común. Hacer chistes de la autoridad es una costumbre vieja. Desde los tiempos de Tiberio, el pueblo se burlaba del emperador como una especie de catarsis frente al despota. Era una especie de revancha. No obstante, después de la risa ya no hay nada. Atreverse a gritar consignas no tiene mérito. Criticar requiere de argumentos sólidos y de sustento. Lo demás son espejos que nos quieren vender. Tristemente, el encono va ganando terreno y personas con prestigio emiten opiniones sin el más mínimo análisis. Ofenden por ofender y faltan al respeto con la responsabilidad de un niño que llega a una dulcería con la cartera abierta.

Me refiero a la facilidad con la que se falta al rigor crítico. Para decir que algo está mal, hay que decir qué fue incorrecto y las razones que sustentan esa opinión. Si esa condición no se da, estamos frente a un berrinchudo que hizo uso de un medio para escupir letras y manchar innecesariamente un espacio. Es un mal endémico que se da por doquier. Criticar a Putin, a Obama, a Rajoy, a Peña, y no se diga a Trump es muy fácil. Decir que son despotas, blandengues, irresponsables, tontos o abusivos es repetir lo evidente. Faltan razones.

Si digo que Putin es despota y doy cuenta de la falta de libertad de expresión, si digo que Obama fue un indigno Premio Nobel de la Paz y me refiero a las guerras que se han continuado e iniciado durante su gestión, si hago notar los meses que España lleva sin gobierno formal, si hablo de la forma en la que Peña maneja la política exterior y si analizo las veces en las que Trump dice una cosa y luego se desdice, entonces ya pasamos un flitro que se llama reflexión. Hay datos que apoyan los dichos. Hay base de argumentación.

Ultimamente, he leído artículos en prensa escrita en los que sus autores elevaron la pluma para insultar, (Denise Dresser, Reforma, 28/08), o subieron a la red una entrevista en la que le manotearon al Presidente Peña, no lo dejaron hablar, le arrebataron la palabra y se rieron de él en su cara (Carlos Marín/Milenio) y me parece lamentable. No se trata de defender a Enrique Peña Nieto, que él haga su trabajo. Se trata de evitar que la crítica se convierta en una bravata sin formato y sin sustento. Decirle estúpido al Primer Mandatario en un periódico parece audaz, pero para que lo sea hay que explicar. Entrevistar a gritos a la autoridad y no dejarlo hablar, aparentemente es muy valiente, pero para que lo sea hay que escuchar las respuestas.

El artículo que nada más insulta, es un desatino. La entrevista que plantea preguntas necesarias y no da espacio a las respuestas, es un desperdicio. Carlos Marín preguntó eso que muchos mexicanos quisieramos saber, pero su patanería no le permitio cerrar la boca para ver qué es lo que Peña tenía que contestar. Me quedé con las ganas de conocer las razones que le hicieron pensar al mandatario mexicano que invitar a Trump, pasando por alto a su Canciller y a la Embajadora, era buena idea. Si se le hubiera dado la oportunidad de contestar, tendríamos una verdadera pieza periodística. Así sólo quedó una falta de respeto.

Es peligroso aplaudir el abuso de la falta de respeto. El ánimo majadero se permea en el ambiente y trae consecuencias. Es alarmante que gente respetada, que académicos serios estén cruzando el umbral de la incorrección. No están midiendo las posibles resultantes. Si los pequeños entran en la emoción de la bravuconería, los estamos enseñando a ser intolerantes. Las consecuencias para las generaciones jóvenes y más vulnerables son terribles. Y, para no caer en lo criticado, va un dato duro: el nivel de abuso y complacencia a la intolerancia cobró otra víctima en Monterrey. Un chico de doce años optó por la muerte, decidió abandonar la vida porque no aguantó el abuso colectivo. Nuestros chicos aprenden rápido. Es mejor enseñarlos a debatir con argumentos que a gritar para hacerse escuchar. Es mejor educar para el respeto y no para que sea tan fácil faltar a la más mínima y elemental educación. Empezamos muertos de risa aplaudiendo al que se atreve a cruzar la línea y terminamos llorando a nuestros muertos. 

