Bien inicia la semana…

Bien inicia la semana si al despertar se oyen las campanadas del Templo de San Diego y llega cierto acento a tierra mojada. Desayunar enchiladas mineras, caminar entre calles tan estrechas que se vuelven peatonales o tal vez siempre lo han sido, el  cielo nublado y El Pipila entre cúmulos que parecen borreguitos en el cielo es parte de un gozo sin igual. Empezar con el pie derecho la semana, parece ser lo mismo que abrir el ojo a primera hora en la Ciudad de Guanajuato.

Hay tantas cosas que suceden más allá de los límites de la ciudad que es Cuna de la Independencia, Casa de Don Quijote, pueblo natal de Diego, de Jorge Ibargüengoitia, paso de Juárez, reflejo de las ideas de Porfirio, pero la fiesta de San Antonio de Padua marca el festejo de hoy. No se trata de hacerse de la vista gorda, de ser insensible ante el acontecer mundial, de disimular ante tantas cosas, pero en Guanajuato hay una magia que da pie a los colores y las risas.

Sólo aquí, mientras caminas tranquilamente, se te aparece en una ventana pintada de azul, una catrina muy huesuda que se muere de risa. Sólo aquí Remedios Baro se asoma desde una azotea, o encuentras un castillo medieval — cuando en Mexico no hubo medioevo— o te topas con una ciudad que convierte tuneles mineros en redes comunicantes para automóviles. 

Una plática amable, la vista del Teatro y del Jardín Unión, una mesa bien servida, pan, sal, buenas palabras y Guanajuato que decide brillar para que el tinto en la copa adquiera un mejor color. En el puesto de periódico se ofrecen las noticias que muchos consultan todavía en la hoja de papel, pero hoy prefiero ver a lo alto y contemplar la cúpula del templo de los jesuitas o pensar en los helados deliciosos que se venden en ese lugar tan maravilloso cerca de la Plaza de San Roque y del Museo de La Casa de Diego.

Bien inicia la semana si al caer el sol las luces iluminan la Basílica de la Colegiata y la Escalinata de la Universidad se ve tan linda reflejando el brillo de su cangera verde tan hermosa. Es así cuando los colores te toman la mente, los matices se vuelven tan brillantes y el corazón late a un compás tan alegre que, en realidad, no se puede pensar en nada más. 


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