Mejor sin conocer su rostro

Ayer, por coincidencia, vi la repetición de una entrevista que le hicieron a Nelson Vargas en la semana y me quedé con la boca seca. Contó que, por azares del destino, se enteró que el secuestrador y asesino de su hija anda libre, caminando tan campante, a cielo abierto, como si fuera una blanca paloma y no un criminal abominable. Por increíble que resulte, una argucia legal basta para que un juez ponga en la calle a una persona que causó tanta pena y dolor. Lo malo es que puede volver a hacerlo. ¿Por qué no, si ya sabe que el camino es tan fácil?

Nelson Vargas es un hombre importante en México. Es medallista olímpico, empresario, ha sido funcionario público. Es decir, es un hombre que goza de prestigio, reputación y es influyente. El caso de secuestro de su hija fue un escándalo que se siguió a nivel nacional. Hizo ruido, fue recibido por altísimos funcionarios de la administración pasada, atraparon a la banda que asesinó a su hija, vivimos en el entendido de que estos criminales estaban siendo procesados y que la justicia estaba siendo servida. Muchos decíamos con empatía que, al menos, a él si le habían hecho justicia. En casos así, es de lo poco que queda. Pero, estabamos equivocados.

El criminal anda paseandose por la plaza pública con la garantía de que no se le podrá juzgar por un delito que sí cometió porque un abogado hábil y un juez obsequioso lo dejó  salir. Nelson Vargas no fue notificado de semejante situación, se enteró de oídas, alguien le hizo favor de avisarle. Así están las cosas. Las cárceles están llenas, no de delincuentes, sino de gente que no tiene para pagar abogados astutos que se sepan mover en el mundo laberíntico de la justicia mexicana. ¿Qué nos queda a los ciudadanos de a pie?

Recuerdo que hace años, a una de mis mejores amigas la asaltaron en la puerta de su casa. Le quitaron reloj, billetera, anillos, auto, la maltrataron y le dieron de empujones. Y, como decimos, por suerte, no la mataron. Levantó una denuncia para que la compañía de seguros le resarciera los daños materiales —los otros, siempre se quedan de recuerdo—. Al tiempo, tal vez seis meses después, le avisaron que habían atrapado a los ladrones y que tenía que testificar. También tenía que identificar a los rateros.

Como no quería ir, le mandaron una patrulla para que cumpliera con su deber. Al estar frente a su agresor, muerta de miedo por haberlo identificado, bajó el rostro y dijo que no lo conocía. ¿Por que hiciste eso?, le pregunté indignada. Porque sabe dónde vivo. El hombre quedó consignado por otros delitos pero esa tarde mi amiga recibió en casa un ramo de flores con una tarjeta que decía bien hecho, sin rencores. Mi amiga no es una mujer influyente, si es muy inteligente. No dudo que su criminal también ande caminando por la calle, feliz de la vida, repartiendo mal, sin temor alguno ¿qué tendría que temer? En cambio ella, viviría muerta de miedo.

Las únicas dos veces que me ha tocado estar en situaciones similares, es decir, ser víctima del crimen, he tenido la fortuna de no conocer el rostro de los infelices que me quitaron la paz. La primera, me robaron la cartera cuando estaba embarazada. Tuvieron la elegacia de hacerlo por la espalda. Yo sólo sentí que me arrebataban algo y salieron corriendo. En la segunda, se tomaron todas las precauciones para que yo no supiera de quién  se trataba. Por años, viví con la esperanza de que los capturaran para ver sus rostros y sentir que se había hecho justicia. 

Hoy, después de ver la frustración de Nelson Vargas, de recordar lo que le sucedió a mi amiga, caigo en la cuenta de que estás mejor sin conocer el rostro de quien te hizo daño. Conocerlo te deja en un estado de indefensión absoluto. Al saber de los hoyos que hay en el sistema de justicia, se entiende lo fácil que es ser víctima, lo sencillo que es dañar y caminar campante a cielo abierto. Haber visto las facciones de quien te hizo daño, nada más suma al terror que da pensar que algún día te lo puedas encontrar en el parque. 

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