Faltas de respeto

Parece que está de moda confundir la crítica con la falta de respeto. En muchos sentidos, la forma es el fondo y todo se puede decir, pero hay maneras. Las bravatas, el manoteo, los gritos, las palabras altisonantes divirten al público pero no dejan de ser un circo que se diluye pues es tan frágil como una burbuja de jabón. La vulgaridad de quien toma un micrófono para eructar, la falta de educación del que arrebata la palabra y no deja hablar, las valentonadas de quien escribe y publica una crítica sin sustento se repite una y otra vez con la facilidad que da el encono, pero hay que tener cuidado. No todo lo que brilla es oro.

Hablar mal del Presidente es el eterno lugar común. Hacer chistes de la autoridad es una costumbre vieja. Desde los tiempos de Tiberio, el pueblo se burlaba del emperador como una especie de catarsis frente al despota. Era una especie de revancha. No obstante, después de la risa ya no hay nada. Atreverse a gritar consignas no tiene mérito. Criticar requiere de argumentos sólidos y de sustento. Lo demás son espejos que nos quieren vender. Tristemente, el encono va ganando terreno y personas con prestigio emiten opiniones sin el más mínimo análisis. Ofenden por ofender y faltan al respeto con la responsabilidad de un niño que llega a una dulcería con la cartera abierta.

Me refiero a la facilidad con la que se falta al rigor crítico. Para decir que algo está mal, hay que decir qué fue incorrecto y las razones que sustentan esa opinión. Si esa condición no se da, estamos frente a un berrinchudo que hizo uso de un medio para escupir letras y manchar innecesariamente un espacio. Es un mal endémico que se da por doquier. Criticar a Putin, a Obama, a Rajoy, a Peña, y no se diga a Trump es muy fácil. Decir que son despotas, blandengues, irresponsables, tontos o abusivos es repetir lo evidente. Faltan razones.

Si digo que Putin es despota y doy cuenta de la falta de libertad de expresión, si digo que Obama fue un indigno Premio Nobel de la Paz y me refiero a las guerras que se han continuado e iniciado durante su gestión, si hago notar los meses que España lleva sin gobierno formal, si hablo de la forma en la que Peña maneja la política exterior y si analizo las veces en las que Trump dice una cosa y luego se desdice, entonces ya pasamos un flitro que se llama reflexión. Hay datos que apoyan los dichos. Hay base de argumentación.

Ultimamente, he leído artículos en prensa escrita en los que sus autores elevaron la pluma para insultar, (Denise Dresser, Reforma, 05/09), o subieron a la red una entrevista en la que le manotearon al Presidente Peña, no lo dejaron hablar, le arrebataron la palabra y se rieron de él en su cara (Carlos Marín/Milenio) y me parece lamentable. No se trata de defender a Enrique Peña Nieto, que él haga su trabajo. Se trata de evitar que la crítica se convierta en una bravata sin formato y sin sustento. Decirle estúpido al Primer Mandatario en un periódico parece audaz, pero para que lo sea hay que explicar. Entrevistar a gritos a la autoridad y no dejarlo hablar, aparentemente es muy valiente, pero para que lo sea hay que escuchar las respuestas.

El artículo que nada más insulta, es un desatino. La entrevista que plantea preguntas necesarias y no da espacio a las respuestas, es un desperdicio. Carlos Marín preguntó eso que muchos mexicanos quisieramos saber, pero su patanería no le permitio cerrar la boca para ver qué es lo que Peña tenía que contestar. Me quedé con las ganas de conocer las razones que le hicieron pensar al mandatario mexicano que invitar a Trump, pasando por alto a su Canciller y a la Embajadora, era buena idea. Si se le hubiera dado la oportunidad de contestar, tendríamos una verdadera pieza periodística. Así sólo quedó una falta de respeto.

Es peligroso aplaudir el abuso de la falta de respeto. El ánimo majadero se permea en el ambiente y trae consecuencias. Es alarmante que gente respetada, que académicos serios estén cruzando el umbral de la incorrección. No están midiendo las posibles resultantes. Si los pequeños entran en la emoción de la bravuconería, los estamos enseñando a ser intolerantes. Las consecuencias para las generaciones jóvenes y más vulnerables son terribles. Y, para no caer en lo criticado, va un dato duro: el nivel de abuso y complacencia a la intolerancia cobró otra víctima en Monterrey. Un chico de doce años optó por la muerte, decidió abandonar la vida porque no aguantó el abuso colectivo. Nuestros chicos aprenden rápido. Es mejor enseñarlos a debatir con argumentos que a gritar para hacerse escuchar. Es mejor educar para el respeto y no para que sea tan fácil faltar a la más mínima y elemental educación. Empezamos muertos de risa aplaudiendo al que se atreve a cruzar la línea y terminamos llorando a nuestros muertos.

