Del otro lado del escritorio

La vida tiene hitos. Al cruzar ciertos umbrales se adquiere otro punto de vista. Desde luego, abrir la puerta genera incertidumbre. ¿Qué hay del otro lado? Mi abuelo solía sentarse en el escritorio de su despacho por las tardes, después de llegar del rancho. De niña yo lo veía trabajar. Recibía a la gente y de ese lado del escritorio administraba algo más que sus asuntos, gerenciaba la vida. 

No puedo decir cuantas veces lo vi ahí, rodeado de gente que iba a cobrar la raya; entregando el gasto a su esposa, platicando con sus hijos. Hablaba por teléfono, escuchaba la radio, escribía sus pendientes, anotaba números en un cuaderno de pastas duras y muchos cuadros. No sé. Muchos de esos números fueron rojos, muchos de esos pendientes no le fueron gratos. 

Ahí recibió la noticia, en tres ocasiones, que le pegó al gordo de la lotería. Ahí lo vi suspirar cuando su hija más chica salió de casa en el carro que la llevó de luna de miel. Ahí lo vi morirse de risa de los chistes. Ahí nos formaba a los nietos para darnos nuestro domingo.

Ver a mi abuelo sentado de ese lado del escritorio me hacía verlo grande. Las canas brillaban y las arrugas me parecían tan profundas. Lo recuerdo ajustándose los lentes, usando una lupa inmensa para ver eso números diminutos que le representaban tanto. Lo vi mirar al techo. ¿Qué haces, abuelo? Pienso, me decía.

No era una persona de muchas palabras pero sí era un hombre de grandes enseñanzas. De ese lado del escritorio el veía hacia la puerta y yo lo veía a él. Ahora sólo lo recuerdo. Hoy, caigo en la cuenta de que mi abuelo no era tan grande como yo lo veía.  Mi abuelo se casó muy joven así que el hombre que yo recuerdo probablemente tendría unos cuantos años más de los que tengo yo.

A veces me pregunto cómo se vería la vida desde ese lado del escritorio. Más de veinticinco años han pasado desde que el se fue. Mi tía Tolla ahora ocupa esa silla y en muchos sentidos el lugar de su padre. Ella también hace cuentas, recibe gente y administra algo más que sus asuntos. Mis hijas la ven, imagino que lo hacen del mismo modo en el qué yo miraba a mi abuelo. Yo, a ella, la veo en forma diferente. Los cabellos color plata, los movimientos lentos, los pasos cortitos pierden significado por la agudeza de la mente, por la agilidad de palabra, por la forma de ser. Tal vez, así veía mi papá a su padre. 

Hace algunos años, en un mercado de antigüedades, tuve la suerte de encontrar un escritorio idéntico al de mi abuelo.No dudé en adquirirlo, está en muy buen estado, huele a madera de maple canadiense, tiene dos filas con tres cajones y un compatimento del que sale una tabla para recargar un cuaderno y hacer anotaciones, para firmar un cheque o para poner mi lap top y escribir. Al sentarme a trabajar, a veces Me  pregunto, ¿cómo me verán cuándo esté del otro lado del escritorio?

  

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