Las pequeñas historias 

Cada que sucede una tragedia del orden que sea, sin importar que se trate de un fenómeno natural, un accidente, un atentado, un acto de guerra, hay una tendencia a deshumanizar los hechos. Nos enteramos de cifras, números, datos. Cuántos muertos, montos de los daños, cantidad de armas, recuentos de las afectaciones y, si acaso aparece un nombre por ahí, es el del terrorista que jaló el gatillo, el del chofer que iba a exceso de velocidad, el del huracán o tormenta tropical. En la grandilocuencia, gana el anonimato, sin embargo, en cada tragedia hay pequeñas historias que merecen ser contadas.

Por lo general, esas pequeñas historias revelan la mejor parte de la Humanidad frente a la desgracia. Son anécdotas de solidaridad, de buen actuar, de generosidad y desprendimiento. Pero, por lo general, estas acciones son ignoradas y se pasan por alto para dar privilegio al acontecimiento que causó dolor. Así es, ante la confusión de un bombazo, las noticias que salen a flote son las que hablan de lo tenebroso. 

No obstante es preciso contar de tantas manos solidarias que salen a las calles a ayudar cuando se les necesita. Brazos que se prestan, alimentos que se ofrecen, puertas que se abren. El viernes 13 de noviembre pasado, en medio del caos de París, hubo muchas pequeñas historias que dan esperanza.

Un joven sostuvo a una mujer embarazada que estaba colgada a su brazo mientras pendía a una altura de tres pisos. Una mujer que abrió la puerta de un edificio para dar refugio a gente que huía de restaurante la Petite Cambodya, una mujer que abrazó a otra cuando estaban tiradas en el suelo sin entender de dónde llegaban los disparos.

En medio del caos, hay pequeñas historias que merecerían ser contadas, pero que, ante la magnitud de ciertos hechos, se dejan de lado y luego poco a poco se disuleven ante la urgencia informativa que nos ofece números, cantidades, datos y no nombres. No sabemos el nombre del héroe que sostuvo a la mujer para que no cayera desde las alturas ni el de la mujer que abrió la puerta para ofrecer refugio ni el de la que  con un abrazo solidario dio compañia y consuelo en el peor momento.

Las grandes historias causan miedo, nos dan angustia y el peso de la impotencia nos avate. Por fortuna, las pequeñas historias surgen como brotes florecientes. No es poco lo que se puede hacer desde la individualidad para atenuar la maldad. Estas historias que se disuelven entre tantos datos, que se evaporan con esos números tan grandes, desde lo chiquito encienden una mejor luz. Esas son las que merecen ser contactadas.

  

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