El día del Presidente

Por años, en la época del partidazo, cuando el PRI era la fuerza política preponderante y las cámaras eran comparsa subordinada al ejecutivo, el 1 de septiembre se paraba el país, las actividades quedaban suspendidas, la señal de televisión era tomada por la Secretaría de Gobernación y todos los mexicanos veíamos al Tlatoani informar sobre el estado de la nación. Nos sentabamos frente al televisor a ver lo que nos contaban. Entonces, en el mes de agosto, el señor Presidente se encerraba para preparar un discurso que sería visto y evaluado por sus gobernados. Era tal la magnitud que los niños no íbamos a la escuela y de alguna manera con el Informe se daba inicio al festejo de las Fiestas Patrias.

Era todo un ritual muy estructurado y conocido por todos. Por la mañana del primer día de septiembre el Señor Presidente salía de Palacio Nacional en un auto descapotado con rumbo al Palacio Legislativo —México, Ciudad de los Palacios—. En el camino llovía confeti y se escuchaban aplausos al ver que el hombre con la banda presidencial saludaba como Señorita México. Al llegar al recinto legislativo, diputados y señadores se ponían de pie a ovacionar al invitado de honor. El Presidente tomaba el micrófono de la máxima magistratura de la Nación e informaba. Durante el discurso, sobraban ocasiones para que los legisladores aplaudieran a su jefe y al términar, salía triunfante, vitoreado, regresaba a Palacio Nacional en una especie de desfile conmemorativo a la envestidura presidencial y, ya de vuelta en Palacio Nacional, la ceremonia del besamanos cerraba con broche de oro. Por eso le decían el día del Presidente, al día en que se leía el Informe. Era la oportunidad que se nos daba a los súbditos para inclinarnos frente a nuestro líder.

Cada cual tomaba un estilo particular según la capacidad de su pluma. Unos más apasionados, otros muy planos, algunos aburridos, casi todos súper largos y así nos enteramos de que en Cantarel había tanto petróleo que nos tendríamos que acostumbrar a administrar la abundancia, que la banca pasaba a manos del Estado o que regresaba a manos de partículares, oíamos del optimismo exacerbado o cifras y cifras sobre obra pública, salud, economía, agricultura y la forma en que se administraban tierra, trabajo y capital. Algunos legiladores se dormían y las olas de aplausos los despertaban. El Presidente llevaba a su familia, al gabinetazo, a invitados especiales y los reporteros daban cuenta de una fiesta al estilo revista del corazón. Todos criticaban semejante exceso y hablaban de lo ridículo del formato. 

Entonces, un primero de septiembre, en el silencio subordinado de quienes escuchaban el Informe en 1988, último informe del Presidente de la Madrid, se elevó la voz de Porfirio Muñoz Ledo y lo increpó. Todo México sufrió un sobresalto, se razgó el velo en el Palacio Legislativo y de ahí en adelante el Primero de Septiembre cambió para siempre. El día del Presidente dejó de ser una fiesta para convertirse en el día de burla. Se desató el griterío. Los mexicanos veíamos con morbo el Informe para ver qué cara pondría, si alguien se atrevía a vociferar. Se atrevían y mucho. Nos resultaba una alegría morbosa. Era ver como se le despostillaba la corona al rey, como se le descomponía el penacho al Tlatoani. 

Pronto, dejó de ser divertido. La travesura de los gritos se convirtió en el exceso majadero de mantas, máscaras, toma de tribuna y si en los tiempos del presidencialismo priísta los legisladores de arrastraban obedientes, después se regodeaban en el lodo mostrandose como sujetos majaderos, vulgares, irrespetuosos que hubieran sido capaces de aventar jitomates a quien porta la banda presidencial. Tanto fue así, que hubo quien haciendo una metáfora de sí mismo, se puso una cara de cerdo. Pasaron de ser sirvientes sumisos a ser arrabaleros de quinto patio. Las puertas del Palacio Legislativo se cerraron al Ejecutivo y el Presidente dejó de ir a informar. Enviaba el escrito con un mandadero que generalmente era el Secretario de Gobernación.

Salinas aguantó los embates, Fox decidió dejar de ir, Calderón entró por la puerta de atras, Peña usa el Palacio Nacional para reunir a gente segura que no le va hacer pasar un mal rato. Las críticas siguieron. Ahora los experimentos para informar hacen que se privilegie el formato publicitario. Cientos de spots del Señor Presidente que en pocos segundos nos dice que hay que contar lo que sí cuenta. Radio, cine , televisión están inundados con estos aununcios de mexicanos notables, de caras poco conocidas, que relatan su historia de éxito. La cámara abre la lente y vemos a un Enrique Peña acartonado repitiendo la frase que le fabricaron a modo. Vemos al presidente impopular a toda hora y en todo lugar.

Esa no es forma de informar.¿Cómo estará la cosa que ya se extraña aquel formato de antaño? 

El Presidente debe ir al Palacio Legislativo a dirigirse a los mexicanos a decirnos cual es el estado de la nación y cómo ha administrado al país. Pero, necesita respeto. A los gobernados nos hace falta oír la expresión del punto de vista de quien maneja nuestros destinos. No queremos besamanos, tampoco jitomatazos. Queremos que se nos diga qué hace el hombre que ejecuta leyes, ejerce presupuestos y toma decisiones. Queremos material de análisis. El ejercicio de dirigirse a la Nación es sano porque propicia reflexión y, vaya que nos hace falta.

Necesitamos un día del Presidente, para que nos diga cómo ha trabajado. Me gustaría que fuera un acto sencillo, digno, respetuoso. Ahora, no tenemos nada. 

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