La despedida de Juan Gabriel

Mi mamá suele decir que hasta para morir hay que tener tino. Juan Gabriel lo tuvo. Murió joven, sí, pero en el momento certero. El último capítulo de la serie televisiva de su vida, coincidió con su muerte. Dejó a México en un hilo a la espera de ver sus restos volver a territorio nacional. Volvió a Juárez y tuvo un funeral de homenaje en el Palacio de las Bellas Artes.

Como si los hechos se hubieran extraído de algún texto perdido de Rulfo, la muerte tuvo tintes a la mexicana. Las notas dramáticas de la despedida final se acompasaron al ritmo de fiesta nacional. En el Parque de la Alameda se dio un paseo dominical entre semana. Se abrieron tres filas que rodeaban el Palacio de Bellas Artes y la gente esperaba paciente por horas y horas para entrar a hacer una guardia de honor que duraba unos cuantos segundos. 

En la explanada, frente a la puerta principal, la Sonora Santanera, el Mariachi que siempre lo acompañó, sus coros, cantaban las canciones que se nos metirron entre la piel y guardamos en el alma. Dentro, todas las actrices, cantantes y estrellas que le deben fama, también cantaban. Los llantos fueron sustituidos por el baile, la tristeza se diluía en la fiesta y la explosión de felicidad corría a cuenta del mismísimo Juan Gabriel de nuestros amores. De noche y de día, en forma ininterrumpida, música y fanáticos acompañaron a los  restos mortuorios de un hombre que estaba tan vivo y tan vibrante. Era el anfitrión. 

El Palacio de Bellas Artes estaba iluminado de verde, blanco y rojo por las fiestas patrias y se engrandecía para decir adiós al primer músico popular que pisó su escenario. La gente iba avanzando respetuosamente para entrar pero iba feliz. Entre los sonidos de los amores eternos, de las queridas y de los noanoas eso no parecía un velorio, por eso no extraña que una mujer gritara que no, que no era cierto que Juanga estuviera muerto, que eran mentiras y que seguía vivo.

No le falta razón, sigue vivo como Pedro Infante, como Jorge Negrete o como Cantinflas. Tan queridos que se nos mueren pero no los dejamos morir más que poquito. Nos abrazamos a sus fotos, a sus películas, a la música y habrán cerrado los ojos, dejado de respirar y el corazón se habrá parado, pero mientras se pueda, que siga la fiesta. Con ellos,la Catrina se va de fiesta.

Sólo en México se entiende que este festejo sea una expresión de respeto y máxima admiración. Sólo aquí se comprende que para decir adiós a los grandes las risas, los bailes, los cantos, los aplausos son el mejor tributo para un muerto. Se fue pero no lo dejamos ir. Dice Tovar y de Teresa que en atención a la familia, se avisó a la gente que se llevarían las cenizas a las 9:30 pm, para que ya no se formaran, era preciso dar fin al funeral. Los familiares estaban cansados, abatidos, pero que la gente podría haberse formado y velar al Divo hasta una semana, tal vez seguiriamos velándolo un año. Ver el velorio de Juanga me recordó al de Miguel Páramo, sólo que a éste sí lo queriamos con el cuerpo y con el alma.

Salió el cortejo de Bellas Artes al aeropuerto. La carroza no podía avanzar a más de diez kilómetros por hora. La gente iba acompañando, se hacían vayas humanas por las calles, la gente salía de sus casas. No se fue sólo. Nos llevó consigo. Hay gente que no se debería morir, por eso las voces que gritan que sigue vivo tienen tanta razón.

El rechazo de Hillary

Como si el Presidente Peña no tuviera suficiente, hoy se desayuna con la noticia de que Hillary Clinton rechaza la invitación que le hicieron para venir a México. No vendrá antes de las elecciones. No sólo declaró que no acepta venir, también declaró que después del ” desafortunado incidente diplomático” ella se va a dedicar a otras cosas, como seguir adelante con su campaña. Parece lógico el motivo del desprecio,  se niega a recorrer los pasos de Trump a quien exhibe como una persona incapaz de  comunicarse en forma efectiva con un Jefe de Estado.

