El cementerio de Praga o las intenciones de Umberto Eco

 

El cementerio de Praga

Umberto Eco

Houghton Mifflin Harcourt

Boston 2011

Analizar El Cementerio de Praga es entrar a una novela de largo aliento cuyo propósito logrado es el de desagradar. Sin embargo, no es el único, hay una intención subdural que se revelará en la última frase de la novela. Con un aire aristocrático y con un tono pretencioso Eco se convierte en el gran sedicioso que busca hacer evidente como una intriga evoluciona hasta convertirse en un hecho auténtico. Desde los primeros renglones, el autor provoca al lector que llega a sentirse mareado entre los circunloquios con los que busca y consigue torturar. Esa es la intención: confundir.

La elección de Umberto Eco es peculiar, escoge un género poco exigente y pretende hechizar repitiendo los esquemas narrativos de folleto decimonónico. Entonces, el lector se introduce alegremente al texto creyendo que está frente a una novela histórica, cuando posiblemente se trate de una explicación de cómo se puede manipular la verdad, mentir flagrantemente e instilar un embuste para hacerlo creíble y convertirlo en una piedra angular.

“Señores, tienen que entender que han sido engañados… Mientras más enojados se pongan, más ridículos se ven” (p.406)

El cementerio de Praga es una especie de diario que juega con las identidades. Está ambientado en la Italia de la segunda mitad del siglo XIX.  El protagonista, un personaje tan antipático como enigmático, es el capitán Simone Simonini. No estamos en  presencia de un antihéroe ya que el personaje le falta la grandeza de los villanos. No es ni tan  infame ni tan refinado es más bien un sujeto cobarde al que  se le cruzarán los carbonarios, los servicios secretos y las revoluciones románticas. Es un protagonista hueco:

“Estaba a punto de enojarme… Soy un hombre de paz, un hombre de cierta edad. Entonces, me detuve. Eso que me estaba causando el vacío que había estado sintiendo por semanas, no era otra cosa, que el sentimiento de haber dejado de ser el protagonista.”(p.433)

El capitán Simone Simonini participa en una serie de eventos relevantes de su tiempo, asumiendo diferentes identidades. Umberto Eco intenta juegar con el desdoblamiento de la personalidad de Simonini. En un juego fallido, al estilo del Dr. Jekyl y Mr, Hyde Simonini será alumno de los jesuitas, oficial del ejército, conspirador, falsificador, terrorista y convivirá con la sospecha de ser otro, el misterioso abate Dalla Piccola quien parece ser su alter ego.

¿Quién soy yo? Es el título del segundo capítulo y empieza su ataque con las siguientes palabras:

“Siento cierta vergüenza, al tiempo en que me siento a escribir… ¿Quién soy yo? Tal vez sea mejor preguntarme mis pasiones, en vez de qué he hecho en mi vida. ¿A quién amo? No viene nadie a mi mente.” (p.5)

A veces con Simonini y otras con Dalla Piccola, el lector recorre poco más de cincuenta años de Historia en la que se da cuenta de intrigas, conspiraciones, escándalos, revueltas políticas y estrepitosos fracasos. Refleja el cambio de épocas y el ascenso de la burguesía, la aparición del proletariado, la influencia de las logias masónicas, la diáspora de la comunidad judía, la vivencia revolucionaria de la Comuna y el caso Dreyfus, la formación de Los protocolos de los sabios de Sion, el panfleto que se publicaría por primera vez en la Rusia zarista en 1903, pero que sólo es una copia del Diálogo en los infiernos entre Maquiavelo y Rousseau de Maurice Joly.

El autor no encubre sus coqueteos con Eugène Sue o Dumas. En El cementerio de Praga, al margen del aspecto detectivesco de la trama, lo que prevalece en la novela  es un tono autocomplaciente con unas notables dosis de brutalidad emocional e intelectual. Umberto Eco raya en la estridencia y se complace en ella. No necesita moderarse, no intenta enseñar nada. Se sabe en la cumbre y en el tramo final de una larga carrera académica y literaria y hace uso de esa privilegiada posición le permite hablar con una incontenible libertad. A veces demasiada y no le interesa molestar a la comunidad judía ni enemistarse con la Iglesia Católica.

