La despedida de Juan Gabriel

Mi mamá suele decir que hasta para morir hay que tener tino. Juan Gabriel lo tuvo. Murió joven, sí, pero en el momento certero. El último capítulo de la serie televisiva de su vida, coincidió con su muerte. Dejó a México en un hilo a la espera de ver sus restos volver a territorio nacional. Volvió a Juárez y tuvo un funeral de homenaje en el Palacio de las Bellas Artes.

Como si los hechos se hubieran extraído de algún texto perdido de Rulfo, la muerte tuvo tintes a la mexicana. Las notas dramáticas de la despedida final se acompasaron al ritmo de fiesta nacional. En el Parque de la Alameda se dio un paseo dominical entre semana. Se abrieron tres filas que rodeaban el Palacio de Bellas Artes y la gente esperaba paciente por horas y horas para entrar a hacer una guardia de honor que duraba unos cuantos segundos. 

En la explanada, frente a la puerta principal, la Sonora Santanera, el Mariachi que siempre lo acompañó, sus coros, cantaban las canciones que se nos metirron entre la piel y guardamos en el alma. Dentro, todas las actrices, cantantes y estrellas que le deben fama, también cantaban. Los llantos fueron sustituidos por el baile, la tristeza se diluía en la fiesta y la explosión de felicidad corría a cuenta del mismísimo Juan Gabriel de nuestros amores. De noche y de día, en forma ininterrumpida, música y fanáticos acompañaron a los  restos mortuorios de un hombre que estaba tan vivo y tan vibrante. Era el anfitrión. 

El Palacio de Bellas Artes estaba iluminado de verde, blanco y rojo por las fiestas patrias y se engrandecía para decir adiós al primer músico popular que pisó su escenario. La gente iba avanzando respetuosamente para entrar pero iba feliz. Entre los sonidos de los amores eternos, de las queridas y de los noanoas eso no parecía un velorio, por eso no extraña que una mujer gritara que no, que no era cierto que Juanga estuviera muerto, que eran mentiras y que seguía vivo.

No le falta razón, sigue vivo como Pedro Infante, como Jorge Negrete o como Cantinflas. Tan queridos que se nos mueren pero no los dejamos morir más que poquito. Nos abrazamos a sus fotos, a sus películas, a la música y habrán cerrado los ojos, dejado de respirar y el corazón se habrá parado, pero mientras se pueda, que siga la fiesta. Con ellos,la Catrina se va de fiesta.

Sólo en México se entiende que este festejo sea una expresión de respeto y máxima admiración. Sólo aquí se comprende que para decir adiós a los grandes las risas, los bailes, los cantos, los aplausos son el mejor tributo para un muerto. Se fue pero no lo dejamos ir. Dice Tovar y de Teresa que en atención a la familia, se avisó a la gente que se llevarían las cenizas a las 9:30 pm, para que ya no se formaran, era preciso dar fin al funeral. Los familiares estaban cansados, abatidos, pero que la gente podría haberse formado y velar al Divo hasta una semana, tal vez seguiriamos velándolo un año. Ver el velorio de Juanga me recordó al de Miguel Páramo, sólo que a éste sí lo queriamos con el cuerpo y con el alma.

Salió el cortejo de Bellas Artes al aeropuerto. La carroza no podía avanzar a más de diez kilómetros por hora. La gente iba acompañando, se hacían vayas humanas por las calles, la gente salía de sus casas. No se fue sólo. Nos llevó consigo. Hay gente que no se debería morir, por eso las voces que gritan que sigue vivo tienen tanta razón.

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