Caminar con adolescentes

Hoy en la mañana caminé por el camellón del Paseo de la Reforma. La sensación de la arcilla en la suela de los zapatos, el rechinido de los zapatos con la tierra, los charcos que evidencian la tormenta del día anterior,  el barro tan resbaloso y el aroma a ciudad se mezclaron con la sensación de caminar con adolescentes.

Mientras avanzabamos por el tramo comprendido entre el Museo de Antropología y la calle de Arquímedes, ellas fijaban su atención en cosas realmente sorprendentes. No se dejaban impresionar por el pasado, ni se transportaban a los paseos de la Emperatriz, ni a las pretensiones juaristas, ni a los destellos populistas que quieren elevarse por los cielos de las tendencias mercadológicas para transformar una ciudad en marca. 

Ellas detenían la mirada en el jardinero que llenaba de flores el camellón, en la señora que empujaba el carrito de la basura, en la exposición fotográfica que cuelga de las rejas del Bosque de Chapultepec, En los patos que nadan en el lago o en la muestra escultórica. No todo les complacía, de hecho, para sorpresa mía, emitían juicios críticos sustentados. No entregaban su agrado facilmente. 

Apreciaban.

Determinaban de manera precisa el valor estético de las piezas, estimaban el valor artístico del autor, valoraban la forma en que las obras estaban expuestas y fotografiaban lo que les parecía mejor. Caminar con adolescentes resulta refrescante. Enciende la esperanza. El eterno lugar común que muestra el desastre de la juventud se contradice y se desmaterializa al caminar al lado de ellas.

Entonces la que evoca soy yo. Todos los Maximilianos, las Carlotas, las Margaritas, los Bénitos, las tendencias conservadoras y liberales habitaron los recuerdos colectivos.  El giro de la rueda del tiempo es impercetible. Es inexorable. Ellas se quedan mirando cosas que yo no vería, descubriendo puntos que yo pasaría por alto, descorriendo un telón hacia el futuro que se ve tan lejos cuando, en realidad, se nos viene encima.  

Caminar con adolescentes ayuda a poner la mente en blanco para llenarla de nuevas visiones. De vez en cuando, es bueno guardar silencio y escucharlas. Así, logro ver lo que se esconde detras de esas caritas. Me doy cuenta que su punto de vista es sorprendente. Descubro que  lo que atesoran en ese espacio tan indómito e inaccesible es maravilloso.

  

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