Todas las Cecilias que soy

Las Cecilias que han habitado este cuerpo que hoy cumple cincuenta años nos hemos congregado para festejar la vida y dar gracias. Llegar al cumpleaños de oro es traspasar un hito. Por eso hemos sido convocadas todas para mirar al cielo y con reverencia dar gracias.

Como si fuera un gran banquete estamos, estas Cecilias que somos, sentadas en torno a una epsecie de mesa redonda —nadie ocupa el presidio, no hay cabeceras— la Cecilia niña que no paraba de platicar con sus compañeros de banca y que exasperaba a sus maestros, la que subía al camión escolar por las mañanas y a veces se mareaba, la que fue la primogénita después de haber sido tan esperada, la nieta consentida, la amiga de Alma y Leticia, la que se puso uniforme y fue al Simón Bolívar, la que estaba enamorada de Andy Gibb, la que encontró en Lety complicidad, la que supo rodearse de las mejores como Olga, Elvira, Claudia y Diana; la que entró a la Ibero y ahí encontró a sus verdaderos hermanos, Bibiana y Arturo. A la que fue al ITAM. La que daba clases de inglés desde los quince. La amiga de María Elena y Merick. Todas están contentas y dialogan entre sí.

Todas contemplan a aquella que iba de vaciones a La Piedad, la que se asomaba debajo de la cama para ver si había monstruos, la que llegó con el vestido de Primera Comunión, la que se hincó en el Santo Sepulcro, la que detesta el hígado encebollado, la que olvidó y la que intenta olvidar, la recuerda detalles con precisión. La que se para frente al salon de clases, la que le gusta estar en el reflector, la que va a la Villa los domingos antes de las seis de la mañana, la que recibió la bendición papal, la que tiene gatitas, perros y un perico, todas esas aparecen en escena.

También están las que se cayeron, las que se asustaron, las que no entendieron, las que lloraron, las que se han sentido solas, las que tienen un humor terrible y un genio que no aguantan. Esas no están tan animadas pero también están. Están las que hicieron daño, las que decidieron mal, las que han dicho mentiras, las que han avergonzado, las que no se portaron bien, las que fueron groseras, las que perdieron el camino, las que se desesperaron, las que fueron injustas, las insoportables, las antípaticas y las soberbias. Las tenebrosas. Están sentadas mirando, dejando claro que ellas también son parte y que están convocadas. Hacen presencia para no ser olvidadas.

Con ellas está la que tomó la mejor elección y se casó con Carlos, la madre de Andrea y la de Danny. La hija que quiso ser buena y se subió en una ráfaga de viento. La hermana mayor fija la mirada, la mujer que ha ganado y la que ha perdido. La que es clara y la que se confunde. La que se muere de risa y la que llora a mares. Está la que piensa que contar es poner números en secuencia y la que está segura de que se trata de escribir y narrar. Está la que se cree mucho y la que busca ser sencilla. Está la que es proclive al riesgo y la que quiere ser prudente.

No podía faltar la de la raqueta que ama el tenis, la que prefirió a Alain Prost sobre Ayrton Senna, la que adora a Roger Federer y le cae bien Nadal, la que se siente feliz en el jueves pozolero de Acapulco, en el Malakoff con un créme bruleë, la que entiende el exilio de Dante, la que adora a Bananna Yoshimoto, a Murakami, a Rulfo, a Ibargüengoitia, a Ortega y Gasset, a Unamuno, la que sueña con la Bahía de Santa Lucía y las calles de Chueca o de Montmartre, la que se pierde en la Libelula de alas rojas, en El Guernica o con los magos de Coronel. La que es oaxaqueña por puro gusto y la que da gracias al cielo por haber nacido en la Ciudad de México. La que da su resto por un chamoy, un chocolate de metate, un tequila o una salsa de molcajete. La que abre puertas y la que es necia. La que tiene fuerza y la que es débil. La valiente y la que tiene la piel de gallina.

Todas las Cecilias que he sido están bien materializadas. Todas las puedo ver. Hay otras que son transparentes, son siluetas, son las que van a ser. También están. Todas nos tomamos de la mano y con serenidad entramos a los huecos de las manos del Altísimo y, como quien está en casa, damos gracias a Dios. Ha sido un buen recorrido, he tenido un buen camino. Todas somos esa Cecilia que con humildad dice hoy, ¡Bendito sea Dios! Ya tengo cincuenta. 

  
 

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5 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Alfonso
    Nov 05, 2015 @ 13:48:10

    ¡Gracias a Dios por tu talento! ¡Gracias a Dios por tu vida! ¡Enhorabuena!.
    Atte: Un fiel seguidor.

    Responder

  2. Carlos Fischer
    Nov 06, 2015 @ 11:17:30

    Mi Gog, yo siempre he estado enamorado de todas las que describes y de la que convoca a todas en una sola persona!! Que DIos te bendiga siempre!!!
    Nota: Ayer publiqué pero no salió…
    El Gog

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  3. Claudia Palavicini S.
    Nov 06, 2015 @ 13:06:18

    Ceci, me ha encantado y conmovido, gracias a ti Ceci y a todas tus Cecilias por compartir y compartirlas.

    Responder

  4. Lupita Méndez
    Nov 07, 2015 @ 11:59:12

    Yo agradezco por la Cecilia que esta parada frente al salón de de clases!! Eres genial!! No solo tienes la edad de oro……….también tienes de oro la mirada y el corazón!! Felicidades!!!!!!

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