No me quiero ir

Siempre me quiero quedar, nunca me quiero ir. No importa si sólo es un fin de semana o fue el verano entero, jamás es suficiente. No se terminan de llenar los ojos de los amaneceres a treinta grados, de los donluises pecho amarillo, de las olas interminables del mar, de las caminatas matutinas, de los platillos de Reyna, de las horas de alberca, de los atardeceres de diorama, de las nubes de algodón, de las luces que se encienden una a una y las noches cálidas.

Las horas siempre se van tan rápido. Apenas llego, ya me tengo que ir. Esa es siempre la sensación.  Invitados vienen y van, las pláticas son eternas: desde que sale el sol hasta que se esconde detrás de las montañas. Risas y risas. La luna llena se vuelve menguante y otra vez se vuelve a llenar. Algunos llegan y quieren salir, otros comparten conmigo el deseo de siempre estar aquí. Los segundos parecen todos iguales y siempre hay algo distinto que hacer. La casa nos acoge, nos divierte, nos envuelve. No hay quien diga, ya estuvo bueno, ya me quiero ir. Yo menos que nadie. 

Este verano hubo kayak, aprendimos a subirnos y a remar en el mar. Quisimos llegar hasta La Roqueta, será el año que entra. Siempre hay buenos pretextos para volver y estar aquí. Las lecturas se hicieron sin mirar el reloj. Bodo y Muffin nos regalaron esos motivos para sonreír. Una maravillosa tormenta de relámpagos iluminó el cielo. Nueva colección de recuerdos, muchísimas fotos, bríos renovados para volver a la cotidianidad y, aunque el cansancio se perdió entre los días de la vacación y se derritió en el calor del estío, no quiero volver. ¿Quién se quisiera ir de este paraíso? El deber aguarda.

Dice el slogan:  Habla bien de Acapulco. No hace falta, el puerto se defiende solo. Insisto, no hay lugar más bello en el mundo. La Bahía de Santa Lucía se basta y se sobra y la generosidad y la majestuosidad no se puede abarcar con palabras. Aquí las noticias  internacionales se atenúan y las nacionales no lucen tan graves. El sabor a sal y el aroma a brisa marina todo lo alivian. Como niña, quisiera abrazarme al suelo y no irme jamás. Y, en el fondo del corazón escucho una voz que me dice, no llores, vas a volver, siempre vas a volver y yo voy a estar aquí.

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