Veintidós y seguimos sumando

Mi Gordi, en los aniversarios uno suele mirar atrás, contar una y otra vez la misma anécdota aderezando ciertos detalles incluyendo algunas cosas y olvidando otras. Sintiendo como nos vamos alejando cada vez más de aquella fecha que juramos no olvidar jamás. Pero, como un par de veleros, hace veintidós años soltamos las amarras y empezamos a avanzar y aquel punto de arranque está cada día más lejano y, sin duda, algo desdibujado. 

Algunos se quedaron en el muelle, agitando las manos diciendo adiós. Otros, nos han acompañado desde entonces y unos pocos más han llegado después. El tiempo nos ha transformado en un catamarán de doble quilla. La individualidad de cada uno no ha estorbado el camino del otro, ha contribuido a darle rumbo. Sin duda el peso específico de nuestras ideas y el impulso de nuestras mañas han dado ritmo ha esta vida en común que es nuestro matrimonio. 

El tiempo ha cambiado y nos ha cambiado. No vivimos en el lugar que elegimos para iniciar nuestra vida juntos, nos mudamos. Nuestra primera licuadora se descompuso hace años, el equipo de sonido que nos regalaron ya ni funciona, ya fue sustituido por algo mejor. Han desfilado varias televisiones y nuestra primera sala, esa que nos tardamos tanto en pagar, la vendimos ¿te acuerdas? Pero, sigue llegando el mismo periódico a la casa. Cada domingo, sales al puesto de periódicos a traerme el ejemplar dominical que tanto me gusta leer. Vamos juntos a La Villa y nos hincamos frente a la Guadalupana.

Haz hecho las locuritas que te he pedido. Eres un esposo generoso.  

Hoy, después de veintidós años de compartir prosperidad y adversidades sigo teniendo ganas de hacer planes contigo. Mi mejor ilusión es seguir viviendo como hasta ahorita, como siempre lo hemos hecho, usando esos apodos cariñosos que nos dijimos desde el principio. Que sea yo simpre tu Gordi y mi Gog tú. Que nos gane la risa después del enojo. Que en la salud y la enfermedad conservemos el buen humor. Que en nuestra mesa no falle la conversación entretenida. Que nunca nos abata el aburrimiento. Que la cotidianidad no nos gane la carrera. Que los buenos argumentos ganen. Y, que cuando todo falle, venga el gran amor que te tengo a remediarlo todo.

Después de veintidós años, no importa que aquel punto luzca tan lejano. Lo importante es que tu mano sigue en la mía y así, vamos avanzando juntos, como nos lo prometimos esa noche, frente al altar de Dios.

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