Policías de chaleco amarillo

Ayer me regalaron un ejemplar del Nuevo Reglamento de Tránsito vigente en la Ciudad de México. Las nuevas reglas pretenden que la movilidad en esta Capital sea mejor, moderna, amable y a favor del peatón. La bicicleta se convierte en el mejor vehículo de transporte individual y los automovilistas son la fuente de recaudación más jugosa. 

El Nuevo Reglamento de Tránsito ha sido muy criticado, llega a una Ciudad que no es Londres, París o Madrid ni en extensión ni en número de habitantes  ni en infraestructura ni en educación vial ni en vías para las bicis. Las autoridades piensan que el progreso se logra por medio de decretos. Así de avanzados vamos.

Ahora, los únicos facultados para infraccionar son los policías de chaleco amarillo. En caso de cometer alguna falta de tránsito, los conductores y peatones serán detenidos y sancionados —o amonestados— por uno de los mil 400 agentes facultados para ello. Desde luego, es necesario estar informados de los ocho pasos que se deben seguir para infraccionar alguien. Hay un protocolo específico y es bueno que lo conozcamos para no ser extorsionados.

Las protestas han llegado como lluvia después de la sequía. En medio la tormenta de quejas sobre las reglas rídiculas que se impondrán a quienes circulen en la Ciudad de México hay que decir algo. Los policías de chaleco amarillo están muy bien entrenados y son muy amables. Son corteses y muy diferentes a los que no tienen chaleco y tienen uniforme de otro color. Estos son jóvenes, están en forma y tiene una buena actitud. Los otros son gordos, cínicos y quieren extorsionar a quien se deje. Lo comprobé en primera persona y fui gratamente sorprendida.

Ayer, justo después de que me dieron el reglamento, estuve circulando por las calles del Centro Histórico y sus alrededores. Con desconfianza vi que las esquinas parecían panales con abejas amarillas. Sentí miedo de que me fueran a quitar dinero por cualquier tontería o que se quisieran llevar mi coche al corralón por cualquier motivo. En honor a la verdad, cada uno de los muchos que se acercaron, se dirigieron a mi con corrección, amabilidad y me tuvieron mucha paciencia.

Tuve que detenerme en la esquina de Isabel la Católica y Madero para que uno de mis alumnos bajara del coche y entregara unas revistas en el Museo del Estanquillo. Un par de policías de chaleco amarillo, un hombre y una mujer, me indicaron que estaba prohibido que me estacionara ahí. Cuando le dije que sólo estaba bajando un pasajero del auto, se retiraron sin dar lata. Su tono fue respetuoso y cordial.

En la Antigua Escuela de Médicina, los policias de chaleco amarillo me indicaron en que zona me podía parar a esperar por unos cuantos minutos. Supongo que les hacía gracia mi cara de incredulidad al escucharlos tan correctos y colaboradoroes.Pensé  que estaba en una especie de ensueño.

Más tarde, tuve oportunidad de platicar con varios de ellos. El tono fue de una autoridad respetuosa que está bien capacitada para llevar a cabo su trabajo. No hubo miradas insolentes ni frases resentidas. Eran personas que se sentían contentas y orgullosas de su trabajo. Me dio gusto. Ojalá así se queden, espero que hagan buen trabajo y no les gane el mal espíritu   de la corrupción.

  

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