Un Don Luis bajo la lluvia

Llueve. El termómetro marca veinticinco grados centígrados. Las gotas son gruesas pero no muy constantes. Caen despacio, la brisa sopla lento. Parece que se avecina el final de la tormenta. El olor a tierra mojada perfuma el ambiente. El aroma a sal que viene del mar se alborotó con la tromba de anoche.

Sale el sol. Las nubes parecen hechas de algodón de feria. Unas son rosas y otras de un gris que casi parece azúl. El mar está en calma, oscuro, marino, casi negro. Los foquitos de las calles ya están apagados, sólo unos cuantos distraídos siguen encendidos. La Bahía de Santa Lucía amanece tranquila, húmeda y en silencio.

La mirada se pierde en la inmensidad del puerto. Recorre la punta desde Caleta hasta Icacos. Va desde la Roqueta hasta el Farallón del Obispo. El ánimo va al compás del goteo que se escurre del cielo. Las ondas en la alberca se convierten en círculos que se forman cuando cada bolita de agua choca contra la superficie. Hay muchos círculos. 

En el límite de la alberca está un Don Luis. Es un gorrión de pecho amarillo que por estas tierras le llaman así. Es, según la tradición, un mensajero. Avisa cosas buenas. Anuncia si van a llegar visitas. Es la señal de que hay maravillas que se conjuran en el futuro. En forma más valiente que estoica, resiste el chaparrón. Le caen las gotas encima y el pajarito no parece notarlo.

Lo veo desde mi lugar. Estoy disfrutando de la lluvia sin mojarme. El Don Luis es un pájaro adulto. Es, para las dimensiones de un pardalillo, grande y fuerte. Me hace sonreir. Recibe las gotas sobre la cabeza y las deja resbalar. Tiene las alas bien pegadas al cuerpo. No se resiste a los impactos, simplemente deja que le rueden por el cuerpo. No padece la tormenta. 

Un Don Luis bajo la lluvia jala la mirada y la atención. Lo veo y me ve. Es como una pequeñísima bola de tenis, redonda, amarilla. Es un maestro ínfimo y a la vez infinito. ¿Cuántas veces te he visto, Don Luis? Por fin, cae la última gota. El pajarito mira al cielo, extiende las alas, agita el cuerpo, se sacude el agua, mueve la cola como diciendo adiós. Sé que los gorriones no sonríen, éste sí sonrió. Así se resiste una tormenta, pereció decir.Tomó impulso y salió volando al cielo. Por fin se mimetizó con los colores de las nubes.

Sin duda, las mañanas en Acapulco son gloriosas. 


 

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