Familia, la alegría del amor

Familia, según la RAE, es: Grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas o en lugares diferentes, y especialmente el formado por el matrimonio y los hijos. Así, la definición puede causar molestia a ciertos grupos. El concepto ha cambiado mucho. Hoy, las familias como las que describe la RAE son más bien raras. Lo común es encontrar familias uniparentales en las que la figura paterna no existe. Lo cotidiano es ver a mujeres que forman hogar, que cuidan hijos y hombres ausentes porque están trabajando lejos, porque  trabajan muchas horas y no pueden convivir con los hijos o porque abandonaron a las madres y se olvidaron de los hijos. También están las parejas rotas y los padres que ejercen paternidades de fin de semana o madres que sólo ven a sus hijos de vez en cuando. Por supuesto, existen los casos en que los roles tradicionales se intercambian, ella sale a trabajar y él se queda al cuidado del hogar. O, situaciones en las que hay dos papás o dos mamás en casa.  

En fin, la familia también se define como ese grupo de personas que están unidos por un lazo legal o religioso por el cual se valida un proyecto de vida común en el que generalmente se incluye a los hijos. Sí, aunque también hay planes que nacen de la unión libre o matrimonios que no tienen hijos. ¿Ellos no son familia? El termino ha evolucionado, las definiciones que hay a la mano no logran determinar con exactitud eso que nos enseñaron es la base de la sociedad. En esa condición, tenemos una crisis de identidad. Las definiciones deberían ser más amplias y más incluyentes para que todos se sientan identificados. Por eso, no es de extrañar que la familia haya sido tan criticada en los últimos tiempos y tan atacada. Lo indefinido aterra, lo perfecto da comezón.

Además, las familias tienen lo suyo. Competencia fraternal, preferencias, traiciones, favoritismos. Tragedias. Hermanos que le clavan una quijada de burro al más capaz, madres que incitan al hijo a engañar al padre, hijos que cambian  todo por un plato de lentejas, padres que son capaces de elevar las armas contra sus hijas. La complejidad del tema nos debe llevar a abordarlo desde lo básico. Si no sabemos definir lo qué es una familia, ¿cómo le vamos a dar un código de conducta? Las reglas estrictas, las normas de corrección y los juicios de valor no ayudan, más bien alejan. Parece que el Papa Francisco ha escuchado a su grey y emite una hermosa exhortación: La alegría del amor: sobre el amor en familia. Este documento brota de las reflexiones de los Sínodos de la familia y en ella Francisco abre las puertas de la Iglesia.

Los católicos vuelven a las conclusiones del Vaticano II. El Pontífice  incluye a los laicos y los ponen frente a la mirada amorosa de Dios. Cada quien, con su circunstancia y en consciencia, habla con la fuente de amor infinita y toma decisiones. Divorcios, anticonceptivos, paternidad responsable se deja al criterio del laico que, en conciencia, se pone frene a Dios y decide.  La Iglesia va en busca de sus ovejas y las invita al redil. Nada de exclusiones, se ofrece el acompañamiento pastoral por encima del juicio. Cada uno sabe su propia circunstancia y esa no es motivo de separación de Dios. Reconoce la complejidad de la vida familiar moderna, pero acentúa mucho más la necesidad de que la Iglesia y sus ministros estén cerca de las personas sin importar la situación en que se encuentren o lo alejados que se puedan sentir de la Iglesia. Amoris laetitia no es un texto teórico desconectado de los problemas reales de la gente.

Francisco nos da un texto impecablemente escrito que queda al alcance de cualquiera. Es un documento indispensable para cardenales y obispos, para curas y sacerdotes que también es accesible para cualquier católico. El autor nos exorta a leerlo con cuidado, con detenimiento, dando tiempo a la meditación, a que las palabras se asienten, tomen su lugar y nos lleven a una reflexión. Eso estoy haciendo. Lo leo con cuidado. Lo estoy disfrutando.

La lectura de Amoris laetitia está teniendo un efecto de amplio espectro. No puedo dejar de ver la pulcritud del documento, la precisión de lo escrito, la selección de los textos y las referencias que ocupó el Papa. También como católica me da mucho gusto sentirme cercana al pensamiento de mi pastor. Pero, sobretodo, he sentido una enorme alegría de recorrer los renglones de este exhorto. Me llena de gozo entender y concordar con el autor. Siento la mano de un abuelo experto, de un sabio que toma la mía y con   suavidad me guía a un camino. Al camino del amor, al que privilegia el acompañamiento por encima del jucio, la misericordia sobre el error, la disposición permanente y, sobre todo, la exposición directa a un Diosque más   que un juzgador, es una fuente de cariño absoluto. ¿Cómo no sentir esa alegría?

¿Clarito? Preguntó el Papa hace poco, en el vuelo que lo llevaba de regreso a Roma al concluir su visita pastoral a México. Sí, Su Santidad, clarísimo. Enhorabuena.

  

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