Cuando lo mío no es tuyo

Ayer asistí a una conferencia sobre el deseo en la Literatura como reflejo de lo que se observa en la vida. El orador habló de la perspectiva de René Ginard y de como él piensa que las relaciones humanas evolucionan de la amistad a los celos, la envidia, la competitividad, la rivalidad y la violencia. Francamente, aunque no estoy de acuerdo, el punto de vista me resultó interesante. ¿Será posible que la fuerza que mueve al mundo sea desear lo que no se tiene, por la simple y sencilla razón de que es de uno? La propuesta es muy fuerte.

Es decir, según Ginard, deseamos algo, lo que sea, no porque sea objeto de gusto sino porque no es mío. Entonces, se trata de conquistar para arrebatar y apropiarse de lo ajeno. Pero, una vez que lo tengo a mi disposición, deja de tener valor. El anhelo se desbarata en el momento en el que lo tenemos en las manos y deviene la frustración. Insisto en que no estoy de acuerdo con una forma tan negra de planteamiento. No me parece que sea ley universal que yo me mueva por el impulso de quitarle a otro lo que es suyo para que sea mío, sin embargo, encuentro que hay parte de razón en esta idea.

Caín se movió y mató a Abel por envidia. El Génesis no nos cuenta la historia de la relación de los hermanos, no sabemos si eran cercanos, si jugaban, si se reían juntos, si peleaban frecuentemente, si llevaban una relación normal como la de cualquier familia en la que ahorita me enojo pero en cinco minutos estoy muerta de risa. Lo que sí sabemos es que Caín mató a Abel. La quijada de burro inauguró la forma infame de deseo, en la que no importa que sean de misma sangre, quiso lo suyo y lo obtuvo a como diera lugar. Asi, entró al mundo la capacidad de arrebatar la vida para tener algo que era ajeno. Caín deseaba el amor que Dios le tenía a Abel.

Este conflicto es tan cotidiano, como los hermanos que se pelean por el dulce que el otro tiene en la boca. Los berrinches de la niña que quiere jugar con la muñeca, con esa específca que no puede tener porque la está usando su hermana. ¿Qué pasa cuando la madre se la quita para acallar los llantos de la anhelante? La chillona pierde interés y la arrebatada gana resentimiento. Es una historia que se repite una y otra vez, en lo pequeño y en lo grande. La mujer se desea por ser de otro, el marido, el auto, la casa, la blusa, desde lo trascendente hasta lo nimio, pasa por un impulso de querer para mí lo que es tuyo.

Tan cierto es que suena lógico, sin embargo, no es determinante. No en todos los casos. El que quiere lo mío y me lo arrebata es un canalla y no hay otra forma de llamarlo. Además no todo es así, muchos que se contienen, verán lo que no es suyo y volverán la mirada a sus terrenos para administrarlos y hacerlos crecer. Otros anhelará eso que no es de nadie. Por ejemplo, en un juego de tenis, los contendientes quieren ganar. El triunfo no es de ninguna de las partes y ambas se esfuerzan por conseguirlo.

Cuando lo mío no es tuyo hay una frontera que algunos quieren traspasar con la mirada, con un sentimiento ahogado, con un puñetazo, con una intriga, eso no debe ser la consecuencia determinada. El libre albedrío nos llevará a envidiar o a admirar lo que no entra en mis límites y se encuentra en los de otro. La decisión que tomemos frente a esa alternativa habla de quienes somos y de lo que estamos hechos, ¿no?

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