San Francisco de Asis

Hoy se conmemoran las fiestas de San Francisco de Asis, nacido a la tierra el tres de octubre y recibido en la luz de Dios el cuatro. Este gran santo para los católicos es admirado por propios y extraños por esa valentía que se necesita para dejar atrás la riqueza y darle la cara a la humildad.

El Poverello, como se le conoce, tuvo una vida sobria, no una vida pobre. En la pobreza hay carencias aue lastiman, en la sobriedad existe la decisión de adaptarse a las circunstancias, a vivir feliz con lo necesario, a agradecer por lo que se tiene y a encontrar a Dios a cada paso.

Es importante recordar al Grande de Asis a pesar de que han pasado tantos años en que el santo fue llamado a reformar la Iglesia. No eran tiempos sencillos, todo lo contrario. El exceso se había apoderado del Vaticano. La sede papal estaba ocupada por Alejandro II, es decir, por Rodigo Borgia. La frivolidad, las ambiciones  y los intereses de la máxima potestad católica se encontraban lejos del pésebre de Belen, de la carpintería de Nazareth y del madero del Calvario. Tal vez ni recordarán su significado.

Pero llegó un hombre que decidió dejar la comodidad de su origen y ser sobrio. Ni Rodrigo Borgia fue ajeno a la propuesta de Francisco de Asis. Un hombre con un hábito muy sencillo, de figura delgada y mirada penetrante logró deshacer el corazón de hielo de un Pontífice poderoso. A imagen y semejanza de Cristo, vivió y se ganó la admiración papal. Tanto así que  le solicitaba consejo y lo llamó en el lecho de muerte.  

La sencillez de Francisco impacta al visitante que va a la ciudad amurallada de Asis. La sobriedad de su tumba pone de rodillas al más indiferente. Lo sigue haciendo. Por eso, en un mundo tan parecido al que vivió en santo, es preciso conmemorar su vida, su ejemplo. Hoy, el consumismo acelerado, la obsolescencia programada, la cotidianidad basada en el reflejo de una pantalla, el imperio de lo virtual por sobre lo real, tiene al mundo con un gran vacío. 

En la pobreza hay carencias que lastiman, en el exceso también. La principal es la falta de agradecimiento. En la superabundancia se genera el desperdicio, la indolencia y se abre un hueco que crece rapidamente sin que las cosas materiales lo pueda llenar. En el grado máximo de demasía, nace la soberbia y germina la idiotez. San Francisco de Asis lo supo y de ese entendimiento brotó su grandeza. 

En la fórmula Hazme un intrumento de tu paz, está la clave de la filosofa franciscana. Buscar amar en vez de ser amado, consolar en vez de ser consolado, perdonar para ser perdonado, morir para volver a nacer. La sobriedad puede resultar dificil pero es sencilla y empieza en pequeños pasos. Si necesito uno, no tomo ni dos ni tres, sólo uno. Ese uno, lo cuido, lo respero, lo uso, no lo atesoro, no me aferro, me desprendo, lo agradezco. Elevo la mirada al cielo y doy gracias. 

Así vivió Francisco, así predicó su fe. No en vano ha sido inspiración de dos papas tan distintos. No en vano, al acercarse al gran santo, los corazones se siguen conmoviendo.

  

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