Las consecuencias de una mentira 

Los Juegos Olímpicos de Rio han mostrado al mundo mucha de la riqueza y exuberancia de ese país. Por sus ritmos, su vegetación, su gente, su gastronomía, Brasil luce como a una mujer de belleza incontenible. Sin embargo, pareciera que los medios se empeñan en hacer notar que, a esa mujer, se le rompió una media. Mucha prensa internacional, ha dado cuenta de las aguas negras que llegan a los afluentes acuíferos, que los bajo puentes están mal pintados, que en las instalaciones nuevas hay paredes descarapeladas y que hay narcomenudeos y tráfico de drogas. Los reporteros sienten fascinación por internarse en las favelas para contar lo que pasa ahí y se regodean mostrando fotografías de gente en pobreza extrema.

Como si Brasil necesitara más mala prensa que la que solitos brindan la Presidenta suspendida y el vicepresidente en funciones, hay una voracidad por encontrar prietitos en un arroz que ya sabíamos: iba a venir algo sucito. Los brasileños, como todo país latinoamericano, está en vías de desarrollo, tiene desigualdades, problemas de seguridad, de salud, de corrupción, ya lo sabíamos y también lo conocía el Comité Olímpico Internacional cuando aprobó la sede. Así que, ¿de dónde tanta sorpresa o de dónde tal vocación por contar que todo lo que podía haber salido mal, quedó pésimo? Hay cierto tono morboso y cierta necesidad de exponer al anfitrión. Ni hablar, a eso se expone uno cuando abre las puertas de su casa.

Pero, una cosa es meter las narices en donde no te llaman para andar de criticón y otra muy diferente es montar una mentirota, torcer la verdad y darle vuelo a una hilacha jugosa para salvar la cara y evitar una situación penosa. Resulta que a Ryan Lotche no le basta pasar a la Historia como el que no estuvo a la altura de Phelps, sino que tiene que inventar embustes para llamar la atención.

Resulta que la prensa mundial nos contó la historia de que el pobrecito de Lothce y a otras inocentes criaturitas del equipo de natación de los Estados Unidos sufrieron un asalto a altas horas de la noche en una gasolinera en Rio. Lo primero que me vino a la mente fue ¿qué andaban haciendo los altletas fuera de la concentración en la madrugada? Y luego pensé en lo extraño de que un trio de extranjeros se vayan a turistear a horas tan inconvenientes cuando había una alerta de seguridad, cuando la delegación estadounidense se aloja en un crucero para no arriesgarse a vivir en la Villa Olímpica y cuando la cara los delata de inmediato como extranjeros . No sé, cuando algo no cuadra, me da por sospechar.

Ahora sabemos que Ryan Lothce, Gunnar Bentz and Jack Conger inventaron una serie de embustes para no confesar que andaban borrachos disfrutando de las estrellas tropicales de Rio. A esas alturas, los medios ya se comían vivas a las autoridades brasileñas por no saber preservar el orden y desollaban la honra de una nación que había atentado contra unos pobrecitos deportistas estadounidenses. Pero, las sospechas se hicieron grandes, las declaraciones fueron contradictorias y cuando reventó la verdad, bajaron a Bentz y a Conger del avión para llevarlos ante un juez a ampliar la declaración, les retuvieron los pasaportes, no pueden salir de Brasil. Lothce se libró, ya estaba seguro en su casita cuando la verdad empezó a brillar.

Muchos reporteros que se desgañitaron al denunciar el supuesto robo, ahora lo abordan como un suceso chistoso, como una travesurita de jóvenes,  o una babosa excentricidad de las rutilantes estrellas estadounidenses. Lo que por momentos fue una alerta del caos que los brasileños no pueden controlar, una seña de la incapacidad para cuidar a los visitantes del Olimpo que se difundió urbi et orbi, pasó a ser pecata minuta. 

En una vuelta de tuerca, los dedos condenatorios se bajaron y las protestas perdieron volumen. ¿Qué habría pasado si tres brasileños hubieran hecho lo mismo en Arizona? Me parece que Arpagio no se hubiera reído y como ahí las cosas se reuelven a balazos, no quiero ni pensar. ¿Alguien justificaría a un trio de latinos quebrantando la ley en la noche, aunque fuera un medallista olímpico? Me temo que ya sabemos la respuesta.

Por supuesto, los comentaristas brasileños irrumpieron con violencia contra los nadadores, los llamaron frívolos, idiotas, mentirosos y a Lothce no lo bajan de cobarde. Las reacciones han ido subiendo de tono, tanto las populares como las oficiales. Muchos norteamericanos no entienden la violencia con la que insultan a sus muchachos, pero ellos desataron una campaña de desprestigio contra quienes los recibieron en su casa y les sirvieron de anfitriones. Al ver las consecuencias, en vez de tomar el camino recto y ser honorables, corrieron como gallinas asustadas y quisieron salir de Brasil. No todos pudieron.

Varios medios de comunicación prestigiados como The Newyorker, dan sus versiones de las cosas y quieren justificar a sus atletas analizando los niveles de corrupción en Brasil. Momento, no nos confundamos, no hay que revolver temas ni agendas. Los problemas de Brasil eran conocidos antes de los Juegos Olímpicos, los líos que fueron a crear estos señores, que se salieron de la concentración, fueron a hacer desmanes en una gasolinera y mintieron son otro tema. Si quisieron desprestigiar al país, ya salieron con las manos manchadas. Uno, ve los toros desde la barrera, ya está en casa y los otros tendrán que dar cuentas a las autoridades y afrontar  las consecuencias de una mentira. 

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