La narración de Umberto Eco es un ataque indiscriminado que no respeta ningún protocolo de corrección. Describe a los alemanes como “el más bajo nivel de humanidad concebible”; los franceses son “orgullosos más allá de todo límite y matan por aburrimiento”; los italianos son “arteros y taimados”; los curas “repiten que su reino no es de este mundo, pero ponen las manos encima de todo lo que pueden mangonear”; los jesuitas son “masones vestidos de mujer”; las mujeres “meretrices que propagan la sífilis”. Para Simonini “ Es preferible disfrutar de los placeres culinarios que chapotear en las aguas oscuras del sexo”. En cierto sentido, puedo imaginar a Eco escribiendo estas palabras con la intención de hacer reír al lector y lo logra.

De todos los ultrajes, los más enérgicos están dedicados a los judíos. El pueblo deicida “desprende un olor nauseabundo”. Los describe como pederastas y un pueblo salvaje que practica el canibalismo. Los judíos no enferman, según Simonini,  porque son los portadores de “una peste permanente que los defiende de la peste ordinaria”. Es falso que Jesús fuera judío. “Jesús era de raza céltica, rubio y de ojos azules”. Los judíos son cada vez más peligrosos, pues se han convertido en “los agentes de la subversión anarquista y comunista”.

“El hombre que conocí tenía una apariencia de chango, una extraordinaria barba blanca, cejas agrestes y pobladas, con puntas mefistofélicas en cada orilla.” (p.197)

Claramente, El cementerio de Praga causa resentimiento entre la Iglesia católica y la comunidad judía. Se acusa a Umberto Eco de oportunismo, insensatez o insensibilidad y llevan razón en ello. Detrás de la prosa erudita, cuidadosamente elaborada, se oculta un viejo que se ríe de los prejuicios de su tiempo y desde ese punto de vista se adelanta a abordar los grandes problemas del siglo XXI.  La pasión nacionalista, el obcecación, la discriminación y el terror que se pergeñan a partir de miedos que son creados. Los prejuicios se disfrazan de retórica democrática, sangrando un peligroso lastre de intolerancia.

Si la intención de Umberto Eco fue escribir una novela  molesta, lo logro. Cumplió una de las misiones del escritor: irritar. Sin embargo, falla el juego narrativo. El lector debe ser paciente y recordar que se trata de un grande para no aventar el libro contra la pared. Los cambios de narrador confunden y el autor se quiere disculpar por ello haciéndose el gracioso, ni aún a él le resulta favorable este juego:

“El Narrador está empezando a encontrar sumamente ambiguo este diálogo entre Simonini y su intrusivo abad, que ahora le resulta un tirano” (p.142)

Nos encaja el aguijón y después de recetarnos hojas y hojas con descripciones milimétricas de una misa negra —descripciones a las que se les nota la intención de escandalizar— escribe:

“¿De verdad tenemos que escuchar todo esto? Es desagradable” (p.404)

No se trata de un autor empatizando con su lector, se trata de un mal resane que el albañil no quiso ocultar, es como la costura que el sastre dejó expuesta y, para que no se note, la hace evidente. Pero se nota.

Sin embargo, no podemos olvidar que estamos leyendo a un gran escritor cuya erudición no se puede poner en duda, y, que de vez en cuando salpica el texto con grandes reflexiones:

“Estaban más preocupados por la originalidad de las ideas que por la verdad” (p.349)

Eco no se olvida de su carácter catedrático y nos enseña cómo debe acabar una novela:

“Me gustaría terminar con una frase muy poderosa” (p. 423)

Y, lo hace. La frase final de El cementerio de Praga es:

“Por amor del cielo, todavía no soy un viejo decrépito” (p. 437)

Insisto, analizar El cementerio de Praga es entrar a una serie de disquisiciones que la catalogan como un referente sociológico, como una lectura indispensable en términos de política de nuestros días, como una piedra angular en términos de comunicación y manipulación de la información. Sí, todo eso cabe, no obstante, Umberto Eco la califico como una novela. Una  novela cuyo propósito logrado es el de desagradar. No hay duda, el lector se sentirá irritado hasta la exasperación. Sin embargo, hay una intención subdural que se revela en la última frase de la novela. Eco sabe que está escribiendo una de sus últimas novelas y en esa condición se dirige al lector. ¿Qué nos habrá querido decir?

 

 

 

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