Sexualidad

El tema por sí mismo causa reacción. No importa si se trata del erotismo más glorioso o de la pornografía más vulgar, la palabra tiene efectos. Da igual si es Baudelaire, Bataille, Sacher Masoch o el mismísimo Rey Salomón escribiendo El Cantar de los Cantares, la sexualidad siempre causa controversia. El arco entre la perversión y lo sublime tiene un tamiz muy delicado. La distancia entre lo prohibido y la desinhibición es tan corta o tan larga como el criterio de quien emite una opinión. El asunto es tan delicado que raya en lo sagrado. Hay quienes lo reprimen, lo sublimizan, lo utilizan, lo abusan, lo usan como moneda de negociación y también los que entran a ella alegremente, con desconocimiento e irresponsabilidad.

El despertar a la sexualidad no es algo que se pueda controlar ni mucho menos programar, llega en la fecha que debe ser y es algo natural. Sin embrago, el telón de opacidad que se ha tendido sobre este tema ha contribuido a la desinformación, al morbo y a la obsesión de algo que debería ser tan natural como comer o dormir. El exceso de alimento causa obesidad, la falta de sueño, locura. En esos rangos se mueve también la sexualidad.

Nadie habla de exceso de información sobre el sueño ni de ocultamiento sobre el tema de comida, en términos de sexualidad, sí. No hay forma de lograr consensos. El tema se radicaliza en ambos sentidos. La prudencia, tan necesaria para formar criterios, es más bien rara y el fanatismo corre para quienes lo ven de una u otra forma. Por eso, pronunciarse sobre el tema es complicado. 

Lo cierto es que trivializar el tema no es solución. Las consecuencias de un despertar sexual sin información nos están arrojando cifras muy altas de embarazos no deseados a edades muy tempranas. No se trata de abrir o cerrar puertas, ni de asustar con cifras. Tampoco es la promoción del cinturón de castidad, pero tampoco del condón. Es una cuestión de causas y efectos. Un niño no debe jugar con fuego, se quema. Entonces, no hay que darle cerillos y hay que comentarle las consecuencias que enfrenta quien no sabe manipular lumbre. Las quemaduras dejan cicatrices que duelen incluso después que medicamente se han declarado sanas.

Bebés abandonados en basureros, madres solteras, padres que no están presentes, vidas coartadas, planes que no podrán ser, sueños que ya no se van a realizar:  son realidades duras. Hay abuelos que ejercen papeles de padres, abuelas que cambian pañales, hijos que dejan a sus hijos en manos de alguien más para seguir con una vida que ya no podrá marchar al mismo ritmo. 

Quiero ser clara, un hijo siempre es una buena noticia y debe ser motivo de alegría. Sin embargo, es absurdo negar que la crianza de un bebé está cargada de angustias, de demandas que no paran y se necesita una gran cantidad de recursos para salir adelante. Es decir, un hijo es una responsabilidad hermosísima, si y sólo si, llega en el momento adecuado cuando es plena y conscientemente deseado. Si no, no.

Que la sexualidad se esté ejerciendo o no a edades más tempranas, no es el tema. Mi abuela se casó a los dieciséis y antes de cumplir   diecisiete ya tenía a mi madre entre sus brazos. Fue estupenda mamá y esposa maravillosa. Tampoco cabe el dicho de que eran otros tiempos. Me parece, en todo caso, que estamos hablando de un asunto de responsabilidad. Si una parejita quiere vivir activamente su sexualidad, primero debería enterarse lo que está haciendo, los riesgos que corre y las obligaciones que tiene que enfrentar. 

Por eso, me asusta la campaña del Consejo Nacional De Población, que toca el tema de la sexualidad juvenil en forma tan ligera. Uno de los modelos, que invita al uso del condón, parece un niño menor a doce años. Digo que me asusta porque no me imagino a esa creatura con un bebé en los brazos, ni afrontado obligaciones de una vida sexual activa, ni entendiendo los riegos de enfermedades que son contagiosas y mortales. Pero, los fanáticos de la libertad sexual no tardarán en llamarme mocha y los que quieren sublimar el impulso me recriminarán el haber tocado el tema.

Todos al oír la palabra sexualidad tenemos una reacción, pocos le metemos mano al asunto. Me gustaría que quienes entran con tanta alegria al goce lo hagan con responsabilidad, esa es la mejor forma de conservar la alegría. El amor siempre es una bendición que debe acompañar al tema. Es mejor cuando la cabeza y el corazón están de acuerdo. Sin duda, en la sexualidad, lo mejor es la prudencia.

  

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