Verano y agua

Estoy segura de que el primer día de la Creación fue en verano. En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra y el caos se convirtió en orden, corría la temporada estival. No tengo dudas. Después de que la luz venciera a las tinieblas y el espíritu de Dios volara sobre las aguas, todo empezó a tomar su lugar y eso no pudo haber sucedido ni en invierno ni en otoño, ni siquiera en primavera . Por eso, cada que llegan los días de calor el Hombre recuerda su condición primigenia y vuelve sus ojos al mar.

Dios dijo, haya una bóveda en medio de las aguas, que separe unas aguas de otras. Así quedaron unas por encima del firmamento y otras para balar la tierra. Seguro que el atardecer del día segundo seguro fue amarillo, soleado y con temperaruras superiores a los treinta grados. Me parece que por esa razón, en verano todos queremos correr a la playa como quien regresa al origen, al punto de arranque en el que creacionistas y darwinistas se ponen de acuerdo: todo inició en el agua.

Albercas, ríos, mar, lago son el pretexto para sacar el traje de baño, lucir el bikini y aventurarse en un chapuzón bautismal. Vacacionar en una playa es revitalizarse con la energía primera. Pasar horas y horas sumergido hasta que la piel se haga como pasita es entrar al Paraíso. Estar mojado desde que amanece hasta que anochece, como los pescados que fuimos, es el refugio amniótico por el que suspiramos casi inconscientemente.

Sí, en el verano, frente a la inmensidad del mar, las cosas toman otra dimensión. La adecuada. La que recuerda la bendición que es estar frente a la obra que desde el séptimo día Dios puso a nuestro cuidado. ¡Qué felicidad! Amanecer a veintiocho grados y saber que cuando el termómetro sobrepase los treinta y dos, estaremos jugando con las olas o meciéndonos en la alberca. 

Cada extremo llevará agua a su molino, unos predicarán sobre la evolución de las especies y otros teorizarán sobre si Dios descansó en el séptimo día o no. Los fanáticos darwinistas se razgarán las vestiduras mientras los creacionistas cuentan su versión del inicio de la vida. Pero en verano, mientras el mercurio escala las rayas del termómetro, la gente corre a mojarse con alegría e ilusión. Los mas devotos y los más renegados se mueren de risa, juegan y disfrutan los beneficios del agua. Las figuras hermosas se exponen a los rayos del sol y se licen los brazos, las piernas, todo se aligera Y, entonces, Darwin y Dios sonríen. 

  

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