Muerte de cruz

Para el mundo cristiano, el Viernes Santo es un día de reflexión. Pensamos en la muerte, en la muerte que para el corazón, que deja los pulmones sin aire, sin temperatura a la piel y le niega movimiento al cuerpo. En ese estado desconocido, que para tantos es definitivo y para otros significa un paso, meditamos. Para todos la muerte es algo tan difícil de entender. No nos gusta pensar en ella ni en primera persona ni en lo que sucederá cuando le pase a nuestros seres queridos. Mejor ni hablar del tema. 

La muerte de Jesús para los cristianos está envuelta entre signos. Se forma un arco simbólico entre el Pesebre de Belén y la Cruz del Calvario. Claro que es más fácil observar la escena de un nacimiento que contemplar el martirio de la muerte. Los católicos hemos reproducido escenas de la Cruz en miles de formas: pinturas, esculturas, vitrales. Las representaciones latinoamericanas se aproximan más a la verdad que las europeas.

Ahí la dificultad. Esos Cristos ensangrentados, coronados con espinas, heridos, tristes son imagenes que se acercan mucho a lo que sucedió y dan miedo. No hay misterios, la muerte sobresalta, inquieta incluso al más sereno. Los acontecimientos del Viernes Santo desasosegaron incluso a los más queridos por Jesús. Pedro, el más valiente fue cobarde. Judas traicionó. Todos corrieron espantados y se encerraron. 

Sólo la Madre y el más querido de sus apóstoles estuvieron al pie de la Cruz.

Siete palabras. 

No fueron suficientes los azotes, los clavos, las caídas, hubo que traspasar el costado con una lanza. El cuerpo sin vida de Jesús quedó colgado en la Cruz. Los evangelistas reportan un eclipse, se rasgó el manto del templo, la tierra tembló. El Hijo del Hombre moría. ¿La muerte, dónde está la muerte?, pregunta Pablo en la Primera Carta a los Corintios. Ahí, en ese cuerpo sin vida. En esa espalda lacerada, en esa frente perforada, en ese pecho abierto y entre esas llagas. Ahí está la muerte. Jesús se sometió a la muerte y no a cualquiera, a una muerte de cruz con todo lo que ello significó para las suyos en ese tiempo y para los que creemos en él sin haberlo visto.

La muerte de un cuerpo que entrega la vida. La que debe entrar en el sepulcro de Arimatea. La que no se mueve. La que todos, creyentes o no, encontraremos algún día.  

Muchos creeran que ese fue el final. Otros, como los apóstles ante la muerte, correrán asustados. Pocos se atreveran a fijar los ojos en el misterio y aguantar el signo de la Cruz. Juan y María se sobrepusieron al miedo y al dolor. Ahí estuvieron. Die pie, junto a Jesús. 

Hoy, los cristianos reflexionamos en torno a la muerte. Hoy, los que tenemos fe sabemos que perderla es tan fácil como correr a esconderse y conservarla es una cuestión de valor.  

  

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