Mis alumnas

Ayer sucedió algo que corre el riesgo de perderse en los laberintos de la cotidianidad y que, sin embargo, hace unos cuantos años hubiera sido impensable: un aula universitaria estaba habitada por puras mujeres. Tanto quienes tomaban clase como quien la impartía eramos féminas. La clase no era corte y confección o macramé y bordado, asignaturas que antes estaban circunscritas al ámbito femenino. La clase era Planeación Financiera y el tema que estabamos revisando era Evaluación de Proyectos de Inversión por medio de Payback.

Hubo un momento en medio de la clase en que caí en la cuenta de lo singular de ese hecho. Veinte años atrás, las mujeres ya estabamos estudiando y, dependiendo de las carreras, la proporción entre los alumnos se inclinaba siempre del lado masculino. A mí, jamás me tocó estar en un salón con puras mujeres desde que dejé el colegio de monjas. Es más, por lo general, me tocó estar en aulas con mayor número de hombres y en muchos casos ser la única mujer. Siempre ganaba la testosterona.

La conquista de los espacios universitarios habla del cambio de paradigma y eso es de celebrarse. Entiendo que hay mucho por hacer, que muchas niñas siguen padeciendo y que no tienen oportunidades por el simple hecho de ser mujeres. Es claro que la condición de varón abre puertas en forma automática y que existe una brecha de desigualdad que continúa presente. Sí, pero la buena noticia es que vamos avanzando.

En silencio, mientras resuelven los enigmas del ejercicio de Payback, las observo y me lleno de orgullo. Veo a chicas concentradas, buscan respuestas y gritan entusiasmadas cuando la encuentran. El ¡eureka! en tono femenino tiene un gusto muy sabroso. Me llena de satisfacción ver que caen muros y se vienen abajo los prejuicios.

Sí, las mujeres sabemos pensar, podemos ser creativas, manejar números. Mis alumnas son chicas que ni se asustan con los cálculos financieros ni los ven como un obstáculo. No arrugan la nariz ante los diferente y, con dedicación avanzan y toman, sin arrebatar, espacios que les corresponden. Lo hacen en forma tan natural, tan delicada y tan contundente que me hacen ver que lo femenino no tiene que ser estridente para ganar. Tiene que ser, así, sin mayores adjetivos: femenino.

Para muestra un botón.


 

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