La camiseta del Chapo y el otro detalle

Alrededor de Joaquín Guzmán Loera siempre hay un halo de duda, de oscuridad, de embrollos y sospechas. Cada que se habla del delicuente más buscado del mundo queda la sensación de que ni sabemos todo ni nos lo van a decir. En esa condición, brota esa suspicacia que nos invita a no creer todo lo que se dice. Tanta parafernalia alrededor de su tercera captura me remite a esas películas de acción y, sin embargo, entiendo que así sea. Ni modo que la captura de semejante capo se diera con una sencilla nota de prensa. Lo cierto es que casi cualquier acción, incluso la más correcta, causa dudas en este concepto. Ni hablar de su reingreso al penal del que ya se fugo con tanta fastuosidad y facilidad.

Por eso, toda la especulación que se hace en torno a esta figura, da como efecto esa comezón incómoda, ese presentimiento de que falta algo y sobra mucho. Sentimos desconfianza. No le creemos del todo a las autoridades ni a los especialistas ni a los expertos nacionales ni extranjeros, ni a los policías ni a los políticos, a ellos menos que a nadie. Nos resulta sospechoso que la captura se haya dado en esta fecha ¿le dieron oportunidad de pasar la s fiestas con los suyos o se esperaron a dar a conocer la noricia ya que todos regresábamos de vacaciones? No  sabmeos, sólo sospechamos.

En esa tesitura, mejor nos quedamos con lo que podemos ver. Las pistas que llegan infiltradas en las imagenes a las que todos les ponen poca atención, a mi me jalan la mirada. Lo primero que me llamó la atención fue la camiseta que Joaquín Guzmán Loera traía al momento de la captura. Una pieza de tirantes hecha de algodón, sucia, gris, se veía luída, decolorada, vieja. Me llama la atención que un hombre tan poderoso y con tantos millones se vista como un pobre mecánico de esquina, como si no le alcanzara para andar limpio.

Recuerdo cuando lo atraparon por segunda vez, después de varios años de haberse fugado de Puente Grande. Vivía en un departamento amueblado con sillas de plástico y mesas de fórmica, con camas desvencijadas y mucho desorden. ¿A poco así vive un millonario? En el imaginario colectivo El Chapo Guzmán es un gran potentado, un sujeto poderoso que vive y viste de acuerdo a su inmensa fortuna. Se le representa con camisas de seda, relojes de oro, autos de lujo y rodeado de sirvientes y comodidades. Muy lejos de lo que nos mostraron. Lo creemos una especie de nuevo rico, no un mequetrefe que toma directo de la botella o en vasos de plástico, que usa ropa corriente, come barato y que vive en condiciones miserables. Casi lucía mejor la celda del penal del Altiplano que su habitación en la libertad y el uniforme era de mejor calidad que lacamiseta  mugrosa que llevaba al ser capturado.

Se desluce la figura que emula a Chucho el Roto, un hombre vestido de camiseta gris de tirantes no se acerca a la imagen de Robin Hood y dicho sea de paso, tampoco luce tan maldito, como sabemos que es. Así con las manos amaradas no parecía ese hombre astuto que está siempre al acecho, que tiene alianzas mundiales, que dirige una organización tan global y exitosa, ni mucho menos un potentado capaz de seguir gestionando su negocio tras las rejas y de planear tan espectaculares huídas.

Pero sí es ese personaje malvado que mata, envenena, roba y hace daño. Sí es ese perverso que ni conoce la pidedad y es amo de lo desalmado. Se le notó en un pequeño detalle. Dicen que los ojos son las ventanas del alma. No sé, a veces lo son, otras no. Dicen que en las minucias se ve el universo. Unas sí y unas no, ustedes juzquen. Ayer, una vez que fue bañado, revisado medicamente, fichado, despojado de su camiseta gris, uniformado y presentado a los medios de comunicación Joaquín Guzman Loera hizo algo inaudito. En el momento en que lo bajaron del vehículo militar e iba escoltado por varios elementos de las fuerzas armadas, con la cara agachada por la mano de uno de los custiodios, Joaquín Guzmán Loera detuvo el paso, se soltó la cabeza y en un movimiento suave y calculado, miró a los reporteros, posó a las cámaras y sonrió.

Yo, que estaba siguendo en vivo la transmisión, sentí que la piel se me hacía de gallina.

  

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