La muerte, ¿dónde está la muerte?

San Pablo, en la carta a primera carta a los Corintios, lanza esta pregunta. La muerte, ese yermo frío, inanimado, oscuro, oculto; ese cese de las palpitaciones cardiacas, del impulso por respirar, esa interrupción eléctrica de la actividad cerebral, esa tiene variantes. Unos la ven como el destino fatal, como el punto final, otros la vemos como un paso transformador.

Aquellos que sienten que después de que el cuerpo emite su último pulso ya no hay nada, sienten miedo a la muerte. Hay los que creen que después hay un universo tenebroso, renegrido y hacen asociaciones con lo perverso, lo retorcido, dan un sentido de fatalidad, habitado por monstruosidadades, por daño y malos augurios. Vista así la muerte da miedo.

El dos de noviembre, la Iglesia Católica festeja el Día de Muertos, ¿por qué? ¿Qué acaso no se cree que la muerte fue vencida por Jesucristo? ¿Se venera al vencido? No. Claro que no. Se conmemora a aquellos que ya cruzaron por ese camino. Se festeja la creencia de que al dar el paso, se llega a un mejor lugar. En ese lugar nos esperan con una mirada amorosa. Eso es lo que se festeja. 

En México, gracias al sincretismo, le damos la razón a San Pablo. La costumbre popular es quitarle lo gris al cementerio y llenarlo de colores. Le arrebatamos el tono lúgubre con flores anaranjadas. Se rodean las lápidas con comida, bebida, música para recordar a los que ya se fueron. Creemos firmemente que los que ocupan el sepulcro no están ahí. Fueron a un lugar mejor y, además nos ven y nos acompañan en el festejo. El Mictán se asemeja al Paraíso. El dos de noviembre nos emocionamos porque sabemos que los que se fueron también habitan entre nosotros.

¿Cómo no festejar rodeados de colores, ritmos y sabores si los que se fueron están aquí? Por lo mismo, en México la huesuda se representa con cráneos de azúcar o de chocolate. Vestimos a la muerte y la llamamos catrina. Nos alejamos del negro, del luto y nos enjoyamos para festejar aquello que creemos.  El cementerio es un lugar de reunión que vibra a la luz de las llamas de los cirios. La luz de las velas vence a la oscuridad de las tumbas como una metáfora de aquello que sucedió y que da sustento a la fe.

San Pablo le dijo a los Corintios que el sepulcro no es un aguijón fatal y esa es nuestra alegría.  En México le tomamos la palabra. Elevamos la mirada porque sabemos que en la tumba no hay nadie. El descanso eterno está en el lugar maravilloso de amor. Celebramos esa convicción  y ponemos a la muerte a bailar y a gozar y a reír. Muertos de risa le damos una mordida al pan con huesos y damos gracias por la vida. 

El paso todos lo vamos a dar. Ya lo sabemos. Aquí, en México preferimos darlo alegremente, pensando que es una transformación que merece festejo. Al menos, eso creemos muchos. Si de elegir se trata, mejor la risa que el llanto.

  

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

a href=’http://cloud.feedly.com/#subscriptionfeedhttpwww.ceciliaduran.wordpress.com’ target=’blanco blank’>

Archivos

A %d blogueros les gusta esto: