Mala yerba

Los zorros son animales astutos, a simple vista parecen unos hermosos perritos que podrías abrazar y metértelos al bolsillo porque parecen de peluche. Con ese hocico fino y puntiagudo parecen tan inocentes, tan indefensos y en realidad son cánidos rapaces, carnívoros veloces que tienen la capacidad de hechizar a sus víctimas y matarlas en instantes. No se les nota la intención. Así pasa con los venenos más potentes, son yerbas malas que a primera vista son hermosas pero resultan fatales. 

Con los humanos la cosa cambia. Las intenciones se notan. Hay una especie de sexto sentido que nos ayuda percibir las intenciones reales de las acciones. Necesitas ser muy bueno para disimular los motivos verdaderos. Entonces, si la bruja ofrece una manzana, todos saben que algo anda mal, tal vez no sepan que está envenenada, pero hay la certeza de que no es un ofrecimiento de buena voluntad. Claro, en todo lugar hay Blanca Nieves que están dispuestos a recibir alegremente esas frutas aderezadas y las muerden con tanto gusto que ni se enteran cuando caen narcotizados.

En general, nos damos cuenta de la mala yerba. Casi siempre, se encienden las alarmas y no nos tragamos los cuentos. El problema es que últimamente son tantos los yerberos que la oferta se multiplica y el gusto amargo se va apoderando de la escena mundial. Por suerte, se les nota. Tristemente, algunos deciden aceptar las manzanas envenenadas y los vemos dándole de mordidas con una alegría que en vez de causar ternura, causa alarma.

Sólo así se explica uno que existan seguidores latinos de Donald Trump, sólo así se entiende que haya gente que crea que López Obrador no tiene bienes ni dinero en el banco y viva como marqués, sólo así se comprenden los miles de tuits y posts que piden enardecidos que le quiten la cédula profesional a Peña Nieto. Mientras, imagino a Trump, a López Obrador y a Peña acariciando al gato negro, sonriendo satisfechos, sabiendo que muchos degluten gustosamente la frutita.

A mí me da pánico ver los efectos de tanta mala yerba. Los motivos de odio van germinando por doquier. Las brujas van pisando a los durmientes que tan contentos aceptaron lo que creyeron que se les ofreció de buena voluntad. El mal está hecho, la gente cree y se va con la finta. Las oportunidades de análisis se diluyen y las carcajadas de la bruja causan temblores que pasan desapercibidos. ¿Por qué nadie se pregunta cuáles son las verdaderas intenciones de Trump, con qué paga López Obrador la vida de lujo que tiene, cómo le hará Peña para seguir controlando un país que parece barril de pólvora? Al final, nadie se pregunta cuáles son los beneficios de andar con cuentos.

Claro, con los efectos narcotizantes de la manzana, vemos a latinos vitoreando a Trump mientras algunos republicanos se están muriendo de miedo; vemos a cientos de fanaticos aplaudiendo la sencillez de López Obrador mientras el pasea por Roma y vemos a miles de enardecidos pidiendo que le retiren la cédula a Peña mientras su amigo Virgilio da explicaciones de horas y horas para justificar lo que no tiene explicación más que la evidente. No hay duda, la flor del mastuerzo es bella.

Se tira una cortina de humo y enhierbados no logramos ver los efectos reales. No habrá muro, hay ríos de dinero encubierto en la honestidad valiente y en la corte peñista hay funcionarios que se van de luna de miel a Río de Janeiro haciendo gala de dispendio y frivolidad. Y, obnubilados por la mala yerba, nos olvidamos de las fosas clandestinas, de los actos vandálicos, de los robos, de las extorsiones, de los secuestros, de la pobreza alimentaria, del crecimiento, del turismo, de la salud, del campo, de la infraestructura. Lo toral se diluye.

No obstente, en el fondo sabemos la verdad. Nuestro sexto sentido se enciende y manda alertas. Es tiempo de enjuagarnos la boca, apartar la mala yerba, olvidarnos de los espejitos mal intencionados que se nos ofrecen como grandes revelaciones y empezar a darnos cuenta que si seguimos envenenado, algún zorro nos va a enterrar los colmillos en el cuello después de habernos encantado con esa carita tan inocente.

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