La cantina de Don Chon 

El término es complicado de explicar, sin embargo, es fácil de entender. En el mosaico maravilloso que se integra en la Ciudad de México, hay espacios mágicos a los que uno llega por casualidad a ganarse un premio mayor. Así, por una alegre serendipia, llegué a la cantina de Don Chon. El hallazgo fue sorprendente, andaba por las calles de Jesús María cuando nos llegó la hora de comer. Mi amiga Susana, que lleva muchos años trabajando en el Centro Histórico, me recomendó varios lugares y como el de Don Chon estaba más cerca, nos fuimos para allá y qué bueno.

Ubicado en la calle de Regina 160, es decir, a unos cuantos pasos de La Merced, la cantina de Don Chon es un lugar que simula decoración  prehispánica. Un atlante de piedra por columna, unos cuadros con las leyendas de los volcanes Popocatépetl e Iztaccihuátl que muestran sus amores, manteles coloridos, un sarape, no son tan sorprendentes como lo que se lee en la carta.

Hay manjares que no le acomodan a todos los paladares: gusanos de maguey, chinicuiles, pejelagarto, venado, cabrito lechal, lechón, chapulines,escamoles, jabalí. Es una carta para valientes y sibaritas. El que se atreva, alcanzará a sentir lo que es el cielo. Te dan la bienvenida con mezcal amargo y yo elegí un curadito de fresa. Sí, hay pulque de excelente calidad. Encuentras todos los caviares mexicanos, cocodrilo en mole verde y háganse para atrás los que que arruguen la boca ante los sabores nuevos.Pedí unas albóndigas de venado, simplemente espléndidas. 

La magia de esta ciudad tan grande gana potencia, los problemas se diluyen frente a una mesa bien servida. No sé si fueron los espíritus del mezcal, los fantasmas del pulque, la personalidad del lugar, pero esa tarde regresé feliz a la casa. Ni el tráfico ni la doble contingencia ni la fase alarmante de contaminación ni las partículas suspendidas ni la calidad del aire me quitaron el contento del corazón.

Puede ser que haya sido la sorpresa de toparme, en pleno barrio de La Merced, algo que no estaba buscando. La cantina de Don Chon me salió al encuentro. En medio de esta megalópolis tan emproblemada hay un oasis que nos quita los tonos grises. Desde la calle de Regina, lanza líneas hechiceras que se traducen en platos maravillosos y bebidas gloriosas. Ni la corrupción ni los funcionarios de cuarta ni la tramitología absurda ni nada me puede borrar la sonrisa que se me dibujó en la cantina de Don Chon.

Insisto, es difícil de explicar los motivos de esta alegría, pero también, son faciles de entender. Si no es así, vayan al barrio de La Merced y siéntense frente a una mesa como las que les acabo de describir. No van a para de sonreír. Pero hay que ser valientes.

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