Maestros, hoy

Dice Umberto Eco que los maestros somos el proletariado del nuevo milenio. Al principio, la clasificación no me gustó, de hecho, no me gustó nada. Como que la imagen magnánima y digna de un profesor sabio es la que más me gusta. Pero, hay que reconocer que los maestros hoy, tal vez seamos otra cosa. 

En el Cementerio de Praga, Eco dedica varias páginas a disertar sobre el papel del magistrado. Piensa que la academia se ha convertido en una forma de subempleo a la que caen en busca de refugio los que han sido expulsados del mundo laboral. Recuerdo también las palabras de mi padre, académico de la Facultad de Ingenieria de la UNAM, que decía que dar clases debe ser una satisfacción, un terreno para compartir experiencias teóricas y prácticas, un lugar de debate y discusión, es decir, un lugar en el que se dé brillo a las ideas que ya pasaron la prueba de haber sido ejercidas en la vida real. Otros creen que ser maestro es quedarse en la comodidad de las aulas para evitar la selva del mundo profesional. Algunos están seguros que ser maestro es el mejor pretexto para elevar los puños, tomar las calles, rayar paredes, romper vidrios y hacer atrocidades. Cada visión partícular es correcta e incorrecta a la vez.

Si valoro los sueldos de algunos maestros, no me queda mas que darle la razón a Eco, pero hay quienes por ser maestros llegaron a puestos que les han permitido tener mansiones, yates, joyas. Entonces, Eco no estaba en lo correcto. Si veo la actitud de algunos que se paran frente a un grupo con cara de ya me las pagarás  y reparten exámenes con la sola satisfacción de hacer un reprobadero, creo que mi padre tenía razón: el magisterio no debe ser un ámbito para traspasar amargura de una generación a otra. 

A mí me ha tocado el privilegio de ser maestra desde muy chica. Aún no cumplía los quince y ya estaba dando clases de inglés. Le tomé gusto al gis y a la pizarra. Dejé de dar clases por muchos años. Fueron epocas de gran producción y éxitos profesionales. Volví al salón de clases a impartir la misma cátedra que mi papá en sus años dio. Hoy, enseño a emprender, a elaborar proyectos y evaluar su pertinencia. Les enseño a leer números.

He tenido suerte, siempre me tocan los mejores alumnos. Cada semestre, observo como se enciende la llama de emprendimiento en los corazones de algunos. Cada inicio de curso, los veo entrar al salón asustados, no sé si le temen a los alumnos o a la que da la clase. Al hacer ciertos ejercicios, al ver el pizarrón lleno de números, aprietan los puños, fruncen los labios, se revuelven el pelo. Y, hay un instante en el que se le ilumina la mirada y la sonrisa no les cabe en el rostro. Todo toma su lugar: descubren en misterio de los números. Es una maravilla que me impulsa a salir de donde esté para entrar al aula.

Digo que he tenido suerte, mis alumnos me llenan de satisfacciones. Muchos dirigen sus propios negocios, otros ocupan posiciones importantes en el sector público, otros son ejecutivos en empresas de corte global, unos me piden que les dirija la tesis, otros ganan concursos, unos están emoezando, otros acabando, todos me llenan de orgullo. Ser maestra me ha hecho sentir como una gallina que esponja su plumaje y no cabe en ella de la felicidad. Es cierto, hay días en que quisiera aventarles el borrador en la cabeza. Aunque, siempre termino adorándolos. 

Insisto, he tenido suerte, de los maestros posibles, me tocaron los mejores. Tuve a mi lado personas entrañables que supieron ver más allá, que creyeron que esa niña platicona, que esa adolescente inquieta —a veces malmodosa y no siempre correcta— tenía remedio. Me dieron oportunidades y me ayudaron a sacar lo mejor de mí, a pesar de que yo era especialista en sacar lo peor de ellos. Con paciencia y cariño me asentaron sobre rieles que llevan lejos. Miss Úrsula Tomassi, Miss Sarita Aguilar, el Padre Rubén Sanabria, la Madre Lucila, mis profesores de la Ibero, del ITAM, de la Casa Lamm, el profesor McCabe y en fin, a todos mis maestros les debo eterna gratitud.

Pienso en ellos, grandes profesores, y entiendo. Ser maestro, hoy requiere de vocación. De esa pasión que emerge del fondo del estómago y atraviesa el corazón. El que quiera entrar a un aula para hacerse rico, lo va a lograr. No encontrará monedas, pero sí se volverá inmensamente rico. Al menos, eso me ha sucedido. Tengo una fortuna enorme, incalculable que cada periodo se hace mas grande. Cada alumno incrementa las arcas de ese tesoro que es el magisterio. Ser maestro hoy es sí, pertenecer al proletariado, como dice Eco: tenemos la materia prima que forja al mundo y también es la posibilidad de saberse muy afortunado. Esa elección la toma cada quién.

Ante todo, gracias a mis maestros y también, a mis alumnos, los de hoy y los de ayer. 

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