Cuando prometer sí empobrece

La fórmula es muy efectiva, se expone una situación muy compleja, se proponen soluciones muy sencillas y se promete felicidad. Eso se llama populismo. Es sumamente atractivo. La intuición nos lleva a pensar: tan fácil como lo presentan no puede ser, sin embargo, incluso la gente más brillante cae en la trampa y cree. ¿Por qué? Por que se juega con la esperanza.

El caldo de cultivo que propicia el éxito populista es el cansancio de un pueblo. Si alguien promete aligerar la carga, la gente acepta, aunque en el fondo sabe que eso es imposible. En el juego perverso, se prometen los anhelos más acariciados, los deseos más generalizados para luego aventarles la realidad como plato fuerte.

Cuando escuché el discurso de Alexis Tsipras, no pude mas que elevar las cejas. Me parecía tan complicado de realizar aquello que prometía que no dejó de llamar la atención. ¿Cómo le va a hacer? Efectivamente, los griegos  viven una situación que los llevó a creer más allá del análisis, los llevó a votar por la ilusión de conseguir lo imposible, los llevó a poner en una situación extrema al Banco Central Europeo y a la zona euro en su conjunto y a cuestionar seriamente a los líderes de los países integrantes. Muchos llegaron a pensar que desde Grecia vendría una transformación de la geografía económica y que ellos le plantarían cara a los poderes fácticos del mundo.

No sucedió así. Como siempre, la cuerda se reventó por lo mas delgado. Las medidas, que puedieron ser más suaves, ahora se han endurecido y la postura encabezada por Tsipras llevó a los griegos a padecer el flagelo de la realidad lisa y llana. No es posible reducir al absurdo la complejidad de un problema que involucra a actores tan diversos. No es creíble que quien despilfarró vaya a trasladarle la deuda al que sí tuvo cuidado con lo suyo. Si alguien ofrece soluciones simplísimas y promete sonrisas, no queda de otra, hay que sospechar.

Las promesas de Tsipras empobrecieron más a Grecia, por eso dimite. No pudo sostener su palabra, no hay forma de hacerlo. El discurso contestatario se diluye ante la realidad, ¿y la esperanza de la gente? No se vale. Hay promesas que sí empobrecen, más allá de los bienes materiales.  Hay que tener cuidado al elegir en quien ponemos nuestra confianza.

  

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