Adaptabilidad

Manejar el cambio es uno de los retos más difíciles que enfrenta el ser humano. No hay nada más cierto, ni variable más segura de confirmarse que esa: el cambio. Nada es eterno, todo se mueve de lugar, se transforma, se altera. En ocasiones las cosas cambian para mejorar y en otras para empeorar, en todo caso, hay que adaptarse.

En el libro del Genésis, cuando el Ángel del Señor saca a la familia de Lot para exentarlos de la destrucción en Sodoma y Gomorra, Edith, su esposa, se convierte en un símbolo de resistencia al cambio. Desobedece la advertencia del enviado de Dios y mira hacia atrás, en castigo se convierte en un pilar de sal. La metáfora es pertinente, el que se resiste a las transformaciones se queda atrás, obsolece, se desfasa, se convierte en un lastre que dificulta el camino.

No hay forma de parar el movimiento y lo mejor es encontrar la forma de adaptarse y encajar en el concierto mundial que hoy toca una sinfonía, mañana un vals y el pasado será un simple recuerdo,una  referencia de cómo se hacían las cosas, o se diluirá entre los días y los segundos que corren por la carátula del reloj.

Lo relevante en este caso es determinar qué es lo que vale la pena conservar, para llevarlo al futuro y qué es lo que se debe deshechar. No es tan fácil y al mismo tiempo es muy simple. Se queda todo aquello que nos detiene el ritmo, que nos desafina la vida, que nos complica la existencia y que nos condena a la obsolescencia. Se conservan todas aquellas prácticas que nos permiten adaptarnos mejor al universo, las que nos impulsan a caminar, las que nos ayudan y facilitan las tareas. 

Si se trata de elegir, se queda lo complicado y prevalece lo sencillo. Luego se abraza toda práctica que nos  simplifica la existencia y que nos alinea con el entorno. No todas las novedades pasan este filtro. Son tantas que se necesita ser cuidadoso. Es como un niño que entra en una dulcería y quiere probar todo, si lo hace, conseguirá un dolor de estómago; si es prudente, tendrá el gozo de una golosina bien elegida. 

La adaptación llega cuando estas nuevas prácticas se integran a la cotidianidad del individuo. Cuando son parte natural de la vida. Cuando, lejos de oponer resistencia, hay armonía y felicidad. Sea que el cambio haya representado algo mejor o algo peor. El que se adapta a lo bueno, disfruta y se le ve cómodo con su nueva condición, el que no, se le ve sobrado, presumido y en definitiva, no adaptado. El que se adecua a lo peor tiene mayores posibilidades de transformar ese revés en algo armónico. El que se resiste, además de pasarla mal, se estancará y dejará de ver oportunidades para transformar la situación en algo mejor.

La adaptabilidad es un rasgo de madurez en cualquier etapa de la vida. Lo curioso es que los más jóvenes son más amoldables, los viejos son inflexibles, rígidos y se acomodan mal a las nuevas situaciones. La adaptabilidad es una seña de juventud, y ya sabemos que hay quienes a los ochenta años saben moldearse y otros que a los treinta no encuentran la forma de acomodarse. También, no cabe duda, es un signo de inteligencia. 

La imagen de un pilar de sal es potente. ¿Quién quiere volver la vista al pasado para quedar petrificado? La familia de Lot siguió su camino y Edith se quedó como un símbolo de piedra que mira con nostalgia el pasado. 

  

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