Purity, una novela inmensa

Purity

Jonathan Franzen,

Farrar, Straus and Giraux,

New York 2015.

Los fanáticos de Jonathan Franzen debieron sentirse muy complacidos al saber que después de cinco años de espera, por fin, su autor favorito lanzaba al mercado una nueva novela. Compré Purity porque la vi en las listas de recomendación de varios medios como The New Yorker, The New York Times, The Guardian, Chicago Tribune y hasta la del diario español El País. La imagen de la portada del libro estaba en todos lados, hasta en las sugerencias de revistas financieras aparecía. Debí sospechar de tanto elogio, sin embargo, me ganó la curiosidad y pedí el libro. Como se trata de una novela de 563 páginas, fue hasta este verano que pude empezarlo a leer.

​En la búsqueda que todo escritor hace al iniciar una lectura, me topé con la dificultad de discernir cuál era la emoción regente de la novela. Fue hasta haber leído la mitad que caí en la cuenta que era claridad. Franzen apuesta por escribir en la forma más directa posible y deja al lector muy poco espacio de interpretación, le facilita el trabajo y no le permite perder el tiempo imaginando o distrayéndose en caminos que son erróneos. El autor rápidamente esclarece sus intenciones. Se ayuda de un narrador, a veces en primera persona, a veces en tercera que le ahorra confusiones al lector. Tiene la habilidad de desenmarañar la complejidad del pensamiento humano y lo hace aparecer muy fácil. Hace conexiones muy certeras entre el proceso de las ideas y el lenguaje:

​Pureza, era para ella la palabra más vergonzosa en todo el lenguaje, porque ese fue el nombre que le dieron. (48)

​La estructura del libro es sencilla, se divide en capítulos con distintos narradores, con figuras retóricas bien escritas, intercala analepsias y prolepsis sin confundir al lector, aunque a veces lo cansa.

Purity es el nombre del personaje central de la historia, una chica que recorrerá su camino de transformación, uno bastante predecible, por cierto. La protagonista es una joven que vive en el área de la Bahía de Oakland que no sabe quién es porque su madre se ha empeñado en ocultarle la verdadera identidad. Ella será el punto nodal del que se desprenden varias historias que convergen, de una u otra forma y que se relacionan con un asesinato. Los nombres de Andreas, Tom, Anagret, Anabel se entremezclan con el de Purity y su ficción. Por supuesto, como toda buena historia de Cenicienta, hay pobreza y desesperación. Franzen es muy eficiente al hacernos sentir la terrible levedad de una chica estadounidense con problemas cotidianos como una deuda de estudios impagable, una madre que envejece y es una lata, un trabajo aburrido, una carencia absoluta de herramientas para enfrentar la vida.

​De Purity se desprenden varios hilos narrativos: a veces demasiados.

​Había muchas pequeñas cosas que debería estar recordando, para hacerlas en la secuencia exacta y no lo estaba haciendo. (136)

Y tal como lo dice el narrador, parece que al autor se le enredaron las historias y no supo qué hacer con tantas buenas ideas. Va del Internet a las filtraciones, hace una buena justificación del periodismo y da su opinión acerca del porqué la red no va a acabar con los reporteros de investigación. Entra a una crítica del mundo corporativo, al sexo casual, a la existencia de Dios y es que en casi seiscientas hojas, el autor cree que tiene tiempo de todo y derecho de narrarlo.

​Uno de los aciertos de Purity es narrar desde dentro de Berlín Oriental lo que sucedió antes y durante la caída del Muro. El punto de vista es interesante, ya que es narrado por Andreas un personaje que vive en el estrecho mundo del privilegio en la Alemania socialista.

​La suerte de toparte con un belinés del oriente cuando estaba siendo integrado al oeste hacía que el tono fuera casi poético. (418)  

​Las partes narrativas dedicadas a entender el punto de vista de un alemán socialista privilegiado, que vivió sintiéndose espiado y las miles de formas en que se sintió obligado a burlarse del sistema y a transformarlo en un megalómano son lo mejor del libro.

​Sin embargo, me parece que Franzen corrió una apuesta y perdió. Un libro de largo aliento debe tener una historia que aguante ya que de lo contrario empieza a rechinar y se resquebraja. Si una narración tan larga no pasa la prueba de verosimilitud, se vuelve un acto fallido. La forma en que el autor empieza a hilvanar las historias es muy adecuada, pero abusa de la paciencia del lector. Hay segmentos en que las descripciones son absurdamente detalladas, innecesariamente meticulosa, como toda la delineación del asesinato: pierde al lector y su interés. Todo ¿para qué? Para que las razones y complicidades que llevan al crimen sean absurdas y por lo tanto, inverosímiles. Me hace sospechar que más que una intención literaria, el autor tiene ganas de sumar hojas escritas.

​También, fallan las voces de los personajes, todos tienen el mismo tono, usan un vocabulario idéntico, las expresiones de unos y otros no cambian, hay ocasiones en las que no se distingue si es un hombre o una mujer la que habla y el lector queda angustiado sin saber quién dijo qué.

—Eso no estaba mal, dijo ella.

—Siento que tuvieras que ayudar.

—Es que… no lo sé.

—¿Qué pasa?

—Dime, ¿qué pasa?(142)

​Daba la impresión de estar frente a un relleno mal pegado y en ocasiones el autor corre el riesgo de que el lector aviente el libro. Tampoco de diferencia entre las edades de los personajes, ni se explota la diversidad de las nacionalidades, a Franzen le basta con poner palabras en alemán o en español para dar coloratura y esa es una opción fallida, no basta.

​Las historias de amor desesperan, las parejas se conforman por la misma fórmula: machos hijos de una madre odiosa y odiada y mujeres feministas totalmente sometidas. El dinero se pone como el villano corruptor y un amor cursi, facilón que sale de la nada da un golpe final redentor a la historia que termina con un cuasi y vivieron felices para siempre, sólo que no fue así.

​Cuando uno lee comentarios como: Es una obra maestra de la ficción norteamericana —Sam Tanenhaus, The New York Times—, o: Es una obra conmovedora y extraordinaria —David Ulin, Los Angeles Times—, o El trabajo de un genio —Sam Anderson, New Yorker— debiéramos sospechar. No entiendo cómo ignoré la advertencia de la página del New Yorker que me hacía notar que le inserción era pagada. Debí hacerle caso al comentario de Julia Keller del Chicago Tribune que describió Purity en una sola palabra: Inmensa. Sí, cuando una novela es inmensa y nada más queda un sabor pastoso y la impresión de que debimos elegir otra cosa para leer en el verano.

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Andrea Herrera Céspedes
    Jul 31, 2016 @ 22:39:59

    Hola, muy bonita historia

    Responder

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