Las familias de ayer y hoy

El concepto de familia ha venido modificándose hace muchos años. En mi caso, tuve la suerte de tener a un padre presente, amoroso y responsable que nos formó al lado de una mujer inteligente, valerosa y atenta que nos transmitieron los valores con los que nos educaron e hicieron vida. Cada uno de nosotros, mis hermanos y yo, aprovechamos a nuestro leal saber y entender, el legado de valor de nuestros padres. Sin embargo, mis papás tuvieron familias poco tradicionales, mi abuela materna y mi abuelo paterno fueron viudos siendo muy jóvenes. Cada uno resolvió la situación como mejor pudo.

Mi abuela materna quedó viuda con dos chiquitas, una de brazos y otra que apenas estaba aprendiendo a caminar. Se partió la espalda para sacarlas adelante y no hubo una figura paterna física, hubo la que llegó como recuerdo, como una imagen venerable que siempre se respetó. No obstante, fue una famila uniparental, distina a la propuesta de una familia normal. Mi abuela crió a dos hijas espléndidas en forma autónoma y digna.

Mi abuelo paterno, al perder a su esposa y a un bebé que venía en camino, llevó a sus hijos con sus padres, que vivían en el pueblo y el se quedó en el rancho para seguir trabajando y poderles dar sustento. Mi papá y mis tíos eran tan chiquitos que la verdadera figura materna fue la de su abuela —a la que le decían mamá—, el abuelo salía a trabajar todo el día y ellos estaban a cargo de la abuela y de la tía, que los cuidaban y los educaban. En ese sentido, tampoco fueron criados en una familia normal. Todos son personas excelentes.

Mi papá y mi mamá son gente de bien que formaron una familia de acuerdo a los cánones de la corrección.

No obstente, hay tantos ejemplos de familias normales, en las que papá y mamá tienen hijitos que están a cargo de nanas y choferes y cada quien tiene su novio y novia respectivamente, y, en apariencia, son tan normales y guardan las apariencias mientras enseñan a sus hijos a mentir, a traicionar, a poner una pantalla que luzca hermosa para afuera y no deje ver nada hacia adentro. Hay viudas, mujeres divorciadas, madres solteras, padres abandonados, viudos, amigos que viven juntos para compartir gastos, novios que decidieron probar suerte juntos, matrimonios estables en segundas nupcias, abuelos que salen al quite, tías que cuidan sobrinos, padrinos que se hacen responsables, tantas modalidades como particularidades existan.

No sé qué es lo correcto. No me atrevo a lanzar piedras ni contra los que aparentan ni contra los que salieron del clóset y quieren casarse y adoptar hijos ni contra las parejas heterosexuales que engendran hijos. Contra nadie. Todos tenemos derecho a buscar la felicidad sin ofender a los demás. A mí nada me debe interesar lo que sucede en casa de mis vecinos cada que ellos cierran la puerta de su casa. No me interesa si ahí viven un par de amigas, de hermanos, una pareja, una mujer sola, un hombre solo. Cada uno tiene su historia y vive su circunstancia. Mejor me ocupo de hacer con mi pedazo de vida lo mejor que se vaya pudiendo.

Si acaso debo acogerme como católica practicante que soy a alguna idea, lo hago a la de nuestra recién estrenada santa: Madre Teresa de Calcuta. Ella en su decálogo nos instruyó sobre el amor y la ternura. Nos dijo: Aceptación, sin condición, hacia cualquier persona. Sin condición, nada de que yo te quiero si vives en pareja en santo matrimonio, si no, no. Aceptación sin condición quiere decir eso, sin andarle buscando tres pies al gato. Es acercarse a la palabra del propio Cristo y obedecer el nuevo mandamiento que nos dejó: Ámense unos a otros como yo los he amado.

Jesús no le hizo ascos a fariseos, prostitutas, leprosos, recaudadores de impuestos. Se sentó a comer a todo tipo de mesas y tuvo una mirada misericordiosa. Insisto, no sé que es lo correcto. No importa. En el camino del amor, lo que importa es que no gane el odio. Los católicos debemos elegir el camino de la comprensión, el juicio no nos corresponde a nosotros, es potestad más alta.

Mientras tanto, me gustaría elegir el camino del respeto al semejante, de amor al prójimo. Prefiero ir en busca de Dios que andar proclamando los fuegos del Infierno. Me parece que eso es darle publicidad a la competencia. Mejor estarentre los   bienaventurados que del otro lado. Prefiero imaginar la cara de Jesús que me mira porque no levanté el brazo que arrojó la piedra. No me gustaría imaginar cómo verá a los que sí lo hicieron.

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