Al enemigo la ley

La frase atribuida a Juárez, Al amigo justicia, al enemigo el rigor de la ley, parece ser la moneda de cambio que se utiliza con cinismo en México. Es siniestro y también irritante ver como las autoridades disimulan por un lado y aplican severidad por otro. Sabemos que este es un país de contrastes, pero duele el estómago al contemplar tanta diferencia.

Por un lado, el discurso oficial habla del emprendimiento como la panacea. Dicen que es la esperanza que tiene el país y que se confía más en el emprendimiento que en el petróleo. Eso dice el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México con una sonrisa en el rostro. Pero, la serie de trámites que se deben salvar para concretar un proyecto evidencian lo contrario. Para hacer realidad un proyecto hay que tener un compadre poderoso, parece ser la consigna.

No hablo de opiniones, son hechos. La serie de sellos que clausuran negocios se encuentran en todas las delegaciones de la Ciudad de México en la que Miguel Ángel Mancera trabaja, o gobierna, o tiene su despacho. El nuevo nombre no cambia esta realidad de terror. Cada sello significa un sueño roto y dinero que se fue al caño. Al verlos, las terribles palabras Clausurado por violar la ley, nos hace sospechar que más que un laboratorio de metanfetaminas, ahí hubo un pobre al que no le alcanzó para la mordida.

Pero, igual que se ven sellos de clausura por doquier, también se ven construcciones en todos lados. La mayoría presumiblemente ilegales y en espacios que, a simple vista, son objetables. Nos preguntamos cómo es posible que se sigan consiguiendo permisos para edificar en lugares que ya no cuentan con agua, en espacios que no tienen infraestructura, en terrenos peligrosos. 

En un contraste manifiesto, vemos miscelaneas, tintorerias, restaurantes y, en general, pequeños negocios que son obligados a cerrar sus puertas y enormes edificaciones que se elevan sin problema alguno. Y, no hay otra que sospechar. ¿Por qué cerraron ese negocio y este otro no? ¿Por qué se toleran más complejos habitacionales en donde no se debe? Entonces, invocamos a Juárez. ¿Si no, cómo?

Si uno va y pregunta, las clausuras han seguido un procedimiento legal. Tratar de revertirlo es tardado y costoso. En la mayoría de los casos, la gente desiste. El dinero que se debió ocupar en producir valor, va a parar a gestores, abogados, coyotaje…, en fin, al caño putrefacto de la improducción. Al enemigo la ley, no hay duda. La severidad de los reglamentos, la dureza de las reglas, lo inflexible de las normas se aplica a los que ni tenemos conocidos, ni somos compadres de alguien importante o tuvimos el desatino de no entrar al círculo de privilegio.

Los merecimientos no se ganan por méritos. El mayor talento es contar con el beneplácito de alguien que pueda aligerar la carga legal y lograr que en vez de fijar la mirada en uno, lo hagan en alguien más. Para ello, no es necesario ser hijo del Tlatoani. Ser sobrino del que está en el mostrador, ahijado de la secretaria, vecino del que tiene el sello es suficiente. Ya ni hablar de ser amigo del señor delegado, del director general, del oficial mayor y de todos esos títulos neonobiliarios que pueden alcanzar la disoensa anhelada.

La sonrisa de los discursos oficiales y la lejanía de la realidad nos hace pensar en Juarez, al enemigo, la ley.


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