Flores a la Virgen

Empieza el mes de mayo y recuerdo una hermosa tradición que nos hermanó a mi abuela materna, a mi madre y a mí. Por alguna extraña razón, mi hermana no participó. Seguro fue por la diferencia de edades que nos separa. Pero, desde el primero hasta el treinta y uno de mayo, todos los días entre semana, después de ir a la escuela, nos íbamos a ofrecerle flores a la Santísima Virgen.

Para mí esa tradición era maravillosa, mi Mami Lolita, mi abuela materna, me confeccionaba un atuendo especial para ofrecer flores. Como ella era una costurera experimentada, me hacía un vestido tan lindo que parecía de Primera Comunión. Llegaba de la escuela emocionadísima, comía sin poner pretextos, hacia la tarea, me portaba perfecto y, a las cinco de la tarde, salía perfumada, vestida de blanco rumbo a la Iglesia con un ramo de flores para la Virgen. ¡Qué cuento de hadas ni qué nada!

Desde luego, yo me sentía súper importante con la falda larga, la crinolina tan vaporosa, el redondel de blonda y zapatos blancos de charol.  Claro que conforme pasaba mayo, los zapatos perdían brillo, la tela del vestido se aproximaba al color gris y el satín del fondo acababa bastante rasgado. La verdad es que para el treinta y uno de mayo ya eran muchos los girones y todo era parte del encanto que me llevaría a estrenar el siguiente año, como siempre, cada mayo.

Llegábamos a la Iglesia de la Consolación y mientras todas las niñas dejaban sus flores en el altar principal, nosotros nos íbamos a una capillita secundaria dedicada a la Virgen del Sagrado Corazón. Las tres, mi abuela, mi madre y yo nos arrodillábamos para dar y pedir gracias. Sabrá Dios qué le pedía a la Virgen en ese entonces, o que pasaba por las mentes de mi mamá o de mi Mami Lolita. Eran esos tiempos perfectos en los que ni siquiera había la preocupación de pasar matemáticas y la palabra química aún no aparecía en mi vocabulario, no había mal de amores y el dinero era para comprar dulces en la tienda.

Acabadas las oraciones, mi mami y mi abuela me tomaban en los brazos y me alzaban en vilo para que alcanzara a dejarle las flores a la Virgen. Recuerdo esas manos, las cuatro, las de mi Mami Lolita un poco más gorditas, las de mi mamá siempre flaquitas. Yo sentía que volaba hasta alcanzar el jarrón y por instantes quedaba viendo de frente, los ojos de la Virgen con el Niño Jesús en brazos. ¿Qué te habré dicho, Madre Santa?

Las palabras no las recuerdo, la sensación del corazón acelerado la siento hoy como entonces. Si cierro los ojos puedo hasta oler los perfumes de mi mamá y de mi Mami Lolita y siento el vértigo de ese vuelo al jarrón de las flores.  Me gustaría que hoy se le siguieran llevando flores a la Virgen, la vida sigue y hay tradiciones que se quedan en el anecdotario. 

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Maricris
    May 01, 2016 @ 20:16:20

    Acabas de recordarme una de las tradiciones más hermosas que practique al igual que tú. Tal vez no vedto el tan hermosa. Como tú peto lo que si te digo que compartimos es esa emoción de visitarla y entregarle las flores. A mí también me vestían de Bksnco. Me recogían el cabello en una colita y me ponían una corintia de flores. Obviamente me calzaban con zapatos blancos de charol y calcetines con olancitos. Ojalá nunca se pierda esa preciosa tradición
    Hermos

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