Popularidad presidencial 

Ni hablar, los políticos caen mal. No todos, pero en general, la gente que se dedica a la política no goza de simpatía. Es curioso, pero ni todos los carteles ni tantísimas fotografías ni las sonrisas ni los peinados perfectos les ganan un poco de cordialidad ya no digamos de afecto de sus votantes. Sabemos, en el fondo de nuestro ser, que tanta afabilidad es hija del botox, consecuencia del photoshop, causa de la mercadotecnia y sospechamos del acartonamiento. 

Para muchos, el juicio que se les hace es injusto, duro y desleal. Sienten que el respetable los tasa igual y no sienten que sus esfuerzos sean apreciados. Tienen razón, la vocación del político es dura en términos de agradecimiento y reconocimiento. Claro que tiene sus compensaciones, muchos políticos en pocos años de gestión logran resolver la angustia económica presente y futura de sus familias y acuñan unas fortunas maravillosas que hacen que poco importe su popularidad. Además vienen apradrinados por un escudo de impunidad que los defenderá siempre y en todo lugar. En este sentido, ¿qué importa la popularidad?

Sin embargo, hay algo en el espíritu egolatra de los políticos que los entristece si no son amados.  En el fondo, les gustaría ser queridos. Sueñan con salir al balcón y escuchar vítores sinceros y alabanzas reales. Les gustaría que todas las loas de sus lacayos fueran ciertas. Algunos, los más ingenuos, llegar a creerse todos los halagos. Los imagino frente al espejo preguntando quién es el más bueno, lindo y popular. 

Pero las encuestas no traen la respuesta anhelada. Los actos de corrupción, impunidad, impericia, torpeza, inexperiencia y todo aquello que afecta a la población pasa factura. No hay gobernantes malos que sean queridos. Si a los buenos les cuesta trabajo ganar la apreciación de su pueblo, no hay que ser muy brillantes para adivinar lo que pasa con los que no son tan buenos.

No basta un peinado perfecto, una camisa bien planchada, zapatos bien boleados, joyas extraordinarias, un traje impecable, una imagen robustamente planeada. No es suficiente una esposa de revista, con cuerpo de diosa y pelo de revista. No alcanza con unos hijos preciosos que casi son la copia de Apolo, Venus, Aquiles o Helena. Si al pueblo le tuerces la boca, si le haces notar que no te gusta su olor, su presencia choca, si te sientes superior, ¿cómo vas a resultarles simpático?

Si a eso le sumas medidas que no le hacen agradable la vida a los gobernados, si la gente siente que su situación particular no avanza, si perciben que cada vez hay menos ricos y mas pobres en condición de miseria, evidentemente, la popularidad presidencial andará lor los suelos. No es mágia, no hay asombro, así funciona. 

La popularidad del Presidente Enrique Peña Nieto está por los suelos, tan baja como hace veinte años. Ni Fox ni Calderón llegaron a esos niveles. No son opiniones ni pareceres. Son datos duros. Es el peor nivel del sexenio peñista y va a la baja.  Los niveles de popularidad están igual del entonces Presidente Zedillo, es decir, tal como sucedía en tiempos priistas. En fin, no hay novedad.  

  

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