Letargo

Llega un momento en el que, consciente o inconscientemente, se baja el ritmo y se entra en un estado de sopor. El desfallecimiento impide mover los músculos y sin darnos cuenta tampoco se mueve la mente. No es cansancio y si lo es no se debe a la fatiga del deber cumplido, de la faena diaria o del desempeño cotidiano. Es un aburrimiento superlativo que llega un día y no se puede sacudir, es una especie de insecto que va acabando con la iniciativa, que se come la voluntad y en grado extremo hasta la sensibilidad.

El que lo padece, ni cuenta se da. Vive mirandose las uñas, metido entre las sábanas, refugiado en una pantalla y sus escasos contactos con el exterior son para reclamar, gritar o echar la culpa a alguien mas de lo que le sucede. Tomar las riendas de la responsabilidad resulta una proeza imposible de lograr. Y, en esta condición, se empieza a perder todo: no hay belleza, inteligencia, fortuna o cariño que alcance.

El letargo es una especie de ceguera que lleva a quien la padece al desfiladero. Es una sordera que imposibilita  escuchar las voces de alerta. Se deseña la mano amiga que quiere ayudar, se pasa por alto cualquier señal que indica peligro y los pasos se encadenan hasta llegar al acantilado y caer. El aletargado ve el sufrimiento que se instala a su alrededor y no parece importarle,  ve las heridas que provoca y no le duelen. 

A su alrededor, hay llanto y desesperación, pero ni lo entiende, es más parece no importarle. Se puede desmoronar el piso sin que les resulte relevante. El caos a su derredor no interesa. El letargo es una condición terrible que daña más que una enfermedad y destruye más que un incendio, precisamente porque quien lo padece no siente. Entones, eleva el dedo y señala al entorno, culpa a terceros y, en un caso extremo, se siente víctima de quien intenta ayudar. 

El letargo mete en un callejón sin salida al adormilado y a su entorno. Todos, excepto él, alcanzan a ver lo sencillo que es ponerse de pie, espabilarse y caminar derecho y feliz. Pero, la solución llega no cuando otros quieren, sino cuando el aletargado lo decide. El problema es que generalmente no decide. El letargo se come la voluntad y a veces, acaba con la inteligencia.

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