Malas compañías

La Presidenta Dilma Rouseff ha sido destituida temporalmente del cargo para enfrentar un juicio de corrupción. Es curiosa la situación de Brasil, quienes la acusan no parecen ser tan blancas palomas. Las reacciones en torno a lo que se veía venir son variadas y extremas. Ella dice que esto es un golpe de estado. Lula dice que el tiene la capacidad de incendiar al país. Hay llamados a la insubordinación civil. El presidente sustituto, Temer -y en el nombre va el estigma- dice que la palabra clave es confianza.

No es lo mismo ver los toros desde la barrera. No obstante, la lejanía nos gana cierta perspectiva. A mí me gustan esos dichos de antes, creo que están llenos de sabiduría. No hay que andar con malas compañías, decía mi abuela. Tenía razón. Tan pronto se empezó a hablar de una posible destitución de la presidenta, el vicepresidente se puso al espejo para practicar el discurso inaugural de su mandato.

Dilma Rouseff no hubiera podido llegar al poder si no hubiera buscado coaliciones. Se hizo acompañar en su fórmula por la combinación más variopinta. Ahí están las consecuencias. Las relaciones por conveniencia, por lo general, acaban mal. Cuando dejamos de escuchar a nuestra voz interna, esa que nos da identidad, que nos dice cuales son nuestros valores rectores, nos dejamos encandilar y perdemos rumbo.

Así veo a la Presidenta Rouseff, encandilada. Con esa expresión de quién en un destello de luz, se le dilataron las pupilas y tiene que parpadear varias veces para ver con claridad. Entre tanto parpadeo, el del espejo, ya le comió el mandado. Su compañero de fórmula, su apoyo, su segundo de abordo, la traicionó. O eso parece a la distancia.

La Presidenta está retirada de sus funciones. Lo hizo por una mayoría absoluta. Del total de votos, casi el doble fueron en su contra. El descontento es evidente. En las calles, la gente está a disgusto, ya estaba enojada desde antes. En Brasil, a punto de ser anfitriones de los Juegos Olímpicos, la situación no luce nada bien. No hay fábulas ni moralejas. Hay evidencias: las malas compañías nunca trean buenos resultados.

 

 

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