Mezquindades y falsas apologías

La palabra figura, nos dice Erich Auerbach, significa originalmente imagen plástica. El término ha evolucionado, Es una consideración de cualidades y capacidades que nos sirven de punto de partida para crear un concepto que se ajuste a la forma física y sensible de algo. Es una consonancia que aparece ahí donde se necesita una representación. Entonces, la figura es al mismo tiempo, una visión onírica y fantástica que se pergeña a partir de un modelo real. 

La técnica ha depurado hasta el refinamiento lo que esta palabra envuelve. Una figura puede manifestar e insinuar algo sin pronunciarlo expresamente. Y así, de manera casi natural, por motivos políticos, tácticos, por la sencilla razón de lograr subrepticiamente un mayor efecto o, cuando menos, para que quede sin explicar aquello que se quiere encubrir, se libera una figura para que en el camino vaya dando pasos, crezca y gane tamaño. En un punto de exageración máxima, se busca que la verdad se opaque frente a una leyenda y se defiende lo que en realidad, resulta indefendible. Esa estridencia se llama mezquindad.

La Humanidad ha sido proclive a crear figuras de reivindicación. Hay una fascinación por las historias del rico que era pobre, del malvado que sufrió en la infancia, del pecasor que se convierte, del perverso que hace cosas buenas. En la fantasía, los recursos para hacer que vuele la imaginación, van desde lo bien logrado hasta los intentos vulgares y desgastados de repetir la historia de la Cenicienta o de Pepe el Toro. El afán no es gratuito, ha generado pilas de dinero. Telecomedias, novelas ramplonas, escritos morbosos, películas con producciones espectaculares y pocos contenidos plagan al oferta que el consumidor enfrenta un día sí y el otro también. La fórmula ha sido desgastada y, como buena vaquita lechera, sigue generando utilidades, aunque la gente ya se sabe de memoria la trama y conozca el final de la anécdota.

Así las cosas, hay que tener cuidado. Crear una figura alrededor de un narcotrficante, en la que se le recubre de inventos e historias cursis, pero lindas; en la que se le dan cualidades para disolver su actuar criminal, es mentir. La mezquindad resulta no de la mentira, que ya de por sí es un signo fatal, sino de la falta de respeto ante las víctimas de un asesino cruel, de un ratero inmisericorde, de un hostigador que le chupa la calma a las personas hasta llevarlos a la desesperación y eventualmente a la muerte. ¿Que apología vale en torno a estas figuras? 

Ni narcocorridos ni narconovelas que cristalecen una retórica especial y una lírica superior —que aún no encuentro— valen la falta de respeto ante los héroes que han caído en una lucha desigual e inhumana. No hay justificación ante las lágrimas de una viuda, un huérfano, un mutilado, una familia que no encuentra a su hijo, una madre que perdió a su hija.  No hay criterio estético que sobrepase al deber ser, a los principios éticos que deben regir. No hay hipótesis que valga pena de ser confirmada frente a la pena de tantas personas. No hay palabras que merezcan ser pronunciadas si con ellas se piensa forjar una figura reivindicatoria a un delincuente. 

Menos aún si estos grupos delictivos han causado tanta pena a personas concretas, que tiene nombre y apellido. Así que nadie tiene derecho a escudarse en la libertad de expresión, el interés estético, el registro histórico para justificar la mezquindad de sus actos. No sólo es una canallada invitar a Joaquín Guzmán Loera a platicar, es una estupidez y  una falta de respeto a las víctimas, además de una provocación a la autoridad. Lamento la ruindad de un buen actor que se evidencia como mala persona. Lamento que una mujer con buena cuerpo deje ver lo que tiene entre las paredes craneales. Lamento a tantos que han aplaudido como focas lo que no hay forma de aprobar.

La falta de nobleza, lo despreciable no es nada más de Joaquín Guzmán Loera, es de todos aquellos que han tratado de exaltar la figura de un hombre que, a fuerza de romper la ley, ha hecho tanto daño. 

  

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