Por su parte, en forma discreta pero contundente Bill Clinton dijo haberse quedado estupefacto con el viaje de Trump a México. El expresidente estadounidense no está solo en el asombro, lo acompañamos los mexicanos y los ojos internacionales. Aún no se entiende a carta cabal las intenciones que germinaron en Los Pinos y dados los resultados, parece que ellos tampoco lo logran comprender. Se tiende un nubarrón oscuro que no da pie a una interpretación correcta de los objetivos de Trump y mucho menos los de Peña. Los dos quedaron con las manos manchadas, el candidato republicano se lució como un cobarde que de frente dice una cosa y de espaldas se desdice. El presidente Peña quedó como un hombre ingenuo que se metió a la boca del lobo, por voluntad propia y salió con la camisa hecha girones.

Era evidente que Hillary Clinton rechazaría la invitación. Con claridad de ideas, la candidata demócrata a la,presidencia de Estados Unidos va a aprovechar la ventana de oportunidad que se le abre. Pondrá todo su esfuerzo en hacer evidente que Trump es un hombre poco honorable, incapaz de articular palabras sin que pueda serles fiel y lo tachará de incompetente. Todas las pruebas las sustentará con lo sucedido en la visita a México. Y, ¿adivienen quién será exhibido junto a Trump?

Sin decir nada, sin necesidad de pronunciar nombres, Hillary da cátedra. Sin duda, hará uso de su derecho de guardar silencio. No abrirá la boca para no llenarsela de moscas. Mientras, en Los Pinos, el Presidente tuitea que nadie lo aconsejó invitar a Trump, y se echa la culpa. ¿Cuándo entenderemos que el silencio es la prerrogativa de los sabios?

Madre Teresa de Calcuta, la revolución de la ternura 

Los católicos estamos de fiesta, tenemos una nueva santa: la Madre Teresa de Calcuta. Una mujer que a base de sencillez, trabajo y ternura fue repartiendo el bien entre los más necesitados. Nació en Albania en los años de opresión, se hizo monja de clausura y en los días dedicados a la contemplación oyó la voz de Dios que le dejó la tarea de atender a los más olvidados. Así lo hizo. Siguió el llamado e hizo de su vocación vida que da esperanza.

Lo hizo en forma tan extraordinaria que ganó el Premio Nobel de la Paz, ella con todos los méritos. Al recibirlo, alguien le dijo: Yo no haría lo que usted hace ni por un millón de dólares. Ella con una sonrisa contestó: Ni yo. Los que la conocieron dicen que fue una mujer muy inteligente que con pocas palabras causaba impacto. Una pareja estuvo con el ella cuando vino a México. Con respeto le dijeron Madre, es un honor conocer a una santa en vida. Los tomó de las manos y les preguntó: ¿y tú, por qué no? No es tan dificil. Alguna vez alguien le quiso lanzar una prueba: ¿Madre Teresa, cuál es la mejor religión del mundo? Ella respondió Aquella con la que puedas practicar la congruencia del amor.

Madre Teresa era una mujer pequeñita y con la edad, la espalda le jorobó la postura. Siempre vestida con la sencillez del hábito blanco con bandas azules. Siempre sonriendo. Hizo de la disciplina motor de vida. Era la primera en levantarse al oratorio a hablar con Dios. Sabía del poder que tiene la amistad con lo alto y era constante. Dijo haber venido al mundo a consolar a Cristo y así encontró paz.

La santa que hoy llega a los altares, ya había llegado a los corazones de propios y extraños. Dejó un decálogo que aquí transcribo:

1. Estar unidos a Cristo en sus sentimientos y pensamientos.

2. Estar centrados en Jesús para pedir y ofrecer perdón.

3. Hacer que nuestra vida esté dedicada a hacer feliz a Jesús y a consolar su dolor en los enfermos.

4. Una sonrisa siempre y hacer las cosas ordinarias con amor extraordinario.

5. Un contacto directo y cercano a las personas con amanilidad y sonrisas.

6. Aceptación, sin condición, hacia cualquier persona.

7. Hacer consciencia de que Dios es un padre rico en amor y misericordia.

8. Llevar siempre esperanza de hacer de la propia vida algo bello.

9. Estar unido a Dios y a los pobres.

10. Alimentarse diariamente de la oración y la eucaristía.

El decálogo de nuestra nueva Santa en la iglesia católica resulta de una sencillez tan alcanzable, pero requiere de congruencia, constancia y disciplina. No cabe duda que ella sí hizo de lo ordinario, algo extraordinario. En esa mujer delgadita cupo la grandeza. Y tal como lo dijo cuando vino a México, queda la pregunta ¿y tú por qué no? Ahí está la receta. No parece tan dificil.

Santa Madre Teresa de Calcuta, ruega por nosotros.

La visita inesperada

El día de ayer, recibimos en la capital de la República Mexicana una visita inesperada. Los mexicanos nos enteramos con horas de anticipación que el señor Donald Trump venía al país . La primera reacción fue elevar las cejas, ¿a qué viene este sujeto? y enseguida nos enteramos que acudía a una invitación hecha por el Presidente Peña. Entonces sí que nos fuimos para atrás. La información no la emitió el vocero de la presidencia, quien nos dio cuenta de semejante noticia fue la  oficina de campaña del Candidato Republicano. Al principio, parecía una broma pero la confirmación llegó a través de tuits tímidos que nos decían que el señor sería recibido en Los Pinos. Nos quedamos con quijadas al suelo.

La pregunta persistió, ¿a qué viene este señor? y se añadió otra: ¿por qué lo invitamos? Las respuestas a la segunda pregunta van desde la conveniencia de ir limando asperezas con un hombre que posiblemente despache en la Oficina Oval hasta imaginar que vendría a escuchar como le pediríamos cuentas por tanto insulto proferido por una boca deslenguada. También, cabe la posibilidad de que el Presidente Peña haya querido expresarle de viva voz que los mexicanos somos gente buena, trabajadora, industriosa y hacerle notar lo difícil que le sería la vida a los estadounidenses si se bloquea la relación con su principal socio comercial. A lo mejor quiso presentarse como una figura protectora de los connacionales que viven allá. Es posible que se hubiera gestado la idea de que al hablar con este señor sobre la grandeza de nuestra nación, pudiera germinar algo de buena voluntad y reconociera lo equivocado que había estado. No, nada de eso sucedió.

Trump se reunió con el Presidente Peña, hablaron y luego dieron una conferencia de prensa. El presidente le dijo al candidato que no había forma de que México pagara un muro y el candidato dijo que los mexicanos eramos buenas personas. ¡Bravo! Las criticas a la diplomacia mexicana resuenan por doquier. Son tan evidentes que lo único que me llama la atención es imaginar quién fue el cerebro brillante que aconsejó semejante despropósito y, me pregunto, en qué momento pensó Enrique Peña que esto podía ser una buena idea. Pudo serlo, pero no lo fue. Con la popularidad por los suelos y el desprecio que se le tiene a Donald Trump en este país, se cocino una receta pésima. Aunque, a decir verdad, siguiendo la teoría de Sun Tsu, al enemigo hay que tenerlo cerca. Ahí podemos justificar al gobierno mexicano.

Sin embargo, la pregunta persiste a pesar de que Trump ya se fue. ¿A qué vino? Escucho muchas voces decir que si esto hubiera sido un partido de futbol, la Presidencia de la República resulto goleada. No estoy de acuerdo. A Trump tampoco le fue bien. Se exhibió como un tipo hipócrita. Un ignorante que no sabe de geografía: no se enteró que en México también estaba en suelo norteamericano. Un asno petulante e ignorante. Un cobarde. A pregunta expresa sobre quién pagaría el muro, se achicó y dijo que no se había tocado el tema. ¿Por? ¿Qué no es ese uno de los bastiones de su campaña? Tal vez le tuvo miedo a Enrique Peña y por eso prefirió hacerse el disimulado. Se achicó y en vez de sostener que tenía intenciones de hacernos pagar, se reservó y cuando se sintió en territorio seguro, fue a Phoenix a gritar que de este lado nos tocaba solventar los gastos del muro.

En términos generales, la visita inesperada de Trump fue una patada innecesaria. No se le debió haber invitado, menos un día antes de la entrega del Informe. No hubo un impacto positivo, al menos no a corto plazo. A la distancia, Hillary Clinton acaricia al gato. Con la boca llena de razón dice: ” Un año de insultos no se borra con unas horas de palabrerías” ¿Adivinen quién ganó? El galimatías no esta fácil de resolver.


 

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