Viento

Puede parecer una locura, sin embargo, las expresiones violentas de la naturaleza tienen un lado de belleza espectacular. Me ha tocado vivir en medio de varias, por eso lo digo. Entre terremotos, huracanes, lluvias torrenciales y vientos acelerados hay expresiones de esplendor que quitan el aliento.

No sé qué pasa, pero después del susto hay un destello sublime para quien quiera verlo. Después de las corrientes de aire que corrieron por las calles de la Ciudad de México, después que se calleron cientos de árboles y se derribaron tantos anuncios espectaculares, el viento limpió el cielo. López Velarde tuvo razón, fue la región más transparente. 

Subida en el segundo piso, que iba casi vacío, nadie parecía querer salir de sus casas por miedo a salir volando entre los brazos de una ráfaga veloz, se alcanzaba a ver el pico del Ajusco, los edificos de Santa Fe, los hoteles de Polanco, los rascacielos de Las Lomas y el cielo era tan azul que podía competir con el de Zacatecas o el de Guanajuato. Por instantes, me sentí inmersa en un cuadro de Rafael Coronel. 

El viento se llevó lo gris, arrasó con lo opaco, limpió el ollín y las cenizas. En la Ciudad de México no había contaminación ni humo ni partículas sucias. El ambiente estaba limpio.  El cielo quedó como los muros de la Capilla Sixtina después de la restauración. La sorpresa, igual que en el Vaticano, fue la intensidad de los tonos, eso era el verdadero color blanco de las nubes aborregadas, eso era el verde de las montañas que rodean este valle y todo en contraste con un cielo que no es costumbre ver con tal nivel de esplendor. 

Al fondo, llegando al rumbo de San Jerónimo, la bandera se desplegaba tan larga. Si los vientos eran violentos, a ella no se lo parecían. Ondeaba, formando elevaciones sobre su tela, con movimientos tan elegantes que figuraba una bailarina de ballet que se sabía observada. Esto es México, parecía declarar tranquilamente. Sin estridencias políticas ni chapuzas oportunistas. Majestuosa. En armonía con el viento que ni la despeinaba ni la descolocaba. Dicen que se razgó, no se le notaban las heridas. Desplegaba su dignidad con hermosura. 

Ese viento que tiró espectaculares, árboles, bardas y techos, por instantes, tuvo destellos de armonía hermosura que convirtió un momento de cotidianidad en un punto de placer delicioso. ¿Cuánto tiempo nos tardaremos en ensuciar lo que quedó tan limpiecito? No sé. Tal vez todo sea un augurio.  Buenos vientos, buena cara.

  

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