El tercero que renunció

Ya no es de extrañar leer noticias en las que policías estadounidenses que mataron a presuntos criminales, son reinstalados en sus puestos, desestimando la evidencia que demuestra que los muertos eran inocentes. Todos pueden ver, menos los jueces, que las sospechas de actividades ilícitas  se activan por señales tan peligrosas como el color de piel, la raza, la forma de vestir y todas esas amenazas que llevan a los oficiales a concluir que ahí hay un peligro tal que es mejor matar al sospechoso.

Por eso, no causa sopresa enterarnos que el Departamento de Justicia de Estados Unidos decidió no presentar cargos penales contra tres agentes que asesinaron el 10 de febrero de 2015 a Antonio Zambrano Montes, un mexicano desarmado que se defendió a pedradas de los policias. Según el Fiscal Federal en el distrito Este de Washington, se presentó evidencia suficiente para probar que los oficiales no actuaron en forma dolosa, deliberada o con intención de ejercer fuerza desproporcionada. 

Imagino que diecisiete impactos de bala contra un hombre desarmado no implica ninguna desproporción. Tampoco que fueran tres contra uno. Menos los videos que muestran a Zambrano corriendo para huir de los balazos. Imagino que ser latino es suficiente amenaza para permitir que tres inocentes policias saquen sus armas y maten a quien los pone en semejante peligro. Su sola existencia es bastante para acreditar el uso de semejante nivel de violencia. Así lo acreditan los jueces.

Insisto, no sorprende ver que no hay posibilidad de que un jurado vea la intención de violar los derechos humanos de un semejante, ni la obligación fundamental de proteger la vida, la falta de transparencia. No sorprende que las minorías no le tengan confianza a los cuerpos policiacos y que el mundo entero vea prácticas racistas  y discriminatorias, menos ellos. Tampoco causa asombro enterarnos que dos de los tres agentes ya andan en las calles, patrullando tan felices como si fueran buenas personas y extraordinarios servidores públicos.

Lo que llamó mi atención y me lleva a escribir estos renglones es que el tercero renunció. Uno de los tres decidió dejar el cargo. ¿Me pregunto por qué? Imagino al hombre frente a una botella vacía, ojos inyectados, mirada perdida, dedicado a recordar. Imagino que escucha cada uno de los diecisiete impactos, de las diecisiete percusiones, cada paso que Zambrano recorrió huyendo, casa piedra que el hombre les aventó antes de morir. Imagino que verá el rostro sin vida, el cuerpo abatido, los diecisiete hoyos en el torso. Despertará con esa imagen como primera visión y se quedará abatido por el sueño con ese recuerdo. 

Creo que esa inquietud de haber hecho algo censurable le tiene atrapado el corazón. Lo que ni el fiscal ni los juecen pueden ver, no se puede ocultar al corazón y a la consciencia. El tercero que renunció es un signo. Es la evidencia silenciosa de que ahí hubo alguien que siente tanto pesar por sus acciones, que le resulta imposible volver. El solito se hace cargo de lo reprobable de usar la fuerza contra un inocente, de condenar a alguien por razones racistas. 

Ver que alguien que pudo salir impune de su mal actuar, decide retirarse para no tener ocasión de actual mal otra vez sí sorprende. El tercero que renunció, llama tanto la atención que deberíamos de hacer notar más su decisión